A través de los grandes ventanales de su apartamento, observa la quietud de la noche. Es su momento preferido. Todos los actos importantes de su vida han ocurrido en ese momento en que la oscuridad se adueña de la ciudad. Su nacimiento, su primer beso, incluso su primer gran negocio, se produjeron en una noche en la que apenas había más movimiento que el brillo de las estrellas y la luna mostrándole el camino a seguir.
Está tan inmerso en disfrutar del paisaje nocturno que no ha percibido como un leve viento envuelve su brazo izquierdo, no repara en él hasta que un fuerte dolor se instala en su pecho y las paredes de la habitación de diseño comienzan a dar vueltas a su alrededor.
Intuye que se está muriendo. Su corazón comienza a dar trompicones, sus movimientos fuertes y acompasados se convierten en latidos débiles e inconexos. Su respiración profunda apenas alcanza a coger un hilillo de aire. Nota que algo se mueve junto a él, siente claramente una presencia, intenta hablar, gritar pidiendo ayuda, pero no sale ningún sonido de su boca.
Con gran esfuerzo fija la vista en la personación que ha tenido lugar ante él, observa su larga túnica negra y la gran capucha que oculta los rasgos de su cara, y entonces cierra los ojos para no fijarse en más detalles, a sabiendas de que con la mano derecha estaría blandiendo un guadaña como señal de que su tiempo en la tierra había acabado.
Apenas nota ya el miedo, se siente más tranquilo sabiendo que su sufrimiento acabará pronto. Ha perdido la noción del tiempo, no sabe cuanto lleva así, apenas recuerda nada de su vida antes de eso, de ese dolor.

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