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martes, 13 de junio de 2017

MI COMPAÑERA INCONDICIONAL

Llevaba tiempo pensando en ella, en la compañera de mi juventud, la que poseía en su interior todos mis recuerdos, mis secretos más íntimos, esos que apenas había sido capaz de expresar en voz alta.

Me acompañó durante años, inalterable al paso del tiempo, aguantándome ese torbellino de sentimientos propios de la edad. Conoció cada uno de mis amores y desamores, todas mis sonrisas y lágrimas, mi parte de locura y de sensatez, y a pesar de todo ello jamás me abandonó. Tuve que ser yo quien la arrinconara en el fondo de mi memoria olvidando su lealtad y disposición durante tanto tiempo.

Ahora, pasados los años, y con el viento de la juventud ya amainado, su recuerdo vuelve a mí y me pregunto donde puede estar, en qué lugar la deje olvidada, y si todavía ella me recuerda. La busco, cada día recorro algún rincón de los que acostumbrábamos a frecuentar esperando su presencia en cualquiera de ellos, pero es inútil. 

En su lugar aparecen otras muchas que intentaron ocupar su espacio, pero que pasaron junto a mí momentos efímeros que apenas recuerdo. Las miro, observo su belleza. Sin duda son mucho más delicadas y su aspecto mucho más lujoso que el de mi compañera de juventud; pero yo sigo buscándola a ella, más vulgar, sí, pero infinitamente más importante para mí.

La había dado ya por perdida, olvidada en algún peldaño de mi vida al que ya no puedo volver. Me había apenado por su ausencia y la había llorado en silencio, como si con ella mi pasado desapareciese poco a poco de mi memoria y pudiera llegar un día en el que ya no fuera capaz de recordarlo.

Pero de repente, sin apenas ya esperarlo, la encontré frente a mí. Mi compañera incondicional llevaba años esperándome en un rincón apartado, en el lugar donde estaban apretujados mis más preciados tesoros esperando que un día los echara de menos y acudiera en su búsqueda.

Temí que no me reconociese después de tanto tiempo. Me entristeció su aspecto, sucia y abandonada hasta tal punto que era incapaz de  comunicarse conmigo de ninguna manera.

La cogí con suavidad, como si fuera a desintegrarse entre mis dedos. La lavé cuidadosamente y la sequé con mimo. Pensé que debía tener sed, pero no estaba segura de que después de tanto tiempo el líquido fuese a recorrer su cuerpo como si nada hubiera pasado. Estaba dispuesta a cuidarla aunque ya no me reconociese, a tenerla más cerca de mí y no volver a olvidarme de ella.

Su aspecto mejoró notablemente con mis cuidados, casi parecía que los años no habían pasado por ella, incluso creí que me miraba con cara de reconocimiento. Así que decidí que había llegado la hora de la verdad.

Puse un papel en blanco frente a ella, y sin más, las palabras volvieron a brotar ininterrumpidamente entre nosotras.

Mi pluma, mi vieja pluma, había resucitado.






SUSURROS AL VIENTO


Era una mañana calurosa por lo que a pesar de encontrarse aún en el mes de mayo decidió ir a tomar el sol a la pequeña cala que la llamaba silenciosa desde la terraza de su habitación de hotel.

Se dio un baño en el mar de aguas turquesas y plácidas pero aún frías por la época en que se encontraban, disfrutó de la ingravidez de su cuerpo flotando boca arriba y relajando su mente hasta tal punto que el tiempo dejó de existir para ella.

Cuando la sensación de calor sofocante se transformó en un repentino escalofrío que recorrió su cuerpo de arriba abajo corrió a refugiarse en su toalla, tumbada en la arena, mientras su piel se doraba al sol, escuchaba el murmullo de las olas y pensaba en cuanto le gustaba el mar, su amplitud, la sensación de libertad que la sugería...

Estaba ya estaba prácticamente seca cuando cuando una ráfaga de viento le trajo su olor, no existía nada comparable con aquel olor a piel húmeda por el mar; y así, con aquel aroma envolviendo su olfato, comenzó a repasar los detalles de lo que había perturbado su tranquilidad.

Era un hombre maduro, alto, con barba de unos cuantos días, descuidada, su nariz era recta, sus labios carnosos y sus pardos ojos le daban un toque sensual, era sin lugar a dudas un hombre sumamente atractivo y tentador.

Recorrió con la mirada el contorno de su cuello hasta llegar al comienzo de su pecho donde comenzaba el vello que cubría de esta parte de su cuerpo y donde las gotas de agua recorrían el camino que las llevaría por sus musculadas piernas hasta la arena que se fundía con sus pies.

Siguió escrutando los detalles de su anatomía y se paró al llegar a sus manos que no eran excesivamente grandes, pero sus dedos finos y largos llamaron poderosamente su atención despertando en aquel mismo momento el deseo de sentir aquel tacto sobre su piel.

En ese mismo instante supo que deseaba ser amada por aquel hombre, quería sentir su boca recorriendo cada parte de su cuerpo y besarle sin descanso, sólo pensar en ello le producía una sensación de placer y bienestar inimaginable.

Su respiración se agitaba con cada pensamiento que pasaba por su cabeza, deseaba tener aquel cuerpo junto al suyo, los dos siendo uno..., sólo imaginarse la fusión de ambos hacía que su sangre corriera sin rumbo y enloqueciera de deseo por él, pero no le importaba, ¿quién podía imaginar sus pensamientos?

Y justo en aquel mismo instante, descubrió a su desconocido escrutándola de la misma forma que ella lo estaba haciendo con él, sus ojos se encontraron a medio camino y brillaron al mismo tiempo que sus labios dibujaban una sonrisa en su rostro.


Cuando él rodeó su cintura con sus manos le susurró al oído,

"No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos".



VIENTO DE OTOÑO

Laura había echado de menos el otoño, le gustaba todo en esta estación que cada año la hacía sentir renovada y con ganas de iniciar nuevos proyectos después del sofocante calor del verano que la mantenía adormilada.

Este año más que nunca había deseado ardientemente su llegada y por fin ya estaba aquí, el olor a castañas asadas marcaba el inicio de la estación y entonces ella había decidido volver por un momento a la cabaña en la que había sido tan feliz los últimos meses, aquí comenzó todo y aquí tenia intención de ponerle fin y comenzar de nuevo con su vida.

Salió a pasear por el bosque cercano disfrutando del silencio que ofrecía, un silencio distinto a todos los demás, un silencio que le resultaba curativo para su magullada alma y la hacía flotar sobre el suave crujido de las hojas al ser pisadas por unos pies que caminan sin prisa.

Disfrutó de la mágica luz que la acompañó durante su largo paseo en esa plomiza tarde, de un atardecer que tiñó el cielo de rojo hasta cubrirlo por completo, de un bosque cubierto de mil colores cálidos y maravillosos y quiso grabarlos para siempre así en su memoria.

El viento se levantó repentino agitando nervioso las ramas de los árboles, las hojas volaban caprichosamente de un lado para otro engrosando la mullida alfombra que tenía a sus pies.

Volvió a su casa a tiempo de evitar el fortísimo vendaval que veía aproximarse a través de los ventanales de su salón, ataviada con ropa cómoda y unos gruesos calcetines puso música de fondo y encendió la chimenea, sentada sobre un cojín en el suelo se dispuso a escribir la carta que pondría fin a esa relación que tanto la había dañando.

El crepitar de la madera atrajo su atención, observó el fuego naranja rojizo que provocaban las llamas al devorar la madera seca que descansaba en la chimenea, se dejó llevar por sus formas que simulaban serpientes danzando de un lado a otro, serpientes hipnotizadoras que la hacían recordar aquellas tardes de sofá y manta a su lado, felices, con un chocolate caliente en sus manos y el sonido de la lluvia golpeando los cristales mientras mantenían largas conversaciones sobre un futuro en común, un futuro en ese apartado lugar a media distancia entre sus viviendas actuales.

Cuando despertó de su ensoñación vio como unas pequeñas brasas consumían el último de los troncos, pronto se apagarían por completo, como el amor con el que habían construido su futuro, como los meses pasados que deseaba olvidar.

Escribió apenas unas escuetas palabras de despedida y las dejó apresuradamente sobre la mesa del salón, sólo pensaba en salir de allí, de ese lugar que tanto amó y ahora tanto daño la hacía sentir, desde que se había enterado de que él ya estaba casado.





¡FRÍO, FRÍO, MUCHO FRÍO!

Hacía frío esos días, el mercurio había bajado repentinamente más de diez grados de un día para otro, el gélido viento dañaba sus orejas y sus dedos eran incapaces de moverse incluso dentro del bolsillo. Volvió a subir a su piso y buscó apresuradamente el gorro y los guantes guardados en el fondo del armario desde el invierno anterior, unos gruesos calcetines en sus pies y un buen abrigo conseguirían devolver a su cuerpo la temperatura adecuada para poder seguir realizando su rutina diaria sin problemas.

Caminaba hacia su trabajo sin prisa, pensando en como su cuerpo agradecía cada prenda de ropa sobre él, la baja temperatura no era un problema cuando se podía solucionar tan fácilmente, el verdadero problema era encontrar un remedio para aliviar el frío interior, el que devoraba sus entrañas sin compasión, aquel que le invadió por dentro cuando le informaron de que su mujer había tenido un accidente de tráfico y había fallecido en el acto.


Hacía ya más de dos años desde ese momento pero lo recordaba perfectamente, recordaba como su interior iba enfriándose a pasos agigantados hasta que lo notó congelado por completo; desde entonces su vida se había convertido en un ir y venir de un lugar a otro sin saber muy bien hacia donde dirigirse en realidad.

Entró en su despacho, metió los guantes en el bolsillo de su abrigo y lo colgó en el perchero bajo su gorro, se sentó desganado en su silla mirando el montón de correspondencia apilada sobre su mesa y mientras la ojeaba pidió un café caliente a su secretaria, recordó en ese momento que hoy era el primer día de trabajo para ella, la anterior se había jubilado después de una larga trayectoria junto a él.

Tras un suave golpeteo la puerta de su despacho se abrió y su nueva secretaria entró con el café, él se puso en pie para presentarse como debía y la miró directamente a los ojos, pero fue incapaz de articular alguna palabra coherente, tan solo pudo balbucear unos sonidos de bienvenida apenas inteligibles.

Lo que si consiguió fue sentir como una pequeña chispa luchaba por surgir y comenzar a deshelar su interior, entonces comprendió que quizá también hubiese remedio para ese intenso frío que tanto tiempo le llevaba atenazando.

CAMBIO DE SENDA



Sobre una vieja señalización de madera, en un cambio de senda he escrito tu nombre.

Miro hacia delante observo como sale el sol y siento como un rayo de esperanza me alcanza, miro como el viento arrastra los grises nubarrones que atormentan mis días y poco a poco se va disipando la espesa niebla que me envuelve, despejando mi corazón. Me percato de que puedo caminar erguida por esta senda sin esconder mi rostro bajo las gafas de sol que eternamente me acompañan ocultando mis sufridos ojos encogidos por la eterna humedad que desprenden.

Percibo como mi pie da un paso titubeante y se adelanta despacio. Hago un gran esfuerzo y otro le sigue un poco más lejos y, aún con miedo, compruebo como cada vez se van haciendo más ligeros.

Me sorprende que por esta nueva senda puedo caminar sola y me pongo mis zapatos de charol, aquellos que me compré antes de casarnos, cuando prometiste colgarme la luna en un collar y hacerme unos pendientes con las estrellas para enseñarme cómo era el mundo. Y me lo enseñaste, claro, me enseñaste como era el mundo para ti, me enseñaste a bajar la mirada, a susurrar “lo siento”, a no hacer ruido, a llorar en silencio en el baño....

Ahora, poco a poco, siento que puedo escapar para siempre de los gestos rudos con los que me ahogas, de tu miradas llenas de punzante desprecio, de tus mal humor, y al fin puedo caminar tranquila, sin prisas, porque tú no estás aquí para atormentarme.

Hoy, ahora, una fuerza en mi interior me impulsa a andar con la cabeza alta, miro hacia delante y guardo en mi interior todo lo que necesito para volver a empezar, tan sólo una sonrisa y un paquete de esperanza, porque sobre una vieja señalización de madera, en un cambio de senda, he escrito tu nombre con letras efímeras que ahora se desvanecen y ya no eres más que un recuerdo.


EN LA QUIETUD DE LA NOCHE


A través de los grandes ventanales de su apartamento, observa la quietud de la noche. Es su momento preferido. Todos los actos importantes de su vida han ocurrido en ese momento en que la oscuridad se adueña de la ciudad. Su nacimiento, su primer beso, incluso su primer gran negocio, se produjeron en una noche en la que apenas había más movimiento que el brillo de las estrellas y la luna mostrándole el camino a seguir.

Está tan inmerso en disfrutar del paisaje nocturno que no ha percibido como un leve viento envuelve su brazo izquierdo, no repara en él hasta que un fuerte dolor se instala en su pecho y las paredes de la habitación de diseño comienzan a dar vueltas a su alrededor.

Intuye que se está muriendo. Su corazón comienza a dar trompicones, sus movimientos fuertes y acompasados se convierten en  latidos débiles e inconexos. Su respiración profunda  apenas alcanza a coger un hilillo de aire. Nota que algo se mueve junto a él, siente claramente una presencia, intenta hablar, gritar pidiendo ayuda, pero no sale ningún sonido de su boca.

Con gran esfuerzo fija la vista en la personación que ha tenido lugar ante él, observa su larga túnica negra y la gran capucha que oculta los rasgos de su cara, y entonces cierra los ojos para no fijarse en más detalles, a sabiendas de que con la mano derecha estaría blandiendo un guadaña como señal de que su tiempo en la tierra había acabado. 

Apenas nota ya el miedo, se siente más tranquilo sabiendo que su sufrimiento acabará pronto. Ha perdido la noción del tiempo, no sabe cuanto lleva así, apenas recuerda nada de su vida antes de eso, de ese dolor.

Abre los ojos con un gran esfuerzo, y vuelve a ver la silueta frente a él. Sí. No hay duda de que es la muerte. Está esperando ansiosa el momento en que su corazón se detenga para llevarle con ella. Su último gran momento se acerca y él apenas tiene fuerza para resistirse. Se miran a los ojos, él sin verla del todo y ella sin quitarle la vista de encima, esperando su último estertor.