lunes, 15 de julio de 2013

V CERTAMEN BIZKAIDATZ

Este certamen consiste en continuar la historia propuesta e iniciada por los autores.



Donde ya no hay mar

Juan Carlos Márquez



Con las primeras gotas, los bañistas salen de la playa como de un hormiguero. Un hombre entre muchos termina de ras­parse con una toalla la arena de los pies. Una mujer lo espera unos metros más allá. Mata el tiempo perfilándose los labios en el retrovisor de una de las motocicletas orilladas en el paseo marítimo. “Acaba de una vez o nos cogerá la tormenta”, dice al hombre sin dejar de mirarse en el espejo. Pero él no puede oírla. El paseo es un hervidero de cuerpos a medio vestir y hubiera sido necesario que la mujer elevara la voz para impo­nerse al runrún de las conversaciones cruzadas y del mar, sobre cuya superficie borbotea lánguidamente la lluvia. Mientras se calza una sandalia, el hombre dice: “Ya casi estoy”. Lo dice no porque haya escuchado a la mujer (es imposible, de hecho, que haya podido oírla), sino por la inercia de resultar cortés; aun­que su voz, falta de energía, no consigue llegar a oídos de esta, quien recibe en su pelo la lluvia, cada vez más gruesa, y parece abstraída en la contemplación del mar hasta que el hombre, de
manera un tanto sorpresiva y a espaldas de ella, la toma con delicadeza por un antebrazo.
¿Qué hay para comer?
Brócoli.
¡Brócoli!, repite el hombre elevando la voz. Podría pa­sarme tu vida y la mía sin comer brócoli.
Calla, te está mirando todo el mundo.
El hombre no presta al principio demasiada atención a lo que acaba de decirle la mujer. Piensa que sólo es una for­ma de hablar, una invitación carente de la motivación ofen­siva de un insulto para que no la ponga en evidencia. Pero le están mirando. No son muchos, y casi todos hombres, pero a esos poco a poco se les van uniendo otros. Hombres y más hombres semidesnudos que le miran directamente a los ojos, con una promesa de sonrisa bajo la lluvia que arre­cia. Llega un momento en que el hombre siente su cuerpo sucio de ojos extraños y, cogido del brazo de la mujer, de la que tira, da algunos pasos cortos, nerviosos, que pronto se convierten en zancadas y en pocos minutos les llevan hasta la puerta del apartamento, una madriguera con las persianas
echadas, de mobiliario barato y desnutrido, donde no llega la brisa.
La mujer abre la nevera y saca una olla. La coloca so­bre la barra de una cocina americana. “Para que se vaya templando”, dice con cierta ironía. Luego decide ser la pri­mera en darse una ducha, así que el hombre, con el pelo y la ropa aún empapados de lluvia, se sienta cabizbajo en un taburete alto al pie de la cocina americana, frente a la olla, que permanece con la tapa puesta. El hombre agarra el asa de la cazuela, cierra los ojos y, con ellos todavía cerrados, como si estuviera pidiendo el cumplimiento de un deseo innominable, la destapa en cuanto comienza a oír el rumor de la ducha. Entonces, sólo entonces, los abre. Brócoli. Brócoli frío. Un bosque blando, desolado y pestilente de brócoli a flote sobre un agua pantanosa, cubierta por los gránulos que se han ido desprendiendo del vegetal durante la cocción.

El hombre y la mujer deciden salir de compras esa misma tarde. Aún no se ha evaporado de las calles la lluvia, que prolonga en la ciudad de manera cada vez más sucia el paisaje del mar, y eso disuade a la mujer y, por tanto al hombre, de regresar a la playa. Ambos se aventuran a la gran avenida con los pies cubiertos. Por primera vez en muchos días, el hombre se ha tenido que anudar unos cor­dones, y la mujer ha escondido sus uñas pintadas de rojo en unos zapatos cerrados de esos que las mujeres llaman de entretiempo. La zona comercial está atestada de gente, de hombres, mujeres y niños que van de aquí para allá sin un destino, como crías de pájaro caídas del nido, y que, como ocurre con los rituales, sólo se fijan en los escapa­rates si alguien permanece mirándolos. Al hombre se le plantea pronto un dilema. En cada mano, colgada como una marioneta, sostiene una camisa: una es celeste, livia­na, lisa; la otra, de cuadros, un damero de azules marinos y blancos. El hombre las mira alternativamente, pero no
sabe por cuál decidirse. La camisa celeste es más infor­mal, la otra, como suelen decir las mujeres, más vestida. Se le hace difícil tomar una decisión, así que pide consejo a la mujer, quien unos metros más allá rodea con un fular su cuello, aún terso, frente a un espejo. “La de cuadros”, dice con convicción la mujer, “la otra tiene muy mal plan­chado”. El hombre recibe la respuesta con cierto fastidio porque en el momento en que ha formulado la pregunta ha deseado, en un fogonazo, como irrumpen siempre los deseos, que la mujer elija la otra, la celeste. Durante un momento el hombre duda si quedarse con la camisa que acaba de elegir la mujer por él o hacerlo con la que verda­deramente le gusta. La situación es comprometida. Si eli­ge la preferida por la mujer no elegirá la que más le gusta a él. Si elige la que más le gusta a él se expondrá a que la mujer le diga, y con razón: “Entonces para qué me lo has consultado”. No es sencillo, pero al final acaba imponién­dose, como ocurre casi siempre, el fogonazo.
La celeste es más alegre.
Para qué me lo has preguntado entonces, contesta la
mujer mientras, mediante pequeños tirones, se ocupa de disponer los dos extremos del fular en un mismo plano ho­rizontal sobre su pecho.
Es que hasta ese preciso momento, dice el hombre a viva voz, justo cuando he terminado de hacerte la pregunta, no he sabido cuál quería.
Tras decir la última palabra, el hombre percibe a su alrededor el comienzo de una coreografía autómata. Los hombres que hasta hace un momento, como él mismo, lle­vaban algunas prendas en la mano, las han dejado sobre los percheros o directamente sobre una mesa, todos al unísono bajo un único murmullo textil, un eco de lino, y ahora se dirigen hacia él despacio, con los brazos caídos, sin perderle la cara. La bocas de todos ellos, incluso las de quienes se abren camino en el manglar de ropa y cortinas desde los probadores, parecen cruzadas por una misma sonrisa, una mueca cercana a la gratitud. El hombre piensa en compartir con la mujer la sensación que está a punto de vaciarle de aire los pulmones, pero en última instancia se decanta por un atropellado “paga tú mi camisa, te espero fuera” y se
abre paso entre el gentío, las barras de bermudas y las cami­sas floridas hasta la puerta.
Esa noche, como casi siempre que compran ropa nue­va, el hombre y la mujer hacen el amor sobre el mostrador de la cocina. El hombre se queda sólo con la camisa celeste puesta. Sobre la desnudez de la mujer, sólo existe el fular. Cuando terminan, con los sexos aún mojados y la piel pega­josa de sudor, el hombre arrima sus labios al oído de la mu­jer y le susurra que la quiere. La mujer, como contrapartida, le jura fervientemente que en lo que les resta de vacaciones no piensa volver a cocinar brócoli y, con una sonrisa pícara, de prostituta romana, le anuncia que necesita con urgen­cia unas sandalias de tacón. Luego se acuestan desnudos y flácidos el uno junto al otro, pero no se tocan porque hace calor. Duermen. Cerca del amanecer, el hombre escucha vo­ces fuera y se levanta a orinar. Después regresa a la cama, junto a la mujer, y se duerme escuchando las voces, aunque sin prestar atención a lo que dicen.

Horas más tarde, recién salidos del portal del bloque de apartamentos donde se alojan, el hombre y la mujer se en­cuentran con un conjunto numeroso de hombres, algunos con el torso desnudo. Permanecen agrupados en varios co­rrillos, charlando con naturalidad, como si aguardaran algo o a alguien. El hombre, con una sombrilla sobre un hombro y una tumbona plegada en una mano, se abre camino entre ellos con aplomo, pero también con cuidado de no herir a nadie. Los miércoles, y hoy lo es, algunos veraneantes del complejo de apartamentos se reúnen para jugar al fútbol en la orilla de la playa, así que el hombre y la mujer no en­cuentran ninguna anomalía ni misterio en la concentración y, superada la desconfianza inicial, echan a caminar hacia el paseo marítimo. Es pronto aún, el mediodía queda lejano, pero el sol ya quema y deseca aprisa los últimos rastros de lluvia de la víspera. La playa está casi desierta, a merced de los vehículos ruidosos de limpieza, que penetran en la arena como larvas colosales. Los vendedores ambulantes
organizan sus mercancías y trajinan sobre el muro de hor­migón que separa el paseo del arenal. No se aprecian nubes en el horizonte que ensucien la línea divisoria entre el cielo y el mar. El hombre y la mujer avanzan sobre el adoquina­do hacia lo que, con cierto énfasis, suele denominarse un buen día de playa, y así, con esas mismas palabras, lo enun­cia la mujer: “Hace un buen día de playa”. El hombre se toma su tiempo antes de decir algo. La sombrilla se le está deslizando sobre el hombro, a punto de caer, y el hombre hace un alto junto a un banco de piedra para recolocársela. Aprovecha también para soltar un instante la tumbona, pues hace rato que el hierro que le sirve de asidero le ha enroje­cido y surcado la palma de la mano. Es entonces cuando, tras arrastrar el sudor de su frente con la palma de su mano dolorida, dice a la mujer:
Dentro de dos o tres horas no va a haber quien aguante en este horno.
La mujer no responde, pero se da la vuelta ante el ar­coíris de voces que, como de la nada, ha comenzado a oírse a su espalda. El hombre hace lo propio. Reconoce aún sin
conocerlos a varios de los hombres reunidos hace apenas al­gunos minutos junto a su bloque de apartamentos, e incluso le parece identificar a algunos de los de la boutique y de los que llenaron el paseo marítimo cuando hace apenas un día se preparaba la tormenta. El hombre se siente examinado con impudicia por el grupo de hombres, y por un momento duda si encararse con ellos o huir, correr en cualquier dirección sin siquiera entretenerse en recoger la sombrilla y la tumbo­na apoyadas en el banco. Es la mujer quien, de pie sobre el banco, atrae hacia sí la atención de los mirones, quizá para distraerlos de la indecisión momentánea del hombre, de ese no hacer nada que lo convierte en vulnerable. “Dejad de mirarlo”, les dice esgrimiendo la sombrilla como una lanza. “Esto no tiene ninguna gracia”. El hombre, en principio, asiste a la escena sin ningún apasionamiento, como si lo que está viendo fuera una escena teatral representada por acto­res sin instrucción ni talento, una ficción de calidad pésima. Sólo los abucheos, cada vez más intensos, y el cerco agre­sivo de brazos y manos que se va estrechando alrededor de la mujer, le incita a subirse al banco, junto a ella, empuñar
la tumbona y preguntar con una energía desacostumbrada: “¿Qué queréis?”. A la pregunta formulada por el hombre le sigue un silencio trinchante, roto sólo por el ir y venir del mar y el estrépito de una motocicleta. Las primeras voces nacen oscuras de los intestinos del conjunto de hombres y tardan aún unos segundos en hacerse luminosas. “Seguirle”. El hombre reclama un poco de tiempo con un ademán de la mano y, sin perder de vista la sombrilla y la tumbona que permanecen de nuevo sobre el banco, se retira unos metros para hablar con la mujer.
Qué hacemos.
La Policía no se toma en serio estas cosas, asegura la mujer, lo mejor será que te sigan, pero a cierta distancia. Tarde o temprano se cansarán. Tendrán novias, esposas, hi­jos, algo que hacer, supongo.
¿Y si les digo que se larguen?
No creo que funcione. Los seguidores carecen de vo­luntad propia, pero si se les intenta despojar de la cualidad de seguidores recuperarán la voluntad propia para negarse.
Comprendo.

El hombre regresa al banco con paso firme y, ante el jú­bilo del grupo de hombres, con la sombrilla en una mano a modo de báculo, les comunica brevemente las condiciones de su liderazgo. No quiere ser tocado en ningún caso por nadie ni que se dirijan a él sin alzar antes la mano derecha. No aceptará preguntas sobre su intimidad y la de la mujer ni atenderá a los planteamientos que no reúnan un míni­mo de claridad y concisión expositiva. Tampoco quiere a nadie husmeando en los alrededores de su edificio o de su apartamento, por lo que establece un horario mesiánico que coincide con su estancia en la playa, siempre a la derecha de la plataforma de los socorristas, y el paseo vespertino por la gran avenida y la zona comercial. Dejará, eso sí, a sus seguidores libertad para escoger su indumentaria, si bien recomienda como tal una camiseta blanca de algodón de manga corta sin logotipos ni marcas comerciales visibles.
El hombre y la mujer se dirigen a la playa sin volver la vista atrás. Apenas han recorrido una distancia prudencial, los seguidores echan a andar tras su estela en fila de a uno. Sobre la arena, ardiente ya, el hombre escarba un agujero
para hincar la sombrilla. La hunde como un estandarte va­cacional. La despliega. La mujer abre la tumbona y extiende una toalla bajo la zona de sombra que proyecta la sombrilla. Unta a continuación una capa gruesa de crema de protec­ción solar en los hombros y la espalda desnuda del hombre, quien acto seguido unge, de forma algo más somera, los hombros, la espalda y las piernas de la mujer. Con la pareja como centro, los seguidores han formado un círculo de unos cinco o seis metros de diámetro, y permanecen sentados en contacto con la arena, sin hablar, con los brazos cruzados y esa expresión trascendente en el rostro que adoptan los feligreses cuando comulgan. La mañana, por otra parte, transcurre con el tedio propio de los días de playa, con ese espejismo de felicidad y esa nube anaranjada que imprime el sol en las retinas cuando se ha caído en la tentación de mirarlo un instante, y que se vuelve rojiza, como una corona de sangre, una vez cerrados los ojos. El hombre y la mujer entran en el mar para dejarse arrastrar por las olas y entie­rran sus pies en la arena mojada en paseos costeros de ida y vuelta, seguidos de cerca, a unos veinte metros, por los
admiradores. Escuchan el iPod cabeza con cabeza sobre la toalla compartiendo los auriculares. Le dan mordiscos fir­mes, perfectamente delimitados por sus dentaduras, a sen­dos sándwiches de fiambre y huevo duro. Constatan la una en el otro y viceversa, como cada día, que sus pieles han comenzado otra vez a sonrosarse. A lo largo de ese tiempo demorado, de ese reloj colosal de arena que es una jornada de playa, el hombre no ha dicho casi nada, salvo alguna que otra confidencia en el oído de la mujer, ni ha sido pregun­tado por los seguidores. El hombre y la mujer están a punto de abandonar la playa, comenzando a vestirse, cuando él, ante el último resplandor del cuerpo medio desnudo de la mujer, le dice:
Me gustaría verte también en bikini en invierno.
Ella agradece el cumplido con una sonrisa y una frase que el hombre no puede oír, pues la salva espontánea de aplausos y las interjecciones de júbilo de los seguidores se lo impiden.

Por la tarde, el hombre pasa revista a sus seguidores en la avenida y comprueba lo que él mismo y la mujer habían atisbado a simple vista minutos antes desde una ventana de su apartamento: cuatro de ellos llevan camisetas de un color distinto del blanco. El hombre se retira unos metros para consultar el asunto con la mujer.
Qué hacemos.
No sé, son tus seguidores, no los míos.
Pero qué harías tú en el caso de que fueran tus segui­dores.
Haría que cumplieran las normas. Les diría: conseguid una camiseta blanca o abandonad el grupo.
El hombre se dirige a sus seguidores con las mismas palabras que les hubiera dicho la mujer, pero pronto surgen a borbotones, como mana el agua de un grifo en desuso, las primeras voces de contrariedad: “Yo no he traído en el equi­paje ninguna camiseta blanca”. “Ni yo”. “Me he probado la
de mi hija, pero me queda pequeña”. “¿Alguien tiene una de sobra y puede prestármela?”.
El hombre se hace a un lado y pide de nuevo consejo a la mujer. Esta le hace ver con prontitud que uno de los seguidores que ha hablado siquiera ha levantado la mano para solicitar hacerlo y otro ha alzado la izquierda en lugar de la derecha.
Necesitan un escarmiento, susurra la mujer al oído del hombre.
Necesitan un acto de generosidad, afirma él, y luego, dirigiéndose a ellos, dice: “Quitaos todos las camisetas y seguidme”, órdenes que cumplen sin excepción con rapidez y no poco entusiasmo.
El resto de la tarde se les escapa en andar y desandar la gran avenida, salvo algunos paréntesis en los que el hombre y la mujer recalan en esos puestos de venta playera que, den­tro de una galería o alineados con el paseo, parecen haber sido decorados y dispuestos sus escaparates por una única mano, una deidad universal de los souvenirs. El hombre, en esos ínterin, se calza unas aletas o comprueba en su cara el
hermetismo y la presión de unas gafas de bucear, acerca a su nariz un frasco de perfume varonil, chasquea un encendedor barato con una imagen impresa del escudo del equipo o los ídolos locales, acciones que poco después sus seguidores repiten con devoción y orden premeditado, recreándose las yemas de sus dedos en las texturas, perfiles y aristas de los objetos. Por encima de las techumbres prefabricadas de los puestos, el cuarto menguante parece un bumerán suspendi­do sobre la arena.



MI APORTACIÓN


CALLA, CORRE, HUYE, MATA...


Cuando el hombre despierta esa mañana no necesita abrir los ojos para intuir donde se encuentra, siente bajo su cuerpo el duro y fino colchón de la cama del apartamento donde están pasando sus vacaciones en ese caluroso agosto. Incluso con los ojos cerrados es capaz de ver las paredes grisáceas y la disposición de los desnutridos muebles con los que comparten el escaso espacio del apartamento, hasta es capaz de intuir la ventana por la que no entra ni una brizna de brisa ni siquiera al amanecer.
Sin abrir los ojos se da media vuelta en la cama y extiende el brazo derecho en busca del cuerpo de su mujer. Lo hace lentamente, con suavidad, recuerda su piel sonrosada por el sol del día anterior y no quiere que el roce de sus dedos le cause ninguna molestia, tan sólo desea despertarla con una carantoña esperando que ella le obsequie con algo más contundente que un buenos días antes de levantarse para preparar el desayuno.
Los ojos del hombre se abren asustados sin entender del todo lo que está pasando, en lugar del conocido cuerpo de su mujer sus manos han topado con una fría pared. Su corazón se acelera mientras observa la pared gris y la pequeña ventana cubierta de rejas por la que apenas entra el aire todavía fresco de la mañana.
Detrás de él un sonido metálico le indica que la puerta de la celda se abre. Un hombre uniformado le indica que le acompañe con una voz que parece amistosa pero que al hombre le inquieta, quizá porque proviene de un policía que mide casi dos metros y que lleva en su cinturón una pistola que brilla bajo la fría luz fluorescente.
Es la primera vez que el hombre ve una pistola tan de cerca y no queriendo hacer frente a lo que ve cierra fuertemente los ojos, como si con ello cerrara la puerta a su nueva realidad y abriera una pequeña ventana hacia la mañana de tan sólo unos días antes.

Si te provocan, calla

Con el sabor de las tostadas del desayuno todavía en la boca el hombre y la mujer se disponen a pasar otra mañana en la playa bajo el ardiente sol que convertirá su piel sonrosada en un rojo cangrejo intenso, paso previo inevitable al tono dorado que tanto ansían y con el que podrán presumir de sus vacaciones en la costa levantina cuando vuelvan a la ciudad.
Llegan al portal con una amplia sonrisa, con la alegría de quienes se saben dueños de su tiempo y piensan emplearlo en cumplir todos y cada uno de sus deseos. La mujer cuelga de su hombro una gran bolsa en la que se esconden las toallas de playa, la loción solar con el índice de protección estrictamente necesario para que sus pieles no sufran mientras se tuestan vuelta y vuelta bajo el tórrido sol, el Ipod para escuchar música, una gran botella de agua y un par de sándwiches de fiambre y huevo duro como es su costumbre, aunque esta vez aderezados con una hojita de lechuga y una rodaja de tomate que conseguirá ofrecerles un frescor extra al almuerzo. Delante va el hombre cargado de la indispensable tumbona, para evitar que su mujer se manche de arena más de lo estrictamente necesario, y de la sombrilla que les protegerá mientras dan cuenta del suculento almuerzo.
Cuando abre la puerta del portal lo que ve no se parece en nada al agradable corrillo de hombres que encontró el día anterior charlando con naturalidad. Esa mañana parecen haberse multiplicado y la sensación que le transmiten no es tranquilizadora precisamente. Con una mueca en la cara da un paso hacia atrás asustado y pisa sin querer a su mujer el dedo gordo del pié lo que produce que ella emita un agudo gritito que saca al hombre de su abstracción. Cierra la puerta de nuevo y comenta con ella el paso que deben dar.
- Qué hacemos. Esto se está empezando a desmadrar.
-No te preocupes, -le contesta la mujer- seguiremos nuestra rutina, ya se cansarán, no te van a seguir eternamente y mientras no molesten demasiado podemos dejar que pululen a nuestro alrededor como si nada.
Decidido vuelve a abrir la puerta del portal y sale dispuesto a dar los buenos días a sus seguidores, su voz poco enérgica queda oculta por la de los hombres que esperan en la calle.
-Ya era hora  
-¡Qué...!, ¿nos hemos dormido?
-¡Que poco respeto! Llevamos horas esperando...
El hombre, haciendo malabares, coge la sombrilla y la tumbona con un brazo mientras con el otro sujeta a su mujer intentando alejarse de aquella muchedumbre poco amable. Andan en silencio hasta que llegan a la playa y mientras estiran sus toallas en la arena miran discretamente a los seguidores que se han quedado en el paseo observándoles en silencio.
Mientras toman el sol cruzan palabras disimuladamente, no quieren que ellos les escuchen, comienzan a sentirse agobiados, no esperaban que sus vacaciones soñadas tuvieran que compartirlas con extraños que analizan cada uno de sus movimientos y esperan ansiosos cada una de sus palabras.
- Te dije ayer que necesitaban un escarmiento,-susurra la mujer al oído del hombre.-A todos estos les pasa siempre lo mismo que les das la mano y se cogen el brazo.
- Estaba convencido de que apreciarían mi generosidad, afirma él, pero está claro que no valoraron mi gesto. Ahora todo esto me comienza a agobiar, temo por nuestra integridad física. Esta mañana unos cuantos estaban bastante agresivos.
Toman el sol en silencio y al mediodía comen los sándwiches sin ganas. Cansados ya de sentirse observados en cada uno de sus gestos deciden darse un baño antes de volver al resguardo que les ofrece las paredes del apartamento.
La cena fue frugal, apenas les quedan reservas en la nevera y no se sienten con ganas de afrontar el reto que supone salir a comprar aunque fuese a la tienda más cercana.
Con las persianas bajadas y las luces apagadas, sentados en el pequeño sofá del apartamento, van notando como el murmullo de sus seguidores va disminuyendo poco a poco. Por fin se retiraban cada uno a su casa. En susurros comienzan a hablar de la situación en la que se encuentran. No saben muy bien como pueden hacerle frente pero están de acuerdo en que así no pueden seguir. Si la situación sigue creciendo en la misma proporción muy pronto será completamente insoportable.
Con la cabeza llena de preocupaciones y el sueño escondido en algún lugar lejano deciden salir a dar un paseo amparados en la soledad de la noche.
El hombre se acerca sigilosamente a la puerta y observa con cuidado, todavía quedan varios seguidores en las cercanías, posiblemente hicieran guardia para no perderles la pista. Dudan un instante, están seguros de poder controlar la situación con ellos, incluso es bastante probable que si salen ahora ni siquiera les reconozcan en la oscuridad, tan sólo deben tener cuidado de no hablar hasta que estén lo suficientemente lejos del apartamento.
Salen cogidos de la mano como una pareja despreocupada. Cuando llegan a la altura de sus seguidores el hombre coge a su mujer de la cintura y la besa sin dejar de andar,  en un intento de ocultar sus rostros lo más posible. Se alejan en silencio y se dirigen al paseo junto a la playa, a esas horas repleto de veraneantes ocupando las terrazas de las cafeterías, disfrutando del escaso frescor que ofrecía la noche.
En ese momento se levanta de su mesa una pareja de edad avanzada, el hombre y la mujer se miran en silencio y no les hace falta articular palabra alguna, sus pasos se dirigen raudos hacia la mesa que se libra en ese momento, no tienen intención de dejársela quitar por cualquiera de las personas que como ellos andan al acecho de un lugar donde aposentarse y disfrutar de una cerveza fresquita.
Felices por su hazaña y con una bobalicona sonrisa en sus caras les encuentra el camarero cuando se acerca a tomarles nota.
-Dos cañas de cerveza por favor, con la jarra bien helada- le indica el hombre con la voz un poco elevada debido a la euforia del momento.
- Shhh, -le espeta su mujer en un susurro- cuida el tono que nunca se sabe.
Pero ya es demasiado tarde, los hombres de las mesas más cercanas le miran con una enigmática sonrisa cómplice que sugiere momentos secretos compartidos. La noticia corre como la pólvora, cada vez son más los hombres que les miran desde mesas más alejadas e incluso muchos comienzan a levantarse de sus asientos y a acercarse formando un semicírculo frente a ellos observando cada uno de sus movimientos.
La mujer bebe un largo trago de su cerveza y sin muchos miramientos alza la voz para que la oigan todos.
-Bien, como muchos ya sabréis las normas son simples, mantenerse a una distancia mínima de diez metros...
-Esta tarde eran sólo cinco y no hubo ningún problema- grita uno de los que se encuentra en un lateral y que el hombre reconoce al instante como uno de los que esa misma mañana les ha increpado por su hora tardía
- Además eso de las normas es una tontería yo puedo ponerme donde quiera que para eso estoy en la vía pública- dice de inmediato el que se encuentra junto a él. 
El hombre pone su mano sobre la de su mujer y la aprieta suavemente en un gesto de agradecimiento, valora enormemente el esfuerzo que ella hace para normalizar la situación, pero él se da cuenta de que todo eso está llegando demasiado lejos.
Apesadumbrados vuelven a su apartamento y convierten la oscuridad reinante en penumbra con ayuda de una vela que encuentran escondida en un cajón, seguramente de algún apagón olvidado en el tiempo.
Pasan la noche callados, cada uno perdido en sus pensamientos, intentando encontrar una solución que no aparece ante sus ojos, vidriosos ya por el sueño. Se miran de reojo, creyendo cada uno de ellos que el otro no se da cuenta, ella agotada por la situación y él sintiéndose culpable, al fin y al cabo es a él a quien siguen..
Recuerda la última discusión con su mujer, una de las pocas que han tenido en su vida en común. Al hombre le han ofrecido doblar una película, un nuevo proyecto que tan sólo podrá verse a través de Internet y con el que los directores esperan sacar sustanciosos beneficios, su voz tan personal y profunda supone un reclamo para atraer miles de clientes potenciales. A él le parece una oportunidad única, sabe que es una película bastante subida de tono pero le ofrecen tanto dinero que no lo duda ni un instante. Ella no está tan segura, teme que les vaya a pasar factura en un futuro.
El hombre piensa que ella tenía razón, como siempre, y él debería haberla escuchado; en su ciudad todos le conocen, lleva toda la vida viviendo en la misma casa y no ha sido consciente del poder de atracción que ha alcanzado en los últimos tiempos
Pero aquí es distinto, se siente desprotegido, los veraneantes van y vienen continuamente sin sentir el apego que ellos tienen a ese lugar en el disfrutan cada verano del asueto de sus vacaciones y del que no esta dispuesto a prescindir. Las personas cambiarán continuamente pero el hombre sabe que las que lleguen nuevas serán tan sólo suplentes de las que marchen, su situación no mejorará, más bien al contrario, cada vez irá a peor.



El hombre mira a su alrededor. La habitación es fría e impersonal. Una gran mesa la preside y tan sólo se acompaña de unas desangeladas sillas. No hay ventanas, tan sólo en una de las paredes un gran espejo indica que le observan desde otra habitación, sonríe por un momento pensando que sin duda es tal y como sale en las películas,.
La puerta se abre y un hombre alto y musculado a pesar de que pasa ampliamente la cincuentena, según indica el albino de su pelo, se sienta frente a él.  Apoya en la mesa una pequeña grabadora y oprime el botón de inicio mientras le mira fijamente a los ojos.
- Diga su nombre y apellidos- le indica enérgicamente. 


Si te acosan, corre

El amanecer anuncia su llegada por entre las rendijas de la persiana. Su mujer al fin se ha sumido en un sueño que parece poco reparador a juzgar por las muecas inquietas que recorren su rostro. El hombre la mira apesadumbrado y mientras la arropa con una fina manta, se promete a si mismo que ella no tendrá que renunciar al refugio que supone para ellos ese apartamento, al oasis de paz que representa para ellos esos quince días en que se alejan de la ajetreada rutina diaria del resto del año.
El tiempo pasa mientras en la mente del hombre una idea va tomando forma poco a poco. No está seguro de que termine según sus deseos pero tampoco le parece tan descabellado. La mayoría de las veces las cosas más simples son las que mejor resultado dan.  
Se prepara el desayuno en silencio, con cuidado de no despertar a su mujer, coge una pequeña maleta vacía y escribe unas pocas palabras en una cuartilla que deja en la nevera sujeta con un pequeño imán formado por una antigua foto en la que se encuentran ellos dos en la playa besándose sonrientes mientras miran a la cámara. Lo mira unos instantes recordando aquél verano en el que tomaron esa fotografía. El acababa a comenzar a trabajar en la radio como locutor nocturno retransmitiendo los partidos de fútbol y ella se acababa de graduar en psicología, su vida en común comenzaba y estaban pletóricos de felicidad. De eso hacía ya la friolera de doce años y aún se sentían felices de estar juntos.
Echa una última ojeada a su mujer que sigue durmiendo, ahora un poco más relajada, y sale del apartamento. En cuanto el hombre sale a la calle se siente examinado por el grupo de seguidores que pronto repara en la maleta que le acompañaba. El silencio es sepulcral, él se siente vulnerable pero sabe que no puede volverse atrás.
Decidido y con un apasionamiento fingido se dirige a ellos.
-Bien, ha llegado la hora de la despedida, el final de mis vacaciones se a adelantado...
Los abucheos que comienzan a oírse le incitan a comenzar a caminar lentamente, aparentando una tranquilidad de la que carece. Poco a poco sus pasos se dirigen  hacia la estación de autobuses. Los seguidores caminan tras él en silencio. De pronto uno se acerca demasiado, el hombre le mira y reconoce a uno de los que la noche anterior se sublevó, - No puedes irte ahora, nosotros te necesitamos.- le dice. Otros le siguen rápidamente en su gesto e incluso uno de ellos le sujeta del brazo mientras grita - No dejaremos que te marches.-
El hombre en lugar de contestar acelera sus pasos, no le gusta el cariz que está tomando el asunto, siente como un cerco agresivo de manos y brazos se va estrechando a su alrededor. El pánico comienza a apoderarse del hombre. Cierra los ojos y los puños con fuerza, en un gesto de desesperación, y sin mediar palabra comienza a correr.
La estación de autobuses se encuentra cerca, tan sólo a un par de manzanas, pero el hombre llega agotado y sudoroso. Mira hacia atrás esperando que los seguidores hayan cesado en su empeño, pero no es así, se encuentran a pocos metros de él. El hombre posa su vista sobre el que le agarró del brazo y observa sus jadeos, está bastante entrado en kilos y su oronda barriga se balancea hacia arriba y abajo con cada una de sus zancadas, por un momento se siente hipnotizado por el vaivén de esa panza pero pronto vuelve a la realidad y se dirige a la taquilla.
-Necesito un billete para el primer autobús que salga- le dice en un susurro al vendedor de billetes mientras le entrega un billete de cien euros.
-Está a punto de salir uno hacia  Bilbao, pero quizá prefiera decirme el destino donde le interesa ir y le indico el horario.
- Prefiero el que sale primero, tengo prisa por irme.
El vendedor le mira extrañado a través de la ventanilla pero le tiende un billete junto a las vueltas indicándole el lugar exacto donde debe ir. El hombre sube apresuradamente al autobús que arranca en ese momento, ocupa su asiento y desde allí observa como sus seguidores le miran alejarse. Su corazón se acelera ante la alegría de haber conseguido poner fin a ese calvario. Recuesta la cabeza en el respaldo de su asiento y cierra los ojos disfrutando de ese momento.









- Ahora por favor cuénteme detalladamente como sucedieron los hechos que nos ocupan- le dice el inspector de policía que le interroga.
El hombre baja su mirada hacia la mesa en la que apoya sus manos y mira fijamente sus sucias uñas. Se siente agotado. Lleva horas encerrado en ese cuarto, contestando a las preguntas que le formulan sin descanso. Necesita una ducha, daría cualquier cosa por una ducha fresca y ropa limpia, la que lleva huele a sudor. Se pregunta qué estará haciendo su mujer en ese instante y recuerda la nota que la dejó en la nevera.

Disfruta de estos momentos a solas
Voy a despistar a mis seguidores
Volveré pronto, no te preocupes
Te quiero

La imagina en la playa, tumbada al sol, luciendo el precioso bikini que tanto la favorece. Se pregunta si habrá sido capaz de llevar ella sola la tumbona, la sombrilla y la toalla, cómo se las habrá arreglado para darse crema en la espalda, de qué habrá rellenado el sándwich del almuerzo...


Si te persiguen, huye

El viaje en el autobús se hace eterno pero al hombre no le importa. Se siente relajado sabiendo que deja atrás a sus seguidores. Sonríe pensando en la simpleza de su plan, hacer creer a sus seguidores que se iba definitivamente cogiendo un autobús, bajarse en la primera parada y coger otro de vuelta. Lo más simple siempre resulta ser lo mejor, siempre da resultado.
La noche en vela le pasa factura, el monótono sonido del motor entra por sus oídos y pasa a su cerebro haciéndole sentir distendido. Sus ojos se cierran sin que el hombre se dé cuenta de lo que le está pasando. Duerme profundamente mientras el autobús sigue devorando kilómetros y alejándole de la mujer.
Una fina voz le despiertan.
-Mira amatxu, se divisa la torre de Iberdrola así que ya casi hemos llegado a casa -le dice un niño a  su madre.
El hombre mira por la ventanilla, le asombra el verdor de la vegetación a pesar de estar en verano, una fina lluvia cae mansamente y le viene a la cabeza su nombre “txirimiri”. Lo recuerda fácilmente porque un compañero de la emisora lo decía a menudo cuando caía esa lluvia menuda y blanda por la que no merece la pena cubrirse, pero que termina calándote hasta los huesos. “Ya estamos con el dichoso calabobos” decía el hombre sin saber si abrir o no el paraguas, “txirimiri hombre, esto se llama txirimiri” apostillaba su colega saliendo tranquilamente como si fuera inmune a ese agua refrescante.
El autobús se ha adentrado en la ciudad mientras el hombre pasea por sus recuerdos y al momento termina su recorrido con la llegada a la estación. El hombre se apea con las piernas temblorosas por las horas de asiento. Mira desorientado a su alrededor y se da cuenta de que comienza a anochecer. Incrédulo aún por este hecho mira su reloj, las nueve y cinco, ha dormido la friolera de casi doce horas. Se dirige a una de las ventanillas de la estación dispuesto a coger otro autobús de vuelta en ese mismo momento, pero su gozo en un pozo, es pleno mes de agosto y el primer autobús a su destino con billete disponible es dentro de tres días. Nervioso repasa los destinos cercanos al suyo, pero es en vano, todo ocupado hasta esa fecha.
El hombre no puede pensar con claridad, tan sólo percibe un dolor agudo en su vientre, su vejiga va a estallar de un momento a otro. Aliviada ya su más imperiosa necesidad unos rugidos en su estómago le recuerdan que debe alimentarlo, pero eso puede esperar todavía un poco más, lo inmediato es buscar un alojamiento, no puede pasar tres días a la intemperie en la estación.
Desesperado se percata de que no será fácil encontrar un lugar donde hospedarse, todo está completo. Le indican que en el Domine acaban de anular una reserva, el precio le parece prohibitivo pero no tiene otra opción. Cuando entra por la puerta la cabeza le comienza a girar como si tuviera vida propia, nunca había pensado alojarse en un hotel de esta categoría. Todo es majestuoso a sus ojos. La habitación es casi tan grande como todo su apartamento de verano, decorada en tonos tierra invita al descanso y una pared de cristal le muestra una amplia bañera y un baño de auténtico lujo con todos los utensilios necesarios para su aseo. Cargado con su maleta vacía se arrepiente de no haber metido al menos una muda, ahora deberá comprar una nueva el día siguiente.
Sentado en la cama llama a la mujer que a estas horas ya da vueltas nerviosa por el apartamento esperando su regreso. La tranquiliza contándole su peripecia sin ahondar mucho en los detalles, decide que ya tendrá tiempo de explicarle los gastos extras de su tarjeta de crédito cuando estén juntos. Intenta sonreír cuando ella le describe el tranquilo día de playa que ha disfrutado, el hombre le indica el día de su vuelta y se despide con premura, en ese momento todos los gastos cuentan.
El hombre decide bajar a la cafetería, un café con leche y un pequeño tentempié son suficientes para amortiguar el sonido cada vez mayor de su estómago. Elige una mesa junto a la ventana y mientras da buena cuenta de su pedido observa el paisaje urbano. Es en ese momento cuando sus ojos se posan por primera vez en el innovador edificio que se alza ante él y que difiere de todo lo visto anteriormente, las formas curvilíneas y retorcidas, recubiertas de piedra caliza, cortinas de cristal y planchas de titanio le atrapan al momento. “El Guggemheim” susurra para si mismo. Necesita acercarse a verlo imperiosamente, y hacia allí dirige sus pasos sin ser apenas consciente de ello.
Frente a él se encuentra un enorme perro haciendo guardia frente a las puertas del museo, es majestuoso, su cuerpo cubierto de flores le llena de admiración y le coloca en un estado cercano a la euforia. Camina despacio junto al museo llenando sus ojos de aristas y sinuosas curvas que se abren hacia el exterior o se adentran desde fuera. Su mirada no descansa, el reflejo del agua de la ría, la amplia gama de colores que ofrece la luz nocturna sobre las láminas de titanio, las escalinatas, el aspecto curvilíneo del edificio le hechizan sin remedio. En ese momento una araña aparece frente al hombre y camina bajo el gigantesco cuerpo del arácnido rozando con sus dedos cada una de sus patas de bronce, es “Mamá”, recuerda haber leído sobre ella, pero jamás imaginó que fuera tan espectacular.
Pasa gran parte de la noche recorriendo el paseo de Ibandoibarra, se asombra con el exquisito diseño de sus jardines, con la belleza de la ría, con la espectacular torre de Iberdrola iluminada en la noche.... Recorre cada uno de los puentes paseando indistintamente por ambas partes de la ría y el amanecer le sorprende en el Casco Viejo. Sin dudar un momento se adentra en una cafetería para degustar un chocolate con churros que le reconforta de la larga caminata, pero pronto necesita volver a sentir las intensas emociones que le produce la ciudad. Camina hasta el agotamiento perdiéndose entre las calles, disfrutando de nuevas sensaciones que producen la enajenación de su ánimo, de la sensación de embriaguez  que recorre su cuerpo ante la exhibición de tanta variedad.


El inspector de policía le mira fijamente mientras le dice que debe confiar en él que tan sólo intenta ayudarle, pero el hombre siempre ha pensado que cuando alguien dice que confíes en él es porque realmente no tiene fiabilidad.
El hombre le observa un momento y mira sus ojos, son del color del acero en una noche sin luces, fríos y oscuros, su gran cuerpo parece estar hecho de ese mismo material a juzgar por como la opresión de su camisa muestra cada uno de sus marcados músculos.
La mirada dura del policía indica al hombre que está en lo cierto, no debe confiar en él, el tono amigable con el ha pronunciado las palabras desentona profundamente con su lenguaje corporal. Con la mirada perdida en esa gran mano apoyada aún en la pequeña grabadora que hace su función sin descanso decide que no hablará. Está seguro de que el policía no le creerá, no será capaz de entender la angustia vivida, ni la sensación de impotencia que ha recorrido su cuerpo esos últimos días.
El hombre lentamente se va sumiendo en un profundo ostracismo.

Si te acorralan, mata

Cuando el hombre vuelve a su habitación las sombras comienzan a oscurecer la ciudad. Su cuerpo está agotado como nunca antes, se recuesta sobre la colcha de su cama sin entretenerse en quitarse su ahora ya maloliente ropa, cierra sus ojos y en su mente bullen sin cesar imágenes de lo vivido en los últimos días como diapositivas desordenadas.
De repente sus ojos se abren y su cuerpo alza como en un resorte. La noche está ya avanzada pero un nudo en la garganta le impide respirar con normalidad, siente que su garganta se cierra, de repente el miedo que le atenaza se convierte en otra cosa y se siente invadido por una sensación diferente que se extiende por todo su cuerpo, pánico, jamás había experimentado algo así y no le gusta.
Se levanta sigilosamente y no puede evitar echar una ojeada a través de la mirilla de la puerta, una sensación de angustia le comienza a invadir de repente, no sabe a que puede deberse, pero siente un peligro inminente, como si un sexto sentido le avisara de que su vida corría peligro.
El hombre acomoda su ojo al pequeño círculo de cristal incrustado en la puerta que le muestra el rellano del pasillo de su hotel cuando ve asomarse, a un hombre de mediana edad, grueso y no demasiado alto, le observa rápidamente y su piel comienza a erizarse; es uno de sus seguidores, sin lugar a dudas, viste un pantalón vaquero, una camiseta blanca y deportivas del mismo color, impolutas, una visera blanca le cubre la cabeza y hace sombra a su cara. Le acompañan dos hombres algo más jóvenes y bastante más altos, también con camisetas y viseras blancas, ellos no llevan visera pero sí unas gafas de sol que ocultan sus ojos y que están fuera de lugar dentro del hotel.
La sensación de pánico le retuerce el estómago y crece hasta convertirse en terror, el hombre corre en silencio el pasador de su puerta mientras piensa que seguramente no servirá de nada, seguro de que con un empujón serán capaces de abrirla. Intenta coger sus llaves y darle vueltas a la cerradura para ganar tiempo y poder llamar a la policía, pero no puede, el pánico se ha apoderado por completo de su cuerpo y hace que le sea  imposible mover uno sólo de sus músculos, se siente agarrotado y su cabeza no para de dar vueltas buscando una razón que la haga comprender el porqué de ese ataque.
Los tres hombres pasan delante de su puerta y se colocan a la derecha por lo que desaparecen del limitado campo visual que le muestra su mirilla. El hombre está aterrado,  los imagina sacando sus armas, agazapados junto a la puerta a la espera de la orden que la derribaría y entonces acabarían con su vida, mañana sería portada en la prensa local y nadie ni siquiera el sabría por qué había sucedido.
El pecho le duele de soportar los fuertes latidos de su corazón, son tan intensos que puede sentirlos en sus sienes por encima de cualquier otro sonido, cierra los ojos e intenta dejarse llevar por la semiinconsciencia, la oscuridad comienza a envolverle y su cuerpo comienza a entrar en un peligroso estado de relajación.
 Es entonces cuando el instinto de supervivencia del hombre adquiere control total sobre su persona, sus piernas adquieren vida propia y se dirigen sin ruido hacia la mesa escritorio de su habitación, los dedos de su mano derecha rozan los folios y el bolígrafo que se encuentran sobre ella, pero lo que agarran con fuerza es el abrecartas nacarado que descansa sobre una bandeja de plata.
Sigilosamente se acerca de nuevo a la puerta, la abre con un rápido movimiento y sin pensarlo se abalanza sobre los tres hombres que en ese momento se disponen a entrar en la habitación contigua.


  

A través de la puerta entreabierta el hombre intenta escuchar la conversación que mantiene el inspector de policía al teléfono, no sabe exactamente quien es el interlocutor que se encuentra al otro lado de la línea telefónica, pero pone los cinco sentidos para no perderse ni una sola de las palabras que salen de su boca.
- No he sido capaz de sacarle ni una sola palabra –dice el inspector- su mirada está completamente ausente y da la impresión de no tener ni idea de donde está ni por qué  motivo. Realmente creo que necesita una evaluación psiquiátrica, no sé si será enajenación mental transitoria o permanente, pero está claro que ese hombre necesita ayuda. Desde ahora queda activado el protocolo para su ingreso en un hospital psiquiátrico, el médico deberá decidir y emitir su informe al juez.


El hombre escucha atentamente la palabras amortiguadas por la distancia y una imperceptible sonrisa se instala en sus labios. Al fin y al cabo no había sido tan difícil. Ahora sin lugar a dudas la película que había doblado sería infinitamente más vista y sus ganancias subirían como la espuma. Había sido intransigente a la hora de firmar el contrato, lo haría únicamente a cambio de un elevado porcentaje en la participación de beneficios. Y la recompensa estaba allí, al alcance de su mano. Tan sólo a un examen médico del que no tenía ninguna duda de que saldría airoso.








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