miércoles, 9 de mayo de 2012

IV CERTAMEN BIZKAIDATZ




Este certamen consiste en continuar la historia propuesta e iniciada por los autores.



La Diosa

Alex Oviedo


—Diez euros —me dijo la Diosa después de teclear compulsivamente sobre la pantalla de su ordenador.
La miré con sorpresa. Creo incluso que debió de extrañarle el arqueo de mis cejas o la redondez de mis ojos, convertidos ya para entonces en dos enormes planetas con forma de interrogación.
—¿Diez? —pregunté para que me confirmara si era verdad lo que había oído.
Asintió con un movimiento de cabeza que me disgustó, uno de esos gestos que se hacen cuando uno se cree por encima del Bien y del Mal.
—¿Por un pincho de tortilla, un café con leche en vaso y un zumo de naranja? —insistí.
Sus labios esbozaron un gesto de desagrado que no me pasó desapercibido. Es lo que tienen las personas acostumbradas a salirse con la suya, que se les estropea el rostro si les dicen que no. En ocasiones yo también experimentaba semejantes emociones, consiguiendo que mi cara se llenase de muecas como las de un Joker cualquiera.
Diez euros, murmuré al tiempo que pintaba la mejor de mis sonrisas en un intento de descolocarla. Imaginé mentalmente el proceso:
El café, traído del Zaire por porteadores congoleños, que hicieron todo el recorrido a lomos de mulas cojas.
La leche, procedente de vacas alimentadas en una campiña neozelandesa y ordeñadas por manos de seda al ritmo de la Pastoral de Beethoven. Al menos la tardanza en servírmelo así lo explicaría. La unión de café y leche no había conseguido que el resultado fuese de mi agrado, pero no todas las mañanas uno puede levantarse con el pie derecho.
El zumo, quién sabe, dos o a lo sumo tres naranjas levantinas, exprimidas manualmente gracias al Juicy Salif de Philippe Starck, diseñador de moda en la ciudad desde la remodelación de La Alhóndiga. Quizás en su edición conmemorativa en oro, me dije. Pero el pincho…; el pincho había sido de vulgar tortilla de patatas: aceite, huevos, una pizca de sal, y alguna que otra patata espolvoreada sobre un batido en barbecho. Poco más. Ni siquiera cebolla o el leve aroma de un pimiento rojo. Puede que el huevo tampoco fuese tal, teniendo en cuenta lo fácil que era dejarse engañar por los sucedáneos. O se tratase de gallinas con lábel, criadas entre algodones y alimentadas con los mejores productos del país… Y al pensar esto último dejé que la mirada reptase por encima de la barra para buscar otra explicación válida. No, tampoco el local me indicaba lo excesivo del cobro. Por mucho que fuese uno de esos bares de los que se habían puesto de moda, con un toque de modernidad en el que se mezclaba lo minimalista y lo kitsch, con grandes espacios vacíos, lamparitas diminutas que apenas iluminaban —“para esconder, más que para mostrar”, en palabras de mi abuelo— y butacones algo barrocos que hubieran estado de actualidad en la mansión de la familia Monster. Pero ahí acababa toda su originalidad.
No, no había razones para aquel exceso. Aunque, bien mirado, me dije luego para autoengañarme con una excusa, las camareras eran de llamar la atención. Mujeres de juventud indefinida, de belleza casi élfica, vestidas con faldas muy cortas y tacones de vértigo. Un auténtico placer para la vista, sin duda; y por lo que veía un agujero para cualquier bolsillo.
—Diez euros —volví a repetir, dejando esta vez que mis dos palabras se envolvieran de asombro. Esto me pasa por gilipollas, dejé caer luego a modo de susurro interior, y por dejarme llevar por el sinsentido de mi fetichismo. Un stiletto effect al que me había acostumbrado pero que me seguía jugando malas pasadas. Porque yo estaba en el bar aquel por dos razones:
La primera —que no la más importante—, porque a través de sus ventanales podía verse el portal del edificio donde vivía el tipo al que estaba vigilando.
La segunda —fundamental para que yo mismo me llamase estúpido—, porque al mirar hacia su interior había visto las piernas de la Diosa. Dos capiteles griegos que hicieron de imán, largos como una noche de insomnio; un cuerpo con más eses que el Tourmalet, y unos pechos altivos y peligrosos, en los que cualquier energúmeno se hubiera dejado atrapar. Y yo era ese energúmeno, era hora ya de admitirlo.
Por si esto fuera poco, descubrí al pedirle mi consumición que sus ojos eran dos fondos marinos silueteados por algas negras. Y su melena, una cascada de tonos morados que intentaba escapar como un potro salvaje del arnés de su coleta. Una imagen que por segundos me hizo olvidar la verdadera razón de mi estancia allí: tenía un caso que podía brindarme algunos segundos de lucidez. De prestigio. O para decirlo de forma directa: se trataba del CASO.
Porque hasta entonces mi trabajo sólo me había dado para seguir a esposas sospechosas de tener un lío o a maridos díscolos con los que incluso había llegado a compartir alojamiento en algún hostal que vendía carne femenina a precios de saldo. Tal vez algún que otro caso un pelín más interesante, pero que no acababa de darme el reconocimiento que yo deseaba. El reconocimiento que la agencia buscaba para llegar a lo más alto, y para convencerme a mí mismo que todo lo que había hecho hasta entonces merecía verdaderamente la pena.
Yo —no podía negarlo a estas alturas—, era un tipo sin demasiadas aptitudes. Con una licenciatura, eso sí, e incluso con muchas lecturas, pero eso tampoco me servía para ir alardeando por ahí. En un mundo como el de hoy, conservar una cultura superior a la media —e insistir en ello— sólo servía para que a uno le mirasen con extrañeza cuando hablaba. Y más si en la conversación surgían cuestiones relacionadas con mis peculiaridades: el no tener televisor, por ejemplo. Porque había decidido que este era un electrodoméstico que no ocuparía espacio alguno en mi casa. Un elemento innecesario y molesto, cuya ausencia me brindaba tiempo para otros menesteres. Entre ellos, mi adoctrinamiento cultural. Pero por no tener, no tenía ni un trabajo “serio”, que diría mi abuelo, ni podía decir que me ganara el pan de forma honrada. O al menos como a él le habría gustado. “Con el sudor de tu frente”, en una de esas frases repetidas en la familia.
Por mucho que hubiera días que sudaba más que un peón de la construcción, lo mío había sido sólo un golpe de la diosa Fortuna. Tras varios años trampeando a base de becas y subvenciones de todo tipo —descubrí enseguida que en este país uno podía vivir del Gobierno sólo con echarle un poco de morro—, mi carrera había tomado el rumbo insospechado que otorga el dinero. Y la suerte.
Hasta entonces yo no sabía que los premios de las Loterías del Estado eran de verdad. Pensaba que eran otra de esas quimeras en las que todo el mundo sueña; no conocía a muchos afortunados —de hecho, no conocía a ninguno— a quienes les hubiese jubilado el Gordo, por lo que mi mente imaginaba que las Loterías, Lotos y demás monsergas eran tan sólo un camelo para mantenernos abducidos con la posibilidad del premio; que incluso habían ideado una forma de imantar las bolas del bombo para que sólo salieran unas combinaciones predeterminadas, aquellas que se repitieran muchas veces en un intento de que el premio fuese lo más repartido posible, en un caso, o que coincidiese con los números del hermano del primo del Jefe del Departamento de Juegos de Azar. Al estar todo informatizado era posible cualquier artimaña.
Pero no era así. O al menos no lo había sido conmigo. Lo atestiguaba aquella serie bendecida por la casualidad: 2-8-15-24-36-49. La pareja perfecta, la cifra más chula, la niña bonita, las horas del día, el número atómico del kriptón y el cuadrado de los acompañantes de Blancanieves.
Una combinación preciosa que me llevó al altar de los millonarios.
Único acertante, un boleto a buen recaudo en el banco y una “cantidad indecente” de dinero para gastar, la misma que Richard Gere decía que iba a invertir en vestir a su Pretty Woman. Mi vida había cambiado para siempre.
Por mucho que me hubiese dicho a mí mismo que no iba a ser así.
Sabía sin embargo que lo mejor que se puede hacer con el dinero es no dar la impresión de que se tiene. Fue otra de las enseñanzas de mi abuelo, muy dado a las sentencias universitarias. Quizás porque nosotros siempre habíamos tenido suficiente y la máxima consistía en no aparentar, no significarse, no mostrar a los demás los bienes de los que disfrutábamos, bienes que finalmente habíamos acabado fundiendo en cualquier acería: malas inversiones, gastos superfluos, terrenos pésimamente vendidos…, pero sobre todo esa creencia de que la vida cuesta menos de lo que realmente vale. O que el dinero es como el maná y cae del cielo: otra frase familiar a la que no habíamos sido muy receptivos.
Suele decirse que el patrimonio que hace un padre, lo gastan sus hijos y lo pierden sus nietos. En nuestro caso ni siquiera habíamos llegado tan lejos. Precisamente por eso sabía que lo peor de tener pasta es que uno puede acabar
gastándosela: cuando se acostumbra a la buena vida no hay Dios que le haga bajar del carro.
Pero como también apunta el dicho: “Dinero llama a dinero”, y tal vez por eso otros dioses menos importantes pero igual de sabios habían decidido acariciarnos de nuevo con su bendición.
Sin problemas económicos que me asfixiasen y con mucho tiempo libre para malgastar, decidí que era esto último lo que no debía hacer. También tenía claro que no iba a estar atado a ningún horario laboral ni a ningún jefe que alterara mi nervio templado. Ya había pasado por trabajos de saldo con jefes vestidos de mediocridad, de rostros cetrinos y mandíbulas caídas, y no estaba dispuesto a repetir semejantes tragos. Si te pasas la vida bebiendo alcohol de alambique y te sirven de pronto Macallan de treinta años ya no quieres volver nunca más al primero.
¿Por qué entonces montar una agencia de investigación? De detectives, en plan Mike Hammer, Sam Spade o Philip Marlowe, recurriendo a personajes con cuyas aventuras literarias —y cinematográficas— había disfrutado.
Quizás para darle a mi vida esa pátina de seriedad en la que había sido educado. O porque mi inmadurez hacía que me metiera en historias sin tener muy claro el motivo. Y me resultaba atractivo jugar a detectives, convertirme en uno de ellos, ser yo también un personaje.
Lo que me parecía obvio es que uno puede dedicarse a las cosas por hobby o por verdadera inquietud profesional; pero en ambos casos tiene que hacerlo con implicación personal para no caer en la dejadez. Yo sabía que todo me acababa provocando bostezos y que, sin necesidad de dinero, cualquier pasatiempo en el que me volcase podía terminar en un contenedor de basura. Con dinero y sin obligaciones acabaría convirtiéndome en uno de esos rentistas que se aburren pasando los inviernos en playas del sureste de España o viajando en cruceros organizados por la costa del Adriático. Si invertía mi tiempo en estudios y parte de mi dinero en las infraestructuras necesarias tendría entonces una excusa verosímil para no abandonar el barco. Como una vulgar rata.
Un curso a distancia me permitió acceder a la diplomatura que dotara de legalidad a mi empresa. O lo que es lo mismo: para que nadie pudiera acusarme de advenedizo. El resto fue fácil: no tenía antecedentes penales ni otras razones peregrinas para que el Ministerio no me expidiera la autorización pertinente. De ahí que en poco tiempo pude enmarcar —con toda la parafernalia que requieren estos símbolos— la licencia para ejercer como detective privado.
Nacía así AIK, un acrónimo sencillo de Agencia de Investigación Kortazar.
Con esa idea en mente, me volqué en envolver la empresa de cierta categoría, mostrar desde el principio que no me dedicaba a aquello por capricho. Que sabía en lo que me estaba metiendo, por decirlo así. Compré un pequeño apartamento en el centro de Bilbao —teniendo en cuenta a cómo estaba el metro cuadrado, referí ir sobre seguro y tirar por lo pequeño—, en el que pudiera avanzar en mi soltería, y al que dedicar dos de sus espacios a un despacho y a una minúscula recepción. Reservados ambos cuartos para AIK, inserté en la prensa un anuncio para contratar a quien debía convertirse en imagen de la agencia.
Tras varias entrevistas anodinas, Helena acabó siendo la elegida. Podía haber sido cualquier otra, pero la joven tenía dos razones en las que enseguida centré mi atención. Y no precisamente en las que cualquier insustancial como yo se hubiera fijado. La primera su nombre, que recuperaba el de aquella mujer por cuya belleza se había organizado una de las guerras más importantes de la Historia Antigua. La segunda su metro ochenta de cuerpo serrano, una mirada que provocaba explosiones en mi interior y una sonrisa de nácar que también hubiera desembocado en una batalla. Lástima que la fugacidad de estos tiempos no den para conflictos pasionales tan intensos como los de antaño.
Para ser serios diré que existía además una tercera razón: aunque de apariencia tímida, Helena era capaz de expresar sin rubor lo que pensaba. Una contradicción aparente que desde el principio me atrajo. De alguna forma ella entendió perfectamente que AIK no era para mí un entretenimiento, y que iba a dar lo que fuese porque la agencia despegase sin complicaciones. Y que necesitaba a una persona con idéntica fe.
Con todas estas cualidades en su haber, y un currículo que encesté en la papelera en cuanto la vi —que me mostró la trivialidad de muchas de las selecciones de candidatos y la buena puntería que conservaba tras años de abstinencia deportiva—, Helena entró a trabajar para mí. Ni siquiera hubo discusiones sobre su salario. Simplemente le pregunté: “qué quieres cobrar”. Ella me lo dijo y yo acepté. Por algo había nacido en pleno centro de Bilbao.
Los primeros meses de trabajo, sin embargo, me mostraron que quizás yo era más del extrarradio. Sin una gran promoción, los clientes brillaron por su ausencia por mucho que Helena hubiera redactado varios cuidados informes con las bondades de nuestro trabajo. Teníamos que hacer ver a los posibles clientes que nuestra agencia podía serles de utilidad si desconfiaban de un empleado —había muchos casos de absentismo laboral, por ejemplo, como no tardamos en averiguar—, o incluso a la hora de analizar los riesgos de una determinada operación financiera.
Yo tenía contactos y, como la profesora de primero de carrera se encargó de repetir a todo aquel conjunto de bocas abiertas que formábamos su clase, una agenda en la que apuntaba teléfonos, personas de contacto y el motivo de mi relación con ellas. Un vergel de posibilidades que no tardé en descubrir. Pero mis habilidades sociales brillaban por su ausencia. Entendámonos, se me daba bien conocer gente, incluso en ocasiones llegaba a caer simpático —sobre todo si la conversación tenía lugar con la distancia que me brindaba el teléfono—, pero en seguida quedaba claro que mis relaciones tendían siempre hacia el interés. Un aspecto de mi personalidad que intentaba mejorar sin remedio. Y que Helena fue moldeando a partir de enseñanzas de esmerado protocolo.
Varias llamadas oportunas sirvieron para darnos a conocer como agencia, para que supieran que podían confiar en nosotros y para que se dieran cuenta de que éramos una empresa seria. Muy profesional, decía yo irónicamente recordando a un personaje de aquella película de Juanma Bajo Ulloa. En el fondo, pensaba, lo importante era lograr que quienes nos contratasen se sintieran seguros. Con una discreción a prueba de balas, apuntaba Helena, muy seria.
Los clientes entonces no tardaron en llegar. Al principio con peticiones tan triviales como descubrir el nombre de la parienta con la que se acostaba el marido de la directora de una empresa de cosméticos; luego pequeñas joyas como la de aquel empresario baracaldés que quería averiguar dónde había ido a parar su rarísima colección de sellos chinos, que había acabado vendiendo un hijo díscolo para pagarse un fin de semana de desenfreno.
Sin olvidar la de aquel empleado, de baja tras haberse roto una pierna subiendo unas escaleras, al que descubrimos a ritmo de salsa en una discoteca de la costa gallega. Sin escayola y con un movimiento en el cuerpo que ya le hubiese gustado a John Travolta. En Fiebre del sábado noche o en Pulp Fiction. O en ambas a la vez. Días después el empleado de marras apareció de nuevo en la puerta de su empresa a entregar el justificante de baja, arrastrando su recién colocada prótesis de yeso, sin percatarse, además, de que había confundido la pierna en la que portaba la escayola.
Aunque para entonces su mesa la ocupaba otra persona y a él le esperaba un sobre con un montón de fotografías y una carta de despido.
Mis primeros trabajos me hicieron comprender —y tampoco hacía falta ser Sherlock Holmes para atar todos los cabos— que cualquiera de nosotros escondemos en nuestras vidas más secretos que la CIA en el asesinato de JFK. Y que Bilbao, como toda ciudad que se preciase, encerraba ocultos misterios, luces envueltas en sombras y a personajes cuya vida preferían mantener encerrada en un armario. Y que si jugaba bien mis cartas podía lograr que los rincones de la agencia no se cubrieran de telarañas. No podía permitírmelo. Estaba en juego mi orgullo. Y quizás algo mucho más importante: la sonrisa de Helena.
Mi abuelo siempre me mostró un cartel con la misma advertencia: no te metas en líos. Y he de decir que no creo que le hiciera nunca demasiado caso. Pero admito que yo era bastante dado a observar los toros desde la barrera. Incluso en mi nueva faceta laboral me mantenía a distancia: colocando escuchas o diminutas cámaras de vigilancia en el despacho de un empleado sospechoso de pasarse su jornada trasteando en internet; o retratando con mi Cannon al marido que se pasaba toda la semana de viaje de negocios. Y del que su esposa sospechaba. Como aquel hombre que hacía apenas unas semanas, y en un restaurante asiático —de esos locales de exotismo envuelto en papel de regalo—, cogía un bocado de sashimi con los palillos y se lo ofrecía a su secretaria. Tanta deleitación me había revuelto el estómago: no soy dado al pescado crudo ni a las muestras de exhibicionismo. Aunque para mi trabajo fotográfico, y para mi clienta —la señora Gandarias, una mujer de ésas que parece levantarse de la cama como recién salida de la peluquería—, tanta ostentación era un paraíso. La secretaria resultaba además ciertamente fotogénica, de portada de las mejores revistas de moda. Mostraba sin pudor su cuerpo de gimnasio: piernas morenas de solarium, nalgas prietas recogidas en faldas muy cortas, camisas ajustadas, de blanco espacial, con los botones convenientemente desabrochados para que se perfile el principio de unos pechos saltarines dentro de un sostén caro de escasa tela. A todo esto había que añadir unos andares de gacela elevada sobre unos zapatos de Gucci. Imágenes, en cualquier caso, que hicieron que la señora Gandarias nos recompensara con generosidad, como veríamos más tarde.
Había tenido encargos como aquellos, en los que nos limitábamos a perseguir al marido infiel. Al marido tonto incapaz de controlar sus impulsos. Una persecución que no siempre era tarea sencilla. Porque como agencia, por mucho que nos la diésemos de saber más que nadie y por mucho que Helena se encargase a diario de decir lo buenos que éramos, estábamos más verdes que el campo de Saint Andrews. Teníamos todos los componentes de La Tienda del Espía, nos habíamos suscrito a revistas especializadas, poníamos esfuerzo, interés y tesón. Pero nos faltaba práctica.
Y comentaba lo de mi abuelo porque en alguno de los casos había estado a punto de ser descubierto. Quizás porque el disimulo no es un arte accesible a cualquiera. Por mucho que se vista de negro, se haga el despistado, o mantenga una distancia prudencial con el perseguido. Ya sea en coche o en una calle atestada de gente. Complicaciones sin excesiva importancia que evidenciaban nuestra bisoñez.
Fue entonces cuando la señora Gandarias nos propuso el CASO. Y por eso mismo yo estaba mirando a los ojos de la Diosa. Carraspeé.      
—¿Diez euros?
Ella volvió a asentir, aunque en esta ocasión sus ojos ejecutaron una mueca más amable, del tipo ‘sí, lo sé, es un atraco, ¿pero no crees que la oportunidad de mirarme como lo has hecho no lo vale?’. Admití que visto desde esta perspectiva el desayuno resultaba barato. Casi una ganga. No me demoré más y le solté un billete de veinte. 




MI APORTACIÓN


LA DIOSA... de papel cuché



Pensé en levantarme raudo y asomarme a la puerta para intentar localizar al culpable de que aquel pobre desgraciado yaciera en el suelo sobre un charco rojo brillante, era mi obligación como propietario de una diplomatura en labores de investigación. Pero intuyendo que allí afuera se escondía el peligro seguí  agazapado en aquel sofá como un pobre animalillo que sólo piensa en su supervivencia, al margen del código moral profesional que me debería asistir, pero que en mi caso y en ese momento, era muy endeble.
Intenté mover mis piernas y comprendí que me encontraba totalmente paralizado, parecía que mi acojonado cerebro se negaba a trabajar y dar las órdenes oportunas a mis nervios para que moviesen mis músculos. Oí el fuerte sonido de las sirenas policiales acercándose al bar. Una vendedora de periódicos había telefoneado a la comisaría apenas dos minutos antes, informando de que se acababa de cometer un crimen en un bar frente al kiosco, y poco a poco me fui tranquilizando.
Me sentía raro, como un niño con los zapatos cambiados de pie que se mueve con torpeza por la vida, y entonces me di cuenta de que mi inmovilidad estaba provocada por la diosa. Sus piernas se entrelazaban a las mías de tal forma que aquello parecía una maraña de lana enredada por un gato juguetón, haciendo imposible que uno sólo de mis miembros se moviese, o mejor dicho casi ninguno. Sus brazos aprisionaban mi cuerpo con tal fuerza que temí quedarme fundido junto a ella para siempre, y mi calenturienta mente contemplaba un futuro eterno desembolsando diez euros cada vez que se abriesen mis ojos mañaneros en busca de un café.
Miré a mi alrededor, un par de los escasos clientes que a esas horas nos encontrábamos en el bar observaban como hipnotizados el cuerpo del encargado mientras murmuraban frases inconexas y amargas, otro intentaba avanzar a gatas hacia atrás queriendo escapar de aquel macabro espectáculo y los demás seguían tirados en el suelo escondiendo la cabeza entre sus manos cual avestruces bajo el ala.
La sirena se detuvo frente a la puerta del bar y del coche salieron dos policías con el rostro oculto tras su arma reglamentaria caminando despacio hacia nosotros. El veterano cabo y el joven agente que lo acompañaba observaban el cuerpo sobre un extenso charco de sangre, el primero con cara de fastidio por las horas extras que ya suponía que no tendría más remedio que hacer ese día, y el segundo paralizado y blanco como la cera. En eso estaban cuando apareció el sargento:
- Buenos días, cabo. ¿Qué tenemos?
- Buenos días, don Pablo. El muerto se llamaba Daniel Cifuentes Ramírez, 32 años, encargado del local. A primera vista, parece tratarse de un asesinato. Ya hemos dado parte al juzgado de guardia y el forense está de camino.
- Perfecto, –aprobó el superior con una expresión muy suya. Después, señalando al joven agente, añadió-. ¿Y ése?, ¿qué hace ahí plantado como un pasmarote?
- Nos lo acaban de mandar de la academia señor. Supongo que es la primera vez que ve un fiambre y el pobre está un tanto impresionado.
- Pues adviértale que tenga cuidado, la escena de un crimen no es el lugar ideal para satisfacer las curiosidades de un principiante.
El cabo se acercó rápidamente al joven, que llevaba largo rato paralizado junto al cadáver con la cara descompuesta y la boca del tamaño del túnel de Archanda, y lo amonestó en tono severo:
- Anda Javi, haz el favor de ponerte unos guantes y que no se te ocurra tocar nada de la escena del crimen hasta que llegue el juez. ¡Ah!, y ten mucho cuidado de no vomitar sobre el cuerpo. ¡Es una orden!
El joven miró a su superior con los ojos desorbitados y salió, como alma que lleva el diablo, con dirección al excusado mientras oprimía su abierta boca con ambas manos. Tanta prisa se quiso dar que no vio al cliente que gateando hacia atrás se había aproximado a la puerta del baño y tropezó con él, cayendo cuan largo era sobre las frías baldosas con un sonido sordo y metálico, quiero creer que producido por la hebilla de su cinturón.
El resto de la mañana pasó lentamente. Llegaron más agentes que tomaron declaración primero a la diosa, tan conmocionada por lo sucedido, que apenas fue capaz de articular palabra. El juez ordenó el levantamiento del cadáver y las cámaras comenzaron a aparecer alrededor del cordón policial.
Los clientes fueron declarando según les iban ordenando, al igual que yo nadie había visto nada. Yo fui de los primeros en hacerlo, ventajas de mi condición de trabajador en lucha contra los malvados, y dado que me encontraba en el lugar de los hechos por ese motivo, tuvieron la deferencia de dejarme presenciar las declaraciones de los demás testigos. Así fue como me enteré de cuanto había relatado la mujer del kiosco que estaba frente al bar.
Mi abuelo siempre decía que hay personas que valen más por lo que callan que por lo que hablan, unas porque al hablar ofenden con sus palabras y otras porque cuando hablan no saben lo que dicen. No era éste el caso de la kioskera. Ella era una de esas mujeres anodinas en las que uno nunca se fija a menos que se acerque a por un periódico hasta su puesto, y aún así sólo lo hace el tiempo estrictamente necesario para pagar lo justo y necesario. Pero a pesar de todo parecía una mujer avispada, que desde su ventajosa cristalera había observado todo lo ocurrido sin perder detalle, y así pudo reproducirlo ante la policía aunque con más pelos que señales.
- Apareció por la esquina, -relataba la anodina mujer- era una mujer que llamaba la atención, una mujer de bandera como diría mi difunto que en gloria esté. Seguro que acababa de venir de vacaciones, por su bronceado digo, porque aquí ya se sabe, un día bueno y tres malos, así es imposible tomar el sol en condiciones. Sin embargo iba vestida de oscuro lo que no le resaltaba nada, y además ocultaba su rostro bajo la larga melena negra, hasta la cintura le llegaba, lo que sólo dejaba entrever parte de su barbilla. Recuerdo haber pensado que la pobre a lo mejor estaba desfigurada, o quizá enferma, porque más de cerca se notaba muchísimo que su cabeza estaba cubierta por una peluca de bastante mala calidad. De esas que se venden para los carnavales y que parecen de plástico. Pobrecilla, a lo mejor no tenía dinero para comprarse una con un poco más de calidad. Pero ahora que lo pienso su ropa era buena, y los zapatos eran carísimos sin ninguna duda;  pero ¿quién soy yo para opinar en que se gasta cada uno su dinero?. ¡Vaya usted a saber!, cada uno tiene sus prioridades en esta vida...
- Por favor, cíñase a los hechos –la corto don Pablo sin muchos miramientos pero sí con muchos aspavientos.
- A eso voy, a eso voy, ¡caramba que humores se gasta usted!; y que impaciente es  por lo que veo. A usted le pondría yo en mi puesto del kiosco toda la mañana sin poderse mover de ahí, seguro que no era capaz de aguantar ni dos días –continuó la mujer mientras Pablo (a estas alturas ya habíamos pasado suficientes penurias juntos como para tutearnos), resoplaba cada vez con más fuerza-. Pues a lo que iba, esa mujer caminaba con paso ligero, llevaba sus manos dentro del bolso como si buscase las llaves y pensé que sería alguna vecina de por aquí aunque no la había visto nunca, ¡pero como hoy en día hay tanta venta de pisos!. O también podía ser la de la inmobiliaria que hubiera quedado para enseñar un piso, aunque eso, teniendo en cuenta lo de la peluca me parece más difícil. Como le iba diciendo, al final se detuvo frente a la ventana del bar y observó el interior, como buscando a alguien, su mirada se detuvo en el lado de la barra donde la camarera charlaba animadamente, o por lo menos eso parecía, con este señor que está aquí –dijo señalándome con su índice, seguro que la mujer no había tenido un abuelo como el mío para enseñarla que señalar con el dedo era de mala educación- abrió la puerta y desde el umbral disparó su pistola, justo en el momento en que salía por la puerta el guardaespaldas ese que está ahí en el suelo, porque es un guardaespaldas ¿no?, por lo menos lo parece por su aspecto, aunque con esas chancletas que lleva no se yo si...
La lividez de mi cara, el desencajamiento de mi mandíbula y el estupor que me embargaba no le pasó desapercibido a Pablo, no en vano era el que se encontraba al cargo de la investigación. Preocupado se apresuró a tomarme del brazo y me hizo sentar en una de las sillas que quedaban libres, antes de que mi cabeza girase a tal velocidad que el mareo que ya sentía consiguiese acabar con mis huesos en el suelo, sirviéndome a continuación  un trago que me reanimaría, según su dilatada experiencia. Mientras bebía aquel fuerte lingotazo comencé a ser consciente de que me estaba hablando.
- Pero qué le ha pasado alma de cántaro, parece que al final la situación le está               superando, no imaginaba yo que era usted tan vulnerable.
Mis ojos en ese momento le miraban desorbitados, redondos y saltones como los de un besugo en la fuente del horno al que espera a una familia numerosa para hincarle el diente; y mi capacidad de reacción tampoco era mucho mayor, por lo que el jefe de policía decidió que sería mucho mejor continuar al día siguiente con la conversación. Ordenó que uno de sus agentes me acompañase a casa a la vez que a él le acercaba a una comida de trabajo, de esas que consideraba ineludibles, con algún otro alto mando de los alrededores.
El estrés del día había sido tan intenso que era incapaz de dormir y observaba el techo de mi habitación tan concentradamente que me costó oír el timbre de la puerta, a pesar de lo estridente de su sonido. Me levanté de un salto convencido de que había llegado mi hora final. El purgatorio me abriría sus puertas de par en par, y sabiendo que “es el más bajo, el más sombrío, y el lugar de los cielos más lejano”, como decía Dante en La Divina Comedia, me encontraba literalmente acojonado, y pensando que si salía de esta dejaría la lectura y me compraría una tele que no me dejase ni un momento de ocio, y que escondiese mi cultura superior a la media lejos de mi atormentada mente.
Notando como la sangre me latía violentamente en las sienes, el corazón galopaba desbocado en mi pecho y con sumo sigilo, aunque no hacía falta porque el estridente sonido del timbre era cada vez más seguido (lo que hacía imposible oír cualquier ruido que yo hiciera dentro), me acerqué a la puerta y asomé mi ojo derecho a la mirilla esperando encontrarme frente al de una enorme pistola. Me costó distinguir la figura imponente de Helena que en ese momento, imprimiendo al completo la fuerza de su metro ochenta, aporreaba la puerta con el puño mientras gritaba mi nombre.
Abrí la puerta haciéndola  pasar rápidamente mientras volvía a poner la cadena de seguridad y la abracé compulsivamente apretándome contra su cuerpo, que emanaba un aroma en el que nunca antes había reparado; maravillosa mezcla de flores y especias exóticas, y que perduraría en mí durante mucho tiempo como la fragancia perfecta.
-¿Pero qué es lo que ha pasado? -me preguntó Helena intentando alejarme un poco de ella-. Ha salido en todas las noticias un asesinato en pleno centro y a la agencia no dejan de telefonear periodistas preguntando por tú implicación en él
A regañadientes me separé de su regazo y nos dirigimos al sofá, se sentó en él y entornó las cejas mientras miraba el bóxer de Kalvin Klein que yo lucía como único atuendo y en lo que no había reparado hasta ese momento.
- Perdona un momento que me pongo algo más adecuado -le dije dirigiéndome a mi habitación para vestirme y pensando en mi abuelo, que siempre me decía que era incluso más importante ir bien vestido por dentro que por fuera, ¡por lo que pudiera pasar! (por suerte esa fue una de las pocas lecciones que nunca dejé de tener en cuenta), lo que hizo que ese momento no fuera del todo bochornoso.
Mientras me ponía ropa cómoda y mojaba mi cara para despejarme un poco la puse al corriente de los sucesos del día, omitiendo eso sí, la principal razón por la que entré en ese bar en particular y las virtudes indudables de la diosa. Cuando salí de mi habitación encontré a Helena sirviendo dos infusiones, que diligentemente había preparado mientras yo hablaba y que nos tomamos mientras discutíamos el siguiente paso a dar.
Estaba claro que el asesinato había sido un error, yo era el blanco real y por lo tanto, dado que no tengo enemigos acérrimos, no cabía duda de que el motivo de tal desatino debía ser el caso que teníamos entre manos. El CASO que yo esperaba que me diera la fama necesaria para que la Agencia de Investigación Kortazar pasase a los primeros puestos entre sus congéneres. Más tranquilo y sintiéndome más seguro en los pasos que dar a continuación me despedí de Helena hasta el día siguiente en el que ella vendría a mi casa con más información; yo no podría acercarme por AIK en unos días porque los periodistas habían localizado la agencia rápidamente, y no estaba la cosa para llevar un séquito de admiradores detrás de mi a todas partes.
La mañana siguiente me desperté fresco y descansado, la infusión de Helena me había relajado y había dormido como un bendito, a pesar de todo lo ocurrido el día anterior; estaba descubriendo facetas ocultas de mi secretaria que no me esperaba, pero que sin lugar a dudas me gustaban.
Pasé la mañana pensando en ella, imaginando cada paso que daba en ese día, sin duda los mismos que seguía desde que comenzó a trabajar para mí. Helena siempre era la primera en llegar, saludaba con una sonrisa al portero, charlaba con él un rato y después se dirigía a la agencia. Apoyaba el bolso encima de su mesa, (decía que si lo dejaba en el suelo se le escaparía el dinero), encendía el ordenador y mientras este se ponía en funcionamiento comprobaba si había algún mensaje en el contestador automático. Después comenzaba con el trabajo que yo había apilado en su mesa el día anterior, informes y más informes que ella escribía sin mirar el teclado y sin quitar la vista del papel del que copiaba. Sus dedos corrían mágicamente por las teclas apenas rozándolas con las yemas, por lo que sus uñas largas y bien cuidadas no la molestaban, y sus ojos verdes recorrían el texto a la velocidad que le exigían sus manos. Era eficiente, muy eficiente, y se estaba convirtiendo en imprescindible para mí.
No tardó en llegar con una carpeta bajo el brazo, que me tendió en cuanto abrí la puerta, y que leí rápidamente mientras ella me hacía un resumen.
- La señora Gandarias, Cecilia Gandarias Hernández, era una niña de papá, heredera de una gran empresa. Se casó con un abogado de tres al cuarto Raúl Pérez Guzmán, al que convirtió en un alto ejecutivo para garantizar que cuando su padre no estuviese el dinero podría seguir entrando y saliendo sin ninguna mesura de su cartera -me dijo mientras yo seguía leyendo el extenso informe-. No le importan en absoluto las infidelidades de su marido, la verdad es que no le importa absolutamente nada de lo que tenga que ver con su marido. Pero está realmente preocupada por la marcha de la empresa, ya que últimamente han disminuido considerablemente sus beneficios, y no está dispuesta a arriesgar su altísimo nivel de vida. Su marido le dice que es por la crisis, pero ella sospecha que él está desviando dinero a algún paraíso fiscal para después largarse con su amante. Eso es lo que tenemos que averiguar nosotros.
Decidimos tener una larga charla con la Sra. Gandarias, ella era la única que podía haberse ido de la lengua y contar en qué tipo de investigación estaba metido; en eso estábamos cuando el sonido del himno del Athletic nos interrumpió. Como buen bilbaíno siempre he llevado la música de mi equipo de fútbol en el móvil, aunque no me apasione demasiado ver a hombres hechos y derechos corriendo detrás de un balón, el apoyo a los leones es un sentimiento que se lleva dentro y con el que se nace. Y yo he nacido con él, por algo soy del mismo centro de Bilbao. Quien llamaba era Pablo, el jefe de policía, interesándome por mi estado y citándome en la comisaría una hora después, así que hacia allí dirigí mis pasos diligentemente, después de apuntar su teléfono en la agenda en la que anotaba mis contactos y el motivo de mi relación con ellos, aunque estaba prácticamente seguro que éste no lo olvidaría fácilmente.
El despacho del jefe de policía estaba en la segunda planta de la comisaría y no tenía pérdida, era el más amplio de todos como corresponde a la cabeza pensante del lugar. Su mesa era de madera oscura y se encontraba en la pared más alejada de la puerta, mirando hacia ésta para poder controlar todo. Completaba el mobiliario unos armarios archivadores, su sillón y un par de sillas de apariencia no muy cómoda, posiblemente para que nadie tuviese la tentación de quedarse más tiempo del estrictamente necesario. Su ordenador estaba encendido y como salvapantallas lucía el escudo del cuerpo. Vamos, todo de lo más profesional y diáfano si no fuera por el cuadro a punto de cruz, tamaño xxl, colgado en la pared sobre su cabeza (seguramente regalo de su mujer, porque no imagino otro motivo para mantener tal aberración que intentar evitar malas caras nocturnas en la casa de uno mismo), y en el que se leía en grandes letras verdes “La sociedad es un manicomio y sus guardianes somos los funcionarios de policía” .
Sin muchos preliminares Pablo pasó a explicarme los avances de la investigación, más bien pocos la verdad. Los hechos los conocía perfectamente, no en vano yo mismo era parte implicada en ellos, y el forense todavía no había terminado de realizar la autopsia, aunque mucho dudaba que eso fuera a decir algo que ayudase a la resolución del caso. Que aquel hombre había muerto por el impacto de dos balas era un hecho indiscutible; si tenía el colesterol alto, diabetes o alguna infección la verdad es que me la repanfinflaba; su camiseta ajustada, sus pantalones caídos y sus chancletas de playa tampoco dirían nada especia aparte de su mal gusto para la vestimenta; incluso el hecho probado científicamente de que fuera consumidor habitual de esteroides como sospechaba, lo único que indicaría es que como yo pensé desde el primer momento , el tipo en cuestión era tonto del culo.
Sus investigaciones preliminares daban por hecho que había sido un ajuste de cuentas por asuntos de drogas o quizá por algún triángulo amoroso aún por determinar. Por supuesto después de esto intentó sonsacarme información sobre mi CASO pero, amparándome en el secreto profesional, mis labios permanecieron sellados mientras en mi cabeza los interrogantes se mantenían.
Lo único que saqué en claro de aquella entrevista fue que la pistola con la que habían matado a aquel pobre desgraciado era semi-automática, una beretta 9000s del calibre 40, y que era de uso muy común entre los civiles para autodefensa. Ese hecho  me chocó bastante porque hasta ahora, y que yo sepa, jamás he conocido a nadie que tenga una pistola para defenderse no sé muy bien de qué, aunque, también sea dicho de paso, no conocía a mucha gente tan íntimamente como para saber si tenía una pistola en su casa. Pero sólo el hecho de pensar que corrían sin control por ahí esos artilugios que carga el diablo me puso los pelos de punta.
De vuelta a mi apartamento admiré una vez más la eficacia de mi secretaria pues la Sra. Gandarias ya se encontraba allí y el interrogatorio había comenzado sin mí.
- Quizá a algún familiar, o a alguna amiga, le ha insinuado algo acerca del trabajo que nos ha encomendado -decía Helena en ese momento-, a veces sin darnos cuenta damos más información de la que en realidad queremos, piénselo por favor.
- No, no, ya se lo he dicho, imposible del todo, este es un trabajo que me interesa mucho mantener en secreto, ¡mi futuro depende de ello!.
Ante la claridad de sus ideas no tuvimos más remedio que creerla, así que la única opción que nos quedaba era que nuestra investigación no debía ir por buen camino hasta ahora. Si ella no había dicho nada era del todo imposible que alguien quisiese acabar con mi vida, por lo que tan sólo quedaba una única opción que hasta entonces ni siquiera se me había pasado por la mente. ¡La verdadera destinataria de aquellas balas era la diosa!. Tal idea se negaba a tomar forma en mi cabeza, se me ocurrían cientos de cosas que hacer con aquella virtuosa mujer, pero meterle dos tiros entre sus altivos y generosos pechos sería lo último que haría yo en un cuerpo serrano como ese.
No me iba a costar mucho dar con ella, cuando el jefe de policía le tomó los datos, durante su declaración, escuché claramente su dirección. Me dirigí hasta su casa sin perder más tiempo por lo que en escasos quince minutos ya había cruzado el puente del Arenal y me encontraba llamando a la puerta de uno de los edificios más antiguos y con más solera de la  ciudad, que entre andamios y aperos de albañilería, intentaba disimular su avanzada edad cual mujer mediante un  lifting rejuvenecedor y tonificante. Mientras la Diosa, sorprendida por mi inesperada visita, me invitaba a pasar a un pequeño salón surtido escasamente de muebles suecos, anunciados en grandes catálogos a precios asequibles, y en el que incluso un profano en materia de decoración como yo reconoció los principios de la decoración Zen, (tan de moda actualmente para crear ambientes antiestrés y la mejora del estado de ánimo de los inquilinos mediante espacios diáfanos y sencillos elementos decorativos). Después de preocuparme por su estado de ánimo, más que nada como forma de romper el hielo porque a mí lo que me atraía de ella era más su estado físico que el psíquico, y sin que se lo esperase en absoluto, pasé a soltarle a bocajarro la pregunta del millón.
- ¿Quién era la persona que intentó matarte?, tu sabes perfectamente quién ha disparado y porqué, así que espero que me digas la verdad sin hacerte de rogar.
La cara de Zaida era todo un poema, sorprendida por tan inesperada pregunta sus gestos oscilaban entre la sorpresa de verse descubierta y la angustia de que no saber exactamente quién era yo, además de un cliente al que le costaba sacar la gallina del bolsillo.
- No sé a que te refieres, yo no se nada de los líos en los que estaba envuelto Daniel. Únicamente era mi jefe. Ni siquiera nos llevábamos bien. Además, ya respondí a todas las preguntas que me hicieron tus compañeros.
- Imagino que te refieres a la policía y yo no lo soy- le dije rudamente-, así que no son mis compañeros.
-Estabas con ellos cuando nos tomaban declaración a todos, así que no hace falta que sigas disimulando –contestó Zaida- a alguien que no perteneciese a su cuerpo no le hubieran dejado estar presente.
- Te equivocas de pleno, te aseguro que no lo soy –intenté usar un tono más amable para ganarme su confianza-. Sólo soy un detective privado que se encontraba allí por casualidad, o mejor dicho por causalidad de su trabajo. Tuvieron la deferencia de dejarme oír las declaraciones para después intentar sonsacarme algo del caso que estoy investigando, y que no tiene nada que ver eso.  
- Entonces ¿por qué te interesas tanto por ello?.
- Porque estuvieron a punto de matarme. Un pequeño desvío en la trayectoria de esa bala y hoy sería yo el que estaría acostado en una fría mesa de metal, bajo un potente foco y con el pecho abierto de par en par, enseñando mis entrañas a un desconocido que las partiría en pequeños trocitos antes de analizarlas.
- Por esa regla de tres también podían haberme dado a mí.
- Tengo más que sospechas fundadas de que era esa la intención del que apretó el gatillo. Lo que para mí está muy claro es que ese pobre desgraciado que tenias por jefe no era el destinatario del regalito que recibió, y teniendo en cuenta que yo tampoco lo era, no quedan muchas más probabilidades ¿no crees?
Zaida se puso a llorar desconsoladamente, lo que aproveché para sentarme más cerca de ella y pasarle mi brazo alrededor, ofreciéndole mi hombro como paño de sus lágrimas.
- No te preocupes, cualquier cosa que me cuentes estará a salvo conmigo –le dije mientras con mi mano acariciaba su espalda lentamente, y aprovechando que ella tenía su cara ocupada tatuando la pechera de mi camisa, observé detenidamente cada detalle de la estancia. Presté especial atención al teléfono inalámbrico que se encontraba junto a un álbum de fotografías, abierto y olvidado sobre una pequeña mesa cristal y que, según podía entrever desde el sofá, contenía imágenes de diversas épocas y diferentes personas unidas por un mismo nexo entre ellas, la explosiva mujer que tenía entre mis brazos. Tomé nota mentalmente de mirarlas de forma más detenida y ensalzar la belleza de mi diosa griega en cada una de ellas para ganarme su confianza.
Poco a poco Zaida se fue relajando, levantó su cabeza de mi hombro y apurada me pidió disculpas por el estropicio de mi camisa (que lucía en el hombro izquierdo un colorido Picasso de estilo casi naíf), producto de sus desteñidas pestañas con mezcla de sombra de ojos en diversos tonos de morado, colorete rosa y  un maquillaje de esos que dicen tener tono natural, pero que en la tela de mi camisa aparecía de un vulgar color canela. Y todo ello rematado por un brillo intenso dejado por el gloss de sus labios. Le aseguré que no tenía importancia, mientras pensaba que incluso con el maquillaje destrozado era una mujer excepcionalmente bella y que me hubiera gustado encontrarla en otras circunstancias, aunque con toda seguridad ella entonces me hubiese ninguneado sin miramiento alguno.
Aprovechando que se fue a lavar la cara, cogí su teléfono e introduje en él uno de esos diminutos micrófonos que había comprado en La Tienda del Espía, y que me transmitiría una señal clara y cristalina de las conversaciones realizadas desde esa línea telefónica. Estaba seguro de que me sería de gran utilidad. Lo había conseguido antes de que ella volviera, así que intentando aprovechar el tiempo cogí el álbum fotográfico y comencé a observar atentamente cada foto.
Al principio no repare en ninguna de ellas. La pasé de largo sin darle demasiada importancia y distrayéndome con las demás. Pero volví a mirarla de nuevo. Era como si algo en ella me atrajese insistente, como si la mujer que posaba junto a Zaida en esa imagen de varios años atrás la tuviese ya antes en el fondo de mi retina, escondida en los recovecos de mi cerebro. Me sonaba su cara, estaba seguro. La miré con suspicacia e intensidad como si así pudiera adivinar dónde la había visto antes, pero no tuve suerte; de todas formas la saqué una foto con mi móvil por si el recuerdo volvía fresco. Cuando la diosa volvió y me vio observando las fotos sonrió apenada y comenzó a contarme la historia de cada una de ellas. Su historia en imágenes, que yo escuchaba expectante a la espera de que le tocase el turno a la que se había convertido en mi preferida, y cuando ese momento por fin llegó presté aún más atención.
- Esta es Tanya, una vieja amiga, vinimos juntas sin apenas haber salido de la niñez, pensando que aquí tendríamos la oportunidad de nuestra vida. Nos habían dicho que podríamos trabajar como modelos, que nos haríamos ricas rápidamente, y no lo pensamos dos veces. ¡Éramos tan inocentes!. Gracias a nuestra buena presencia  encontramos trabajo, no de modelos claro, trabajábamos sin descanso pero a pesar de ello apenas nos daba para comer y pagar la habitación que compartíamos en la pensión. Queríamos mejorar, como todo el mundo, pero no teníamos una profesión cualificada, aunque tontas no éramos y apariencia nos sobraba, así que nos convertimos en la compañía que solicitaban los ejecutivos de alto standing, pero no vayas a pensar mal, únicamente de las que acompañan en las cenas y nada más. Entonces si que estuvimos a punto de hacernos ricas. Ganamos mucho dinero durante una temporada, y a pesar de que dicen que el dinero fácil según entra por un lado se va por el otro, te puedo asegurar que en nuestro caso no fue así. Quizá porque no nos resultaba sencillo poner buena cara a hombres impecablemente trajeados y encorbatados pero que escondían en su interior oscuros sentimientos. Decidimos dejarlo, yo me había metido en este pequeño apartamento, tenía dinero ahorrado para vivir una pequeña temporada y estaba cansada de sentirme tratada como un objeto. Decidí buscar un trabajo más tranquilo y terminé de camarera. Con el sueldo que gano me da para vivir y pago mis impuestos, quizá por ello el futuro sea benévolo conmigo. Y además tengo mis ahorros. Ella tuvo más suerte, encontró el amor junto a un buen hombre y nuestros caminos se fueron alejando, ya no la volví a ver y el único vínculo que me quedaba con mi pasado se esfumó con ella.
Había escuchado a Zaida atentamente, intentando no perderme ni una coma de su relato biográfico. Sabía que me mentía, pero comencé a recordar detalles. Detalles que resultaron claves para mi investigación y me pusieron sobre la pista que debía seguir para terminar de desenmarañar esta trama que hasta un momento antes me resultaba incomprensible.
Salí de su piso sin prisa, sabía que posiblemente me estuviese vigilando desde su ventana. A la vuelta de la esquina vi una cafetería y me metí en ella esperando que se produjese la llamada que imaginaba no tardaría demasiado en hacer. Apenas había pedido mi café cuando por mi receptor oí el sonido de una llamada telefónica saliente y a la diosa hablando sin tapujos.
- Puedes tranquilizarte Nadia, todo está saliendo como te predije, acaba de visitarme un detective que me ha confirmado que la policía está convencida de que todo ha sido un tema de drogas. Nadie sospechará nunca de nosotras, ni siquiera podrán demostrar que nos conocemos puesto que nadie nos ha visto nunca juntas ni nos conoce por nuestros verdaderos nombres.
- Es un alivio saberlo, si Daniel no hubiese andado husmeado por el bar ni hubiese encontrado el lugar donde guardamos el dinero que me va dando Raúl nada de esto habría pasado. La verdad es que se lo tuvo bien merecido por entrometido.
- Bueno, no lo pienses más, lo pasado, pasado está. Está claro que ese era el mejor lugar para guardarlo sin levantar sospechas, ahora debemos preocuparnos del siguiente paso. ¿Cuándo tiene pensado tu amorcito darte el siguiente fajo?.
-Mañana me dará otros cincuenta mil euros, y esta vez serán los últimos porque según él su mujer sospecha algo. Ya me ha mandado sacar los billetes de avión para dentro de cuatro días.
- Pobrecito, ja,ja,ja, me gustaría verle cuando llegue al aeropuerto y no te encuentre esperándole, a ver con que cara se presenta ante su mujer y le explica que se ha quedado compuesto, sin novia y sin dinero, ja,ja,ja. Pero para cuando se de cuenta de todo nosotras ya estaremos muy lejos –seguía diciendo Zaida- Ahora ya sabes, coge nuestros billetes en cuanto tengas todo el dinero en tus manos, y que Raúl no sospeche nada.
-                  No te preocupes, no habrá ningún problema; y ya sabes, la próxima vez intercambiamos los papeles que yo he terminado harta de viejos sobones y babosos.
Ya había oído lo suficiente, ¡y después de todo resultó que la bala si había dado en la diana!, así que me marché a mi apartamento donde me esperaba impaciente Helena. Le pedí que sacara las fotos del expediente de la Sra. Gandarias, las que le sacamos al marido con su secretaria mientras cenaban en un restaurante asiático, y las comparé con la de mi móvil. Allí estaba, Tanya, o mejor dicho Nadia. Estaba cambiada pero sin duda era ella. Ahora que había descubierto quien era, miré la foto con ojos de conocimiento, más que de reconocimiento y, ya no me pareció una mujer de portada de revista de moda. Ahora, su cuerpo de gimnasio, sus piernas morenas de solarium con andares de gacela elevada sobre zapatos de Gucci, sus nalgas prietas recogidas en una falda muy corta y su camisa ajustada con los botones convenientemente desabrochados para que se perfilara el principio de sus pechos saltarines dentro del caro sostén, me parecían vulgares.
Y de la diosa, ¡que decir de la diosa!; de esa belleza élfica con su melena en tonos morados intentando escapar del arnés de su coleta; de sus ojos, dos fondos marinos silueteados por algas negras; de esos capiteles griegos, largos como una noche de insomnio y apenas cubiertos por una corta falda y tacones de vértigo; de ese  cuerpo con más eses que el Tourmalet; de esos pechos altivos y peligrosos. Toda ella era un auténtico placer para la vista pero, como yo había previsto en un principio, aunque por distinto motivo, también un agujero negro para cualquier bolsillo.
Sobra decir que mi visión de ellas había cambiado, o quizá tan sólo se impuso ante mí la realidad que, como decía mi abuelo, muchas veces supera la ficción y hasta la imaginación. Y las vi como lo que ahora consideraba que eran, unas prostitutas de lujo mostrando descaradamente sus encantos a incautos empresarios que acomodándolas sobre su regazo acariciaban sus turgentes senos.
Descubierto el embrollo sólo nos quedaba poner todo el asunto  en conocimiento de la Sra. Gandarias. Estaría encantada de saber que su dinero estaba aquí cerca, en vez de  en un lejano y desconocido paraíso fiscal como ella sospechaba, y que finalmente acabaría quedando a su entera disposición para poder moverlo a diestro y siniestro como su humilde contribución para acabar con la crisis.
Un vez informada nuestra mecenas, nos dirigimos a la comisaría de policía, al fin y al cabo ellos eran los únicos que poseían la facultad de meterlas entre rejas. Allí nos enteramos de que el nombre de la diosa, o Zaida como se hacía llamar, era en realidad Irina, y de la larga trayectoria delictiva que llevaban las dos mujeres en diferentes ciudades y diferentes países. Siempre utilizando la misma táctica y siempre dejando a algún pobre hombre  despistado y con dos palmos de narices.
Como broche final invité a cenar a Helena, la excusa perfecta fue celebrar el buen término de la investigación más interesante que habíamos tenido hasta el momento, y que sin duda atraería una buena cantidad de nuevos casos para AIK. Pero yo tenía en mente otra cosa, a pesar de que siempre me repitieron que donde tuviera la olla no metiera la poya, pensaba informar a mi eficiente secretaria de mis nuevos y crecientes sentimientos hacia ella.
 Así fue como al día siguiente amanecí sonriente y feliz de estar acompañado en la cama de, hasta ese momento, mi apartamento de soltero. Y sin haber hecho, una vez más, caso a los consejos de mi abuelo.
    

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