lunes, 29 de noviembre de 2010

III CERTAMEN BIZKAIDATZ

Este certamen consiste en continuar la historia propuesta e iniciada por los autores.


 

LAS FAMILIAS POSTIZAS
Óscar Alonso




“Desprenderse de una realidad no es nada;

lo heroico es desprenderse de un sueño.”

Rafael Barreti





Y ahora estaba sentado en medio de aquel saloncito de casa de muñecas, con las manos ocupadas en el equilibrio de una desportillada taza de té, cuyo líquido humeante, de un gris apagado, bien podía haber salido del desayuno de un hospicio. Marcelo lanzó un suspiro contrariado mientras trataba inútilmente de descansar la mirada en algún lugar indefinido de las paredes, unas paredes que vislumbró entre las sombras, empapeladas con floripondios y enredaderas lujuriosas que se abrazaban creando una cortina selvática tan pasada de moda como asfixiante. La estancia, en realidad, era como la anciana que minutos antes le había abierto la puerta bajo una bata de boatiné deslucida. La luz anoréxica de una lamparita apenas permitía concretar el perfil de una cómoda de otro siglo que dormitaba plácidamente en una esquina, un par de sillones amortajados con tapetes de ganchillo que se apiñaban en el centro y una mesita baja, donde media docena de figuritas de porcelana miraban a las visitas con una mezcla de estupor y espanto. Marcelo observó abatido la estancia. Aquel era un cubil de desguace donde sólo tenía cabida una penuria de lustros. En aquella ratonera, concluyó al fin, nadie le firmaría una póliza de seguros.

La ancianita había surgido poco antes coronada por un moño rechoncho y desteñido, como una princesa destronada; tenía en sus rasgos algo de superviviente de un bombardeo que retorna a la vida, cierto aire de abuela abandonada en una gasolinera, aunque mantenía en la mirada un brillo acuoso como si de un momento a otro fuese a sacar de la faltriquera una varita mágica y convertirse en una hada de cuento. Marcelo no pudo reprimir un estremecimiento de conmiseración al imaginar sus apreturas para llegar a fin de mes, los equilibrismos de funámbula en el supermercado de la esquina regateando el precio de un par de plátanos mustios y el retorno a su solitario cubil, a través de un dédalo de estrechas aceras con la bolsita de su exiguo botín. Era inmoral tratar de engatusarla con sus argumentos de vendedor sin escrúpulos, cuando seguramente la vida ya le habría escamoteado demasiados sueños. Y, sin embargo, todavía sentía en el cuerpo el abrazo de gorrión que la anfitriona le había regalado nada más verlo enmarcado en la puerta; su propio desconcierto al ver cómo la viejecilla le tomaba del brazo con una fuerza inusitada y lo entraba en casa; el breve pasillo de catacumba que le había conducido hasta el lugar donde se encontraba y donde, seguramente, la anciana pasaba las horas frente al parloteo insulso de la televisión.

Trató de sobreponerse a la sorpresa inicial, pero después de un día pateando calles en busca de incautos a quienes vender una estancia de primera en el otro mundo, no recaudó fuerzas suficientes para decirle a la vieja que sin duda se trataba de un equívoco, una absurda confusión de vieja, y que él, en realidad, no era su hijo Vicente.

Cuando la anciana desapareció en busca de unas galletas con las que agasajarle, Marcelo tuvo tiempo de levantarse y recorrer aquella habitación de anticuario donde se amontonaban los muebles con un desorden de bazar; se acercó hasta la cómoda, y descubrió una fila de fotografías que miraban al frente, pulcramente enmarcadas. No le fue difícil descubrir en una de ellas el rostro anodino de quien supuso el tal Vicente. Un hombre de unos treinta años, en mangas de camisa, que sonreía despreocupado mientras entallaba la cintura de una mujer. Supuso que se trataba de una fotografía tomada en unas vacaciones lejanas, quizás junto a una de esas playas hechas para el cultivo masivo de carcinomas, en las que todo el mundo parece más feliz. “¿Así que tú eres el hijo de puta?”, se dijo Marcelo con un punto de irritación, mientras observaba el perfil de corsario de aquel tipo. Del fondo de la casa le llegó entonces el rumor de saqueo de la anciana, que buscaba en algún lugar remoto las galletas supervivientes de la última visita.

Habían sido sus pies los que, de forma autónoma le condujeron a aquella parte de la ciudad. Sus doloridos pies de vendedor de seguros a comisión. Y ahora estaba en aquel saloncito de cripta abandonada donde el aire expelía un tufo a rancia quietud, aguardando el momento de levantarse y huir a su propia guarida. En el instante en que amagaba el primer impulso, escuchó el rugido feroz de una cisterna cercana, seguido del quejido de una bisagra, que le hizo dar un respingo, y luego, acercándose, el taconeo de una par de piernas rotundas, conquistadoras, que de ningún modo podían ser las de la anciana y que, finalmente, fueron a posarse justo a su lado. La recién llegada lo contempló unos segundos con el mismo aire de abatimiento que debía de poseer Marcelo. En la penumbra que los envolvía pudo distinguir los rasgos de una mujer todavía joven y pelo ensortijado a la que, sin embargo, la vida parecía haberle grabado en el rostro las mismas muescas que a Marcelo. Rondaría los cuarenta, o tal vez los treinta. Ya no sabía qué edad real tenían las mujeres de verdad. Se miraron un momento. La anciana apareció en aquel instante portando una bandeja, en la que tres galletas bailaban sin gracia, que depositó en la mesita baja como un trofeo de caza. Luego exhaló un suspiro de felicidad y tomó la mano de Marcelo entre las suyas.

—¡Qué feliz me habéis hecho viniendo a visitarme! —exclamó a punto de echarse a llorar mientras besaba los dedos de Marcelo—. Tienes una esposa muy bella, Vicente.

Marcelo insinuó un gesto de repugnancia al sentir los labios agrietados de la vieja y lanzó una mirada suplicante a la mujer que se sentaba a su lado; ésta le devolvió un leve encogimiento de hombros, con el que parecía explicar que ella no era culpable de lo que allí estaba sucediendo, y que en la función del día también era un personaje de atrezzo.

Sin duda se trataba de una equivocación, una estúpida equivocación de anciana solitaria y desmemoriada. La vieja le había confundido con el corsario de la fotografía y la mujer que se sentaba a su lado debía de ser también una incauta que había caído inocentemente en la tela de aquella araña despistada.

Marcelo miró de soslayo la hora. Se hacía tarde. ¿Tarde, para qué? Mientras los primeros velos de un atardecer despiadado comenzaban a desembarcar tras los visillos de los ventanales barajó las posibilidades que le aguardaban en el mundo exterior. Hizo un rápido balance de sus expectativas. Nadie le esperaba en casa, con la excepción de un televisor de pantalla panorámica y un pez de ojos exagerados que reposaba sobre la mesita de noche y que siempre le saludaba desde su mundo silencioso con la misma mirada de catedrático de todos los días, críptica y atolondrada, como si también le considerara a él parte de un planeta aterrador. Y casi sin darse cuenta, Marcelo lanzó un suspiro de resignación y comenzó a trenzar una historia de fábula que fue pergeñando sobre la marcha, improvisando pasajes descabellados que añadía al relato de una vida postiza en la que se vio protagonista sólo por contentar durante un rato a la vieja. Nada le costaba hacerse pasar por el tal Vicente durante un rato, una buena acción que, tal vez en la antesala del purgatorio, le adelantaría unos puestos en la cola de los que aguardan la eternidad. Sólo por darle el capricho a la anciana, representaría el papel de hijo pródigo. Para su sorpresa, la mujer que se sentaba a un lado, se convirtió en aliada provisional de aquel armazón falso y, con un entusiasmo que Marcelo consideró meritorio, fue añadiendo escenas y comentarios que embellecían el argumento mientras la anciana, sentada en su butaca como una condesa rusa en el exilio, cabeceaba orgullosa a cada anécdota. No, no tenían hijos, de momento, pero todo se andaría, dijo la mujer al tiempo que cogía la mano de Marcelo entre las suyas con una ternura de esposa y le estampaba un cálido beso que le hizo estremecer. Fue una sensación que apenas recordaba ya Marcelo. Otra piel sobre la suya, electrizando su epidermis cauterizada. El último tacto femenino se perdía en los sótanos de su memoria y tenía que rebuscar esa misma sensación adormecida en las sentinas del alma.

Aquel acto de camaradería le animó a continuar el relato postizo de su vida. Y, si bien es cierto como explicó, que había tardado algo más de lo previsto en finalizar la carrera de derecho (estudiaba por las noches mientras trabajaba por el día), una vez licenciado le nombraron jefe de departamento. Un cargo en el que Marcelo se aposentó poco tiempo ya que llamó la atención de sus superiores y pronto le adjudicaron la jefatura de una oficina en otra ciudad. Sí, mintió con un desparpajo que le quebraba el alma; había triunfado en la vida, se había casado y sólo era cuestión de tiempo regalarle a la anciana una tropa de nietos ruidosos.

Cuando terminó de hilar la sarta de mentiras, la anfitriona les miró con un silencio de esfinge. En aquella suerte de quietud octogenaria había algo de dulce complacencia mientras había escuchado las palabras de Marcelo, como si se adormeciera mecida por la perorata que el hijo de opereta iba tejiendo con la pericia de un arsenal de años embaucando a incautos. Había, también, en su rostro apergaminado algo de vieja sabia que digiere pacientemente sin inmutarse las mentiras de un niño travieso.

Acabado el insólito relato, la anciana insistió en que debían quedarse a cenar esa noche, para lo cual se valió de una expresión de momia desahuciada que desmantelaba cualquier conato de resistencia. El banquete fue humilde, como pudieron comprobar de inmediato cuando accedieron a una diminuta cocina rescatada de otro siglo: media docena de croquetas de dudoso sabor y una pera insípida en torno a una mesa camilla con un mantel de hule que olía a fritanga de lustros. A Marcelo, mientras trataba de engullir la fruta con más aburrimiento que interés, comenzaron a fallarle las fuerzas ante la expectativa de perseverar en el embuste por más tiempo, miró a la vieja con aire derrotado y luego a la mujer que había sido su aliada provisional, decidido a confesar la verdad y regresar finalmente a su casa, cuando la anciana, como una descarga de fusilería, anunció:

—¡Naturalmente, os quedáis a dormir esta noche!

—¿Eh? —Marcelo dio un respingo.

Ya no podía más pero fue su esposa circunstancial, aquella otra anónima compañera de trinchera, quien le tomó del brazo y le estampó otro sonoro beso en la mejilla que le hizo estremecer esa tarde por segunda vez:

—¡Nos quedamos! —exclamó ante su asombro.

—¿Nos quedamos? —preguntó él.

—¿Os quedáis? —coreó la vieja, también sorprendida.

—Por supuesto —apostilló la mujer.

—¡Ay, señor…! —suspiró Marcelo.

—¡Cojonudo! —sentenció la vieja.

Y ambas mujeres se quedaron mirando a Marcelo.

 
 
MI APORTACIÓN
 
 
Marcelo languideció en la silla acorralado por las miradas de las dos mujeres que le observaban en silencio mientras él percibía como un estremecimiento interior recorría todo su cuerpo al recordar el sonoro beso con que su supuesta pareja le había obsequiado por segunda vez en esa noche, apenas era capaz de alzar su turbada mirada de una grasienta mancha del mantel de hule que le atraía irremediablemente como si fuera a explicarle los avatares pasados en los lustros que llevaba esperando que alguien que se fijase en ella,. Fue la anciana la primera en quebrar el mutismo reinante en la pequeña cocina antediluviana.


-Vicente hijo, estoy tan feliz de veros que he olvidado mis modales de anfitriona, estaréis agotados del viaje y las emociones el día.

-La verdad es que lo estamos. – apostilló la fémina – nos encantaría contarte más cosas de nuestra vida pero dado que nos quedaremos esta noche e incluso quizá todo el día de mañana será mejor que descansemos.

Marcelo miró intermitentemente a la mujer y a la anciana sin dar crédito a lo que acababa de oír, era incapaz de comprender como se había dejado enrular en aquel episodio demencial, tan solo unas horas antes intentaba engatusar a algún incauto con la morada perfecta para la eternidad y sin darse cuenta se había visto envuelto en una gesta sin precedentes.

La anciana dando muestras de ser una convidante perfecta les indicó que dormirían en su alcoba y ella pasaría al cuarto individual que otrora fue de Vicente, la joven mujer se ofreció voluntariosa para ayudarla a cambiar la cubierta de la cama por otra limpia y le dejaron sólo por un momento en la lúgubre y mugrienta cocina.

Marcelo no atinaba a pensar con claridad, presentir que debía compartir lecho con la mujer ocupaba todo su juicio, mecánicamente se dispuso a recoger las melladas escudillas y a lavarlas con el gastado lampazo que hacía ya muchos años que había conocido mejores tiempos, frotar el hule con fuerza relajó un tanto sus tensos músculos y cuando terminaba de escobillar la cocina apareció en el umbral de la puerta la anciana, que le miraba con sus pequeños y agradecidos ojos acuosos, pugnando por no dejar escapar las lágrimas que asomaban a sus comisuras admirando el trabajo elaborado por el hombre, mientras le decía:

- Ahora debes acostarte, mañana seguiremos poniéndonos al día.

En silencio Marcelo escoltó los pasos de la vetusta mujer que le indicó que su consorte le esperaba ya acostada en el lecho conyugal, receloso paró sus pasos en el umbral de la alcoba y tras recibir un ósculo de los cuarteados labios de la ancianita entró lentamente en el oscuro y decrépito cuchitril cerrando la chirriante puerta a sus espaldas, en ese preciso instante estuvo completamente seguro de que esa iba a ser la noche más larga de su vida.

La oscuridad le enfundaba y Marcelo no sabía hacia donde dirigir sus pasos por miedo a golpearse con cualquier objeto, tras unos segundos de indecisión su mano derecha cobró vida propia y comenzó a buscar el interruptor de la luz, sus dedos recorrieron el áspero papel de la pared hasta topar con una pequeña clavija que a su contacto originó que la estancia se iluminara débilmente por una desnuda bombilla que derramaba su amarillenta luz sobre aquel dormitorio desprovisto de todo lo que cualquier otra persona consideraría estrictamente necesario. La cama, en la que un encogido bulto bajo las raídas mantas le ofrecía la espalda acurrucada junto a la pared dejándole un pequeño espacio en el que tumbarse, era vieja ya antes de que él naciera, una desvencijada mesilla de noche con un cajón torcido, cubierta por uno de esos primitivos tapetes, y una silla de anea, en el respaldo de la cual reposaba un vestido oscuro y un abrigo de lana gris al que le faltaban algunos botones, eran todos los muebles que conformaban el dormitorio principal de la casa. El papel de la pared al igual que el de la salita de estar era de la protohistoria y digno protagonista de un celuloide de terror a tenor de los desconchones que ofrecía, la pequeña ventana no estorbaba el paso del gélido viento nocturno a juzgar por el movimiento de los visillos que la cubrían meciéndose en un continuo vaivén, esas colgaduras jamás revelarían su color natural porque hacía muchos años que el agua y el jabón se había olvidado de ellas.

Marcelo se sorprendió al ver que sus manos temblaban como las hojas de un árbol azotado con fuerza por el viento, aún dudaba de que sus piernas no saliesen corriendo en busca de la tranquilidad y refugio que le ofrecía su solitaria madriguera cuando la voz de la mujer le azaró.

- No pensarás quedarte ahí de pié toda la noche ¿verdad?, admito que el aspecto no es muy bueno pero aquí dentro se está calentito.

Sintiendo que no tenía otra opción se quitó los zapatos y el pantalón, dejando los primeros junto a la puerta de la alcoba y doblando el segundo cuidadosamente, asentándolo encima de la mesilla que propaló un quejido de protesta al sentir el peso de la prenda sobre su maltrecha estructura, se quitó el jersey y con gran cuidado lo situó junto al pantalón temiendo que el pequeño mueble se abatiese en cualquier momento. Levantó lo estrictamente imprescindible el áspero cobertor de arpillera y se metió bajo las sábanas, que por un instante pensó que eran de franela, aunque rápidamente se dio cuenta de que en realidad eran viejas cubiertas llenas de pequeñas bolitas y zonas desgastadas, incluso tuvo la sensación de que el dedo gordo de su pie derecho había topado más de una vez con un agujero en alguno de los leves movimientos que se permitió durante la insomne noche por miedo a desadormecer a la mujer que yacía a su lado, presa de un profundo sueño que Marcelo envidió más de una vez en las interminables horas que permaneció junto a ella.

El amanecer le sorprendió con un fuerte sobresalto, la mujer se había repantigado en la cama como si un resorte hubiese catapultado la parte superior de su cuerpo y miraba a su alrededor sin comprender del todo la situación, fijó sus ojos en Marcelo que la miraba intimidado y su rictus facial se suavizó dejando paso a una grata sonrisa que le desarmó por completo.

- Lo siento, hace ya mucho tiempo que perdí la costumbre de despertarme en una cama.

La miró con ojos interrogantes sin saber muy bien como contestar a una glosa tan poco habitual, y ella fresca y despierta después de una noche de reparador sueño le contó las vicisitudes de su vida.

Su nombre era Martina, tenía treinta y tres años y desde hacía ocho vivía en la calle, sus padres murieron estando ella al comienzo de su adolescencia y unos parientes lejanos se ofrecieron a acogerla en su casa, así fue como pasó de vivir en una gran ciudad a sentirse encerrada en un pequeño pueblo del interior, su familia la trató como si fuese su propia hija, pusieron a su alcance todos los medios que disponían y la matricularon en la escuela de secretariado donde ella sacó el título con honores. En ese pueblo conoció a Fermín, un muchacho bastante mayor que ella del que se quedó prendada al momento y después de un corto noviazgo, y pese a la oposición de su familia que no veía con buenos ojos la relación, se casó con él a los diecinueve años en una de las bodas más populosas que recordaban en el pueblo.

A Martina la felicidad marital le duró menos que el fantástico viaje de bodas que realizaron, pronto se dio cuenta de que su recién estrenado marido era en realidad un hombre posesivo en exceso y muy celoso, pronto llegaron las discusiones y su vida fue quedando reducida a una sucesión de días sin alegría ni alicientes en los que se sentía atrapada y sin salida.

Seis años duró esa situación, seis años en los que se sintió muerta por dentro, en los que perdió a los que habían sido sus padres esos últimos años, primero fue ella, su querida madre adoptiva, el cáncer se la arrebató después de una larga batalla contra la que lucharon hasta la extenuación, pero que no pudieron ganar, y pocos meses después su marido, un infarto fulminante le dijeron, pero ella sabía de qué había muerto realmente, murió de pena, de soledad, de vacío, el mismo vacío que ella sentía en su vida desde que se había casado con Fermín.

Hasta que una mañana tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre y la convertiría en otra mujer, estaba esperando el que sería su primer hijo, su incipiente embarazo de tres meses apenas había desdibujado su cintura todavía pero ya sentía en sus entrañas el milagro de un nuevo ser, ese día su marido quería desayunar unos huevos revueltos pero ella, a pesar de la creciente impaciencia que notaba en su voz, era incapaz de salir del baño debido a las constantes nauseas que sacudían su cuerpo constantemente. Fermín apareció en la puerta sin que ella lo advirtiese hasta que sintió su puño en el estómago mientras de su boca salían ingentes improperios, ella se escurrió por los azulejos del baño hasta quedar encogida en una esquina sujetándose su barriga con las dos manos y sollozando en silencio hasta mucho después de oír el portazo con el que él se despidió al salir de la casa.

Aprovechando la ausencia de su marido, metió sus pertenencias más indispensables en una bolsa de viaje, cogió los pocos ahorros que había podido recaudar con lo que sisaba en las compras diarias y salió de su casa rumbo al hospital de un pueblo cercano donde le confirmaron lo que ella ya temía, había perdido a su hijo. Sin tener claro cómo se encontró subida en un autobús y no supo hacia donde se dirigía hasta que finalizó el trayecto en esa ciudad desconocida, pero no le importaba el destino, sólo quería alejarse de su vida y comenzar de nuevo. El dinero le duró dos escasos meses en los que le fue imposible encontrar un trabajo, cuando veían su demacrado aspecto las buenas palabras al teléfono se convertían invariablemente en excusas.

La dueña de la pensión en la que vivía Martina era una buena mujer, pero necesitaba el dinero de la habitación por lo que tuvo que dejarla libre poco después, a pesar de ello la tenía aprecio porque las pocas comidas calientes que había ingerido desde entonces se las debía a ella. A partir de ese momento su vida se había convertido como la de tantos otros en un peregrinaje de calles, en las que pasaba el día suplicando unas monedas con las que poder alimentarse, y parques en los que dormía las noches de verano, los inviernos siempre eran duros y por eso cuando la anciana la encontró en su portal la tarde anterior aterida de frío, adherida a su bolsa de viaje y la invitó a subir a su piso no lo dudó ni un momento.

El azar quiso que se llamase igual que la novia de su hijo, por eso cuando llegó Marcelo la mujer pensó que su evocada familia por fin había ido a visitarla después de tanto tiempo sin noticias de ellos.

Marcelo había escuchado todo el relato de Martina en silencio contemplando como unas lágrimas silenciosas, abundantes y dolorosas, corrían incesantes por las mejillas de la mujer mientras las palabras salían de su boca atropelladamente unas veces y con amargura la mayoría de ellas, ahora que había dado por concluido su relato la estrechó entre sus brazos sin pensarlo y acarició su cabello largamente en un intento de calmar el intenso dolor tanto tiempo guardado por aquella mujer.

Pasaron los minutos lentamente hasta que Martina poco a poco comenzó a tranquilizarse, el gesto de Marcelo la hizo sentir protegida por un momento del mundo hostil en el que se desenvolvía a diario y le hacía recobrar en parte la confianza en las personas al pensar en como había aceptado pasar la noche con ella en ese lugar desconocido para ambos, estaba segura de que su situación era muy distinta a la de ella, cómo recogió la cocina la noche anterior y con qué cuidado dobló su ropa al acostarse eran gestos que hablaban por si mismos sin necesidad de palabras.

Unos suaves golpes en la maltrecha puerta dieron paso a la anciana que asomando apenas una gastada sonrisa les indicó que el desayuno les esperaba sobre la mesa de la cocina, primero se levantó Marcelo, que vistiéndose rápidamente salió del cuarto para dejar que Martina se pusiese su ropa en la intimidad.

En la pequeña cocina estaba sentada ya la anciana, llevaba la misma bata de boatiné que el día anterior y el pelo recién recogido en un tirante rodete, el brillo acuoso de sus ojos y una perenne sonrisa en sus replegados labios, reducía un tanto el aspecto triste y desvalido que ofrecía el día anterior.

En la mesa camilla aguardaban un platillo con una pequeñas tostadas recién hechas en una oxidada sartén, que en tiempos remotos debió ser de hierro fundido, y unas tazas desparejadas que esperaban pacientemente recibir el humeante líquido, de un marrón deslavado, que hacía las veces de café aunque el olor y el aspecto se empeñasen en desmentirlo.

Martina llegó a la cocina pulcramente vestida y con un gesto alegre le dio un beso en la mejilla a la anciana mientras decía:

- Buenos días, ¡que bien huele el desayuno!, y tengo un hambre de lobo.

- Sírvete cuanto te apetezca querida -contestó la anciana con una sonrisa que dejaba al descubierto sus dientes mellados por la edad- después iré a hacer unas compras para el fin de semana, al no avisarme de vuestra visita apenas tengo reservas.

- De eso me encargaré yo, si os parece bien – replicó Marcelo intentando que la inopinada visita que suponían para la octogenaria no trastocase en exceso su exigua economía.

Después de tragar no sin cierto reparo el aguado brebaje que se vio obligado a ingerir ante Martina, quien le suplicaba con la mirada que no la abandonase en ese día en que la suerte la sonreía por primera vez en mucho tiempo, Marcelo abandonó el piso prometiendo volver pronto.

Después de recorrer varias laberínticas calles se retrepó en un banco para poner en orden los pensamientos que martilleaban su cabeza y que le exigían olvidar las últimas horas y enfilarse hacia su solitario piso, pero había algo en Martina que le impulsaba a volver a su lado, algo que atraía irremediablemente sus pensamientos hacia el momento en que la abrazó y acarició su pelo una y otra vez, sabiendo que no podría abandonarla se dirigió al mercado para adquirir algunas viandas indispensables para ese día.

Durante su regreso al absurdo trance que le ocupaba se perdió varias veces por aquella maraña de callejuelas, no conocía bien aquella parte de la ciudad, caminaba en círculos, no conseguía concentrarse en el camino a seguir, y en aquel loco deambular sus perturbados nervios terminaron por templarse, cuando por fin encontró el oscuro y húmedo portal reconoció el olor fétido, a aguas estancadas, que le daba la bienvenida. Subió las estrechas escaleras protegidas por una baranda de madera apolillada sin osar posar sus manos sobre ella, temeroso de que al hacerlo esta se desmoronase como un castillo de naipes.

Cuando retornó al mísero cuchitril apenas lo reconoció, en el par de horas que había estado ausente se había producido en él una notable permuta, seguía siendo una minúscula morada pero los arcaicos y ajados muebles lucían contradictorios sin la pantagruélica capa de polvo, los visillos habían desaparecido y aguardaban en un caldo barroso revelar al fin la incógnita de su tonalidad, el utillaje culinario refulgía en la alacena y las abiertas ventanas habían hecho desaparecer el miasma que los acompañaba la noche anterior.

La anciana resplandecía sentada en una silla, de sus ojos sólo se traslucían dos lágrimas quietas, mientras la joven se afanaba dando un último pero brioso repaso al fogón, cuando advirtió su presencia su húmeda mirada se iluminó por completo mientras decía:

- Vicente hijo, tu mujer es una joya, ¡apenas reconozco mi propia casa!

Martina se giró al momento y un gesto de alivio se reveló en su rostro ya preocupado por su tardanza, Marcelo insistió en preparar la manduca él mismo instando a Martina a descansar del esfuerzo realizado en su ausencia para convertir aquel cubil de desguace en una menesterosa pero adecentada morada, y una hora después llamó a las mujeres para que se acomodasen alrededor de la mesa camilla dispuesta optimistamente con los quebrados platillos y los disparejos cubiertos.

Después de un buen plato de sopa caliente, algo de pescado y unos sabrosos plátanos, el pequeño cuerpo de la ancianita parecía menos mermado y emanaba felicidad. La tarde transcurrió sin prisas, mientras los tres se ocupaban en una charla distendida, durante la que incluso Marcelo llegó a sentir en algún momento que había recuperado la familia perdida hacía tanto tiempo en aquel absurdo accidente del cual había sobrevivido contra todo pronóstico, y sobre todo contra su voluntad, convirtiéndose desde entonces en un triste fragmento, un trozo de algo más grande que no encontraba lugar en el que encajar.

Cuando el sol invernal que jugaba tímidamente al escondite entre los cristales dejó paso al crepúsculo anunciando la inminente llegada de la noche, la ancianita dejó escapar un quejoso suspiro, sus ojos se oscurecieron y su boca adoptó un mohín pesaroso que puso en alerta prontamente a la simulada pareja que, desasosegada, se deshizo en muestras de preocupación por el cambio radical advertido en la octogenaria que tan solo unos momentos antes lucía esplendorosa ante su quimérica familia, y que apremiada por sus ruegos manifestó:

- He sido tan feliz con vuestra visita, que la cercanía de vuestra marcha me hiere el corazón y a mi edad ya no se pueden curar las cicatrices de la soledad.

Marcelo y Martina se miraron atribulados, para ellos el fin del día suponía que quizá sus caminos no volvieran a cruzarse jamás y esa certeza les producía el mismo dolor que sentía la anciana, en esas pocas horas compartidas su vida había dado un vuelco, hacía mucho tiempo que ninguno de ellos se sentía tan relajado y despreocupado como en esas últimas horas.

- Quizá podamos encontrar la forma de visitarla más a menudo – susurró Martina tímidamente.

Marcelo vislumbró un atisbo de esperanza en la respuesta de la mujer, y con la fluidez de lustros dedicados a encandilar inocentes, hablo del estrés que le producía el nuevo puesto, demasiado trabajo, demasiadas horas y demasiada responsabilidad, por no hablar de lo sola que se sentía su mujer en aquella desconocida ciudad durante sus interminables jornadas laborales, probablemente había llegado el momento de dedicar más tiempo a su familia, y sería bueno para todos un acercamiento geográfico que les permitiese verse a menudo, si para ello debía renunciar al alto cargo que ostentaba en su empresa no dudaría en hacerlo, había comprendido que no merece la pena tanto esfuerzo si ello le impedía disfrutar de lo realmente importante.

La octogenaria le miraba y asentía en silencio mientras su vetusto rostro mostraba la sabia sonrisa de quien digiere pacientemente sin inmutarse las mentiras de un niño travieso pero sin maldad y cuando Marcelo terminó de hablar le contestó alegre:

- Vicente hijo, no sabes cuanto me alegro de tu decisión, y si los dos estáis de acuerdo en ello quizá Martina se pueda quedar conmigo mientras tú agilizas los trámites necesarios para tu traslado a esta ciudad, así no sufriría tanta soledad durante tus largas jornadas de trabajo y mientras podrías venir los fines de semana y los pasaríamos juntos.

Martina no podía creer que lo que oía fuese verdad, no podía siquiera imaginar que sus penurias estuviesen viendo un fin próximo y dedicaba todos sus esfuerzos a suplicar calladamente a Marcelo que aceptase el ofrecimiento de la anciana, con un techo sobre su cabeza podría encontrar un trabajo y comenzar una nueva vida.

Marcelo aceptó encantado la oferta de la caduca mujer, atreviéndose por primera vez en mucho tiempo a soñar un futuro no muy lejano en el que dejara de esperarle su cama fría cada noche.

Estaba ya dispuesto a salir de aquella minúscula morada cuando cayó en la cuenta de que las reservas de la anciana no aguantarían el sobreesfuerzo de una boca más que alimentar por lo que rebuscó en su cartera y le entregó un billete nuevo, recién salido del cajero. Una amplia sonrisa iluminó la cara de la marchita mujer que lo guardó en el bolsillo de su bata de boatiné y le acompañó hasta la puerta mientras le decía:

- No te preocupes por nada, Martina y yo hemos hecho buenas migas y estoy completamente segura de que todo irá estupendamente, no olvides traerle unas flores cuando vuelvas, al fin y al cabo a las mujeres se nos conquista con detalles y buenas maneras, y aunque sé que tú ya posees esas dos cualidades, nunca está de más que una madre le recuerde a su hijo ciertas cosas.

Le plantó en la mejilla un beso que no le pareció tan apergaminado como el día anterior y mientras cerraba la puerta susurró:

- Adiós Marcelo, no olvides que tu nueva familia te espera.

Mientras bajaba las maltrechas escaleras, su cabeza principió a girar velozmente hasta que el magma efervescente de su cerebro comenzó a burbujear desacerbadamente y para cuando alcanzó el maloliente portal su quietud externa se contraponía a la actividad interior y en su mente emergió una imagen de complacencia, el rostro de una vieja sabia que digiere pacientemente sin inmutarse las mentiras de un niño travieso, entonces cayó en la cuenta de que le había despedido por su verdadero nombre, de que todo ese tiempo había sabido verdaderamente que él no era Vicente, pero que podía ocupar el vació dejado por aquel que la abandonó tantas estaciones antes.

La felicidad inundó a Marcelo y mientras se encaminaba a su guarida se instaló en su rostro una perenne sonrisa, al final la anciana había sacado de su faltriquera una varita mágica y se había convertido en una hada de cuento concediéndole su mayor deseo, una familia.

Postiza si.

Pero su nueva familia.

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lunes, 8 de noviembre de 2010

UN BUEN ALEGATO

Mi relato del mes de octubre para el concurso de microrrelatos de abogados


Palabras de octubre

Alegato, indicio, calcetín, tortuga, lluvia




Un buen alegato



Su bota derecha, sin previo aviso, se metió en un charco calándole hasta el calcetín. Sacó su pie de aquel mar de juguete provocado por la lluvia y se secó la bota cuidadosamente con un pañuelo de papel, pero fue en vano, las salpicaduras en su pantalón serian indicios suficientes. Le considerarían sospechoso automáticamente y le examinarían detalladamente con esos pequeños ojos de tortuga que no dejaban escapar un solo detalle. Apenas tenia tiempo para preparar un buen alegato en su defensa antes de encontrarse cara a cara con la jueza que ya esperaba impaciente su presencia. Puso la mejor de las sonrisas en su angelical cara y dijo: “Mamá, ¡estas botas nuevas son buenísimas!, no calan nada y hasta tengo los pies sudados del calor que dan”

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martes, 7 de septiembre de 2010

BURBUJAS DEL CORAZÓN

Mi relato del mes de agosto para el concurso de microrrelatos de abogados


Palabras de agoto


Mochila - Instrucción - Burbuja - Decreto - Encuesta


BURBUJAS DEL CORAZÓN


Me abren la puerta de tu celda y como siempre elijo una silla frente a ti. Tus ojos oscuros me miran con ese brillo inigualable y se acomodan suavemente como una burbuja en mi corazón, mientras,tus labios me susurran palabras apenas audibles sobre la larga espera. Mis manos nerviosas gesticulan incesantes incapaces de permanecer quietas, intentando evitar el leve roce con tus dedos cojo un lápiz y garabateo el papel de una encuesta. El reloj avanza incesante anunciando que tu tiempo aquí acabó. Coges tu mochila, abres la puerta y me cedes el paso mientras tu mano roza levemente mi espalda, mi corazón galopa salvajemente y busco tus ojos por última vez, pero no estás, tu presencia se desvanece entre la multitud de la calle. En la facultad de derecho aprendí sobre leyes, decretos y resoluciones, pero nunca encontré ninguna instrucción de sumario sobre las burbujas del corazón.

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miércoles, 9 de junio de 2010

EL JUICIO FINAL

Mi relato del mes de mayo para el concurso de microrrelatos de abogados
Palabras de mayo

personación - diseño - asistencia - señal - vista


EL JUICIO FINAL


Estaba tan inmerso en la defensa del caso que le ocupaba que no intuyó su presencia hasta que un fuerte dolor se instaló en su pecho y las paredes de su despacho de diseño comenzaron a dar vueltas a su alrededor. Con gran esfuerzo fijó la vista en la personación que había tenido lugar ante él, observó su larga túnica negra y la gran capucha que ocultaba los rasgos de su cara. Fue entonces cuando cerró los ojos para no fijarse en más detalles, a sabiendas de que con la mano derecha estaría blandiendo un guadaña como señal de que su tiempo en la tierra había acabado, mientras escuchaba una voz en off informándole de su inmediata asistencia al juicio más importante de su vida.

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martes, 25 de mayo de 2010

DESEO CUMPLIDO

Mi relato del mes de abril para el concurso de microrrelatos de abogados

Palabras de abril

negocio - oficio - cirio - turno - boleto


DESEO CUMPLIDO

Mientras se vestía la toga recordó por enésima vez el momento en que la vió en la administración de lotería, esa tarde él había ido a visitar a sus padres a su negocio y ella esperaba pacientemente a que le tocara su turno para comprar un boleto.
Alta, rubia, con un bello rostro únicamente adornado por un suave brillo de labios y una mirada dulce que le obsesionó por completo desde ese momento, incluso ayer ofreció un gran cirio a San Valentín rogando volver a verla pronto.
Sacudió su cabeza intentando alejarla de sus pensamientos, debía concentrarse en el juicio que iba a comenzar, por algo tenía fama de ser un juez extremadamente capaz, desde el estrado observó a la mujer acusada de ejercer el oficio más antiguo del mundo, alta, rubia, con un bello rostro excesivamente maquillado y una mirada...
quizá si hubiera ofrecido sólo una pequeña vela...

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EL MEJOR ARGUMENTO

Mi relato del mes de marzo para el concurso de microrrelatos de abogados
Relato seleccionado

Palabras de Marzo

Ofrenda-argumento-sobreseimiento-fotografía-causa



EL MEJOR ARGUMENTO

Al mirar la fotografía familiar que presidía el salón de su casa se sintió por un momento culpable de su decisión.
Siendo el último descendiente de una larga estirpe de abogados parecía inadmisible no seguir los pasos tradicionales y formar parte en un futuro próximo del despacho familiar.
Siempre se rebeló ante ese hecho, le hacía sentir que su vida formaba parte de una ofrenda a la justicia hecha por alguno de sus ancestros muchos años antes.
Siempre había defendido vehementemente ante su familia cada una de las decisiones que tomaba, incluso aportaba pruebas para que no se dictase el sobreseimiento de cualquier causa.
Esta vez estaba seguro de que no serían necesarios tantos requisitos, tenía el mejor argumento que podía ofrecerse, su falta de vocación.
Con una intensa inspiración cogió el martillo, dio tres golpes en la mesa y anunció a sus padres su veredicto final.

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ABSOLUCION NECESARIA

Mi relato del mes de febrero para el concurso de microrrelatos de abogados

Palabras del Febrero

Bufete-Juicio-esponja-batería-ventanilla


ABSOLUCIÓN NECESARIA

Pronto terminaría el juicio.
Martín lo estaba deseando desde el mismo momento en que le llamaron a su bufete para que se hiciese cargo de la defensa de aquel grupo de cabezas rapadas acusados de matar de una paliza al joven batería de un conjunto pop.
El anterior letrado se había puesto enfermo poco antes de la fecha fijada para la vista y había tenido que absorber todos los datos referentes al caso en un tiempo record, como si de una esponja se tratase.
Mientras miraba el semáforo en rojo a través de la ventanilla de su coche pensaba en que era más que factible que obtuviesen la absolución por falta de pruebas concluyentes, en cualquier otro caso le hubiese hecho feliz, pero ahora le resultaba indispensable, su vida dependía de ello, porque él al igual que el joven asesinado......

era negro.

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