domingo, 1 de junio de 2014

VI CERTAMEN BIZKAIDATZ

Este certamen consiste en continuar la historia propuesta e iniciada por los autores.








Dos anémonas azules




Esther Zorrozua





Llevaba un buen rato merodeando por la zona sin decidirse. Era un sábado de octubre. Hacía un calor inusual para la época del año. Habían caído cuatro gotas gordas que dejaron el aire de un color sucio, con vaharadas intermitentes de fondo de cueva en la que los hongos aprovechan el silencio y la oscuridad para medrar a su gusto. La tarde se fugaba de puntillas en una carrera sigilosa, antes de que los habitantes de la ciudad lo notaran.

De vez en cuando hacía tintinear las llaves en el bolsillo como quien rasguea las cuerdas de una guitarra que ha perdido el don de los acordes. El contacto frío del metal no acababa de convencerle. En realidad, no quería volver a aquella casa en la que no había sido feliz. Pero tenía que ir. Su madre había fallecido una semana antes en el hospital. El desenlace se había producido de manera rápida y urgente, con las prisas que suponen una llamada atropellada al 112, la llegada de la ambulancia, los camilleros que manipulan el cuerpo con pericia, la búsqueda nerviosa de la documentación más inmediata y cerrar la puerta sin mirar atrás para seguir al furgón que se abre paso entre el tráfico de hora punta a golpe de sirena. Después, la entrevista con la asistente social, el certificado de defunción, la funeraria, el funeral, el estupor y la nada. Todo ello a un ritmo vertiginoso, como el descenso por un tobogán altísimo de pendiente muy pronunciada. Sin tiempo para pen­sar ni para tomar aire.

Pero ahora, una semana después, resultaba inevitable volver para una limpieza de emergencia. Retirar las sábanas de aquella cama que recibió los últimos estertores de su madre, vaciar el frigorífico y todos los restos de comida que pudiesen quedar en los armarios, la fruta en el frutero. Terminar con todo signo de vida ahora que la inquilina se había ausentado. Irene suspiró hondo, apretó las llaves dentro del bolsillo hasta hacerse daño en la mano y encaró lo inevitable.

Llegó frente al portal, introdujo la llave, la hizo girar y empu­jó la enorme puerta de hierro, tan pesada como la de un castillo medieval, con un muelle tan tenaz como una máquina de tor­tura. La asociación no era gratuita. Recordaba haberse pillado el dedo meñique cuando tenía siete años por no haber retirado la mano a tiempo. Un dolor insoportable, frío y calor intensos y simultáneos, sensación de mareo, necesidad perentoria de gritar e impotencia. Alguien, no sabía quién, se le había nublado la vista, abrió la puerta y liberó su dedo. La primera falange col­gaba sin voluntad como el lagrimón blando de una vela. Hubo que entablillar el dedo, la uña se volvió morada, luego negra y terminó por caerse. Fue un proceso largo y doloroso en que el más mínimo roce suponía un tormento. Todos los niños su­fren terrores nocturnos. Durante su infancia, aquella puerta se convirtió en un monstruo con vida propia que la acechaba en cuanto se descuidaba. Pero no se refería solo a ese episodio al estimar que su vida en esa casa no había sido feliz.

Tomó el ascensor y pulsó el cuarto. Ya frente a la puerta del piso, introdujo la llave de seguridad, aquella llave que tenía tru­co porque desde el principio funcionó mal y, para hacerla girar, había que estirar del pomo hacia fuera con fuerza para que los engranajes se insertasen en sus goznes y permitieran abrir. Se oyó el clic, luego dos vueltas y la puerta cedió. Irene suspiró hondo otra vez, se limpió disciplinadamente las suelas de los zapatos sobre el felpudo y entró.

Estaba oscuro, ya casi había anochecido. Antes de pulsar el interruptor de la luz, aspiró el aire cerrando los ojos un momen­to. Cada casa tiene su olor, no hay dos casas que huelan igual y uno puede percibir los olores de todas las casas excepto el de la suya propia. Es uno de esos misterios sin resolver que ocu­pan nuestra mente durante un momento, nos hacen levantar las cejas con gesto de perplejidad y pasamos a otra cosa sin que la observación interfiera con lo siguiente.

Aquella casa, como todas, tenía su olor. A Irene le gustaba pensar que no era solo fruto de la destilación de los guisos, los productos de limpieza utilizados, los efluvios de los habitantes y las partículas de polvo en suspensión, sino que entre los ingre­dientes también se incorporaban las palabras y hasta los pensa­mientos y sentimientos de todos los que alguna vez compartie­ron aquel espacio. Por eso resultaba tan difícil de definir aquel tufillo entre dulzón y acre, con notas de flores secas y resabios de incienso.

Encendió la luz. La araña del recibidor se iluminó para dar cuerpo y volumen al entorno tan familiar desde su infancia. Irene se sintió rara entrando ahora sola en aquella casa en la que su madre no lo volvería a hacer. Avanzó por el pasillo con cuidado, sin hacer ruido, para no despertar a los fantasmas que estaba segura de que dormitaban en las esquinas esperando po­ner de pie escenas y momentos que era mejor olvidar. Se detuvo ante la habitación de su madre y encendió la lámpara. No había otro remedio: se le fueron los ojos a las sábanas revueltas de la cama.

Si un artista hubiese buscado representar la urgencia y el apremio del momento vivido, no hubiera conseguido un efecto tan plástico. Irene suspiró hondo por tercera vez, era un gesto aparentemente inútil que le servía para ir asumiendo la nueva etapa. Le dio la impresión de que el aire estaba especialmente enrarecido allí. Abrió la ventana de par en par, retiró y dobló la manta, hizo un hatillo con las sábanas y las metió en una bolsa de basura. Dejó el colchón desnudo, apagó la luz y se dirigió a la cocina.

Llevaba un buen rato desechando alimentos caducados, ta­rros vacíos, recipientes con sustancias difíciles de identificar, cuando sonó el timbre de la puerta. Sintió cierto fastidio. Le había costado decidirse y quería acabar con aquello de una vez. Si le interrumpían ahora, a saber cuándo volvería a reunir las fuerzas. Se incorporó de mala gana y fue a abrir.

En el umbral encontró a un mensajero que portaba un pa­quete plano, grande y apaisado. Venía a hacer una entrega.

—¿Vive aquí Anunciación Ledesma?

—Vivía, sí; pero murió…

—Es un envío a portes pagados. ¿Podría firmarme usted el recibo?

—Es que…, ya le he dicho que murió —el repartidor cambió el peso de una pierna a otra con un gesto de cansancio.

—Mire, si me voy ahora, le llamarán a usted de mi empresa, intercambiará información con el encargado y, después de mu­chos sí pero no, usted terminará por aceptar el envío y yo tendré que volver otra vez. Siempre pasa lo mismo. Usted verá, pero nos podríamos ahorrar un viaje —Irene dudaba—. Oiga, que no es un paquete bomba; no es más que un cuadro.

—¿De dónde viene? —el mensajero ladeó el paquete y miró el remite.

—De Oviedo —ella todavía tardó unos segundos en deci­dirse.

—Está bien. Deme que le firme —firmó el resguardo, reco­gió el paquete, despidió al repartidor y cerró la puerta.

Lo llevó a la sala de estar y le quitó el envoltorio. En efec­to, era un cuadro de formato más bien grande. Un óleo, ¿o un acrílico?, ella no dominaba las técnicas pictóricas. Prevalecían los tonos azules. De hecho, parecía un fondo marino con unas criaturas llenas de tentáculos. En el extremo inferior derecho, con pintura roja y trazo inclinado, Ignacio P. Examinó la par­te posterior del lienzo por si traía alguna nota. Nada. Volvió a mirar el envoltorio y buscó el remite: Ignacio Posada, Calle Covadonga nº 23, 6º, 33002 Oviedo.

El nombre y la dirección no le indicaron nada. Habían vivido en Oviedo unos años, cuando ella era muy pequeña y la empre­sa trasladaba a su padre cada cierto tiempo, pero hacía de eso más de cuarenta años. Todos los contactos se habían perdido, o eso creía Irene. Volvió a contemplar el cuadro. De pronto, sintió la necesidad de tomarse un respiro y dedicar a aquel asunto el tiempo que requería.

Sin muchas esperanzas, buscó en los armarios bajos de la cocina. A veces, su madre guardaba cosas interesantes mezcla­das con un montón de morralla. Tuvo suerte. Muy al fondo, encontró una botella de vino. Era un Pesquera Reserva de 2005 ¡Hmmm! Localizó el sacacorchos y se hizo con una copa de cristal fino. No podía cometer la irreverencia de beber un vino así en un vaso de vidrio. Descorchó la botella junto a la frega­dera, aspiró su aroma, vertió por el desagüe las primeras gotas y se sirvió media copa. En la sala, colocó el cuadro de pie contra la pared y se sentó en frente, en postura de yoga, con la copa en la mano.

Quién sería Ignacio. Por qué le enviaba a su madre aquel cuadro con un paisaje extraído del fondo del mar. El vino estaba para morirse. Retuvo un sorbo en la boca, lo paladeó y lo fue tragando poco a poco, disfrutando de cada gota. No tenía claro si aquello del cuadro eran animales o plantas. Se estiró hasta al­canzar el bolso, sacó el móvil y le hizo una foto. Cuando llegase a su casa, miraría en Internet.

Cogió de nuevo el envoltorio y rasgó con la mano el trozo en que figuraba el remite. Lo dobló y volvió a guardar en el bolso el móvil y el trozo de papel. ¿Tenía su madre una aventura con el tal Ignacio? ¿A su edad? ¿La había tenido en el pasado? Se quedó con los ojos fijos en el cuadro esperando que éste le diese alguna pista hasta que terminó la copa, pero no ocurrió nada. Aquellas criaturas abisales llenas de patas habían quedado con­geladas en el fondo marino.

Recogió todo lo que había considerado que debía ir a la basura, lo metió en dos bolsas y abandonó la casa cerrando con dos vueltas de llave. En el contenedor más próximo que­daron los restos orgánicos y el hatillo de sábanas desechadas

Irene no era la misma que cuando entró. Entonces iba llena de aprensión; ahora la dominaba la curiosidad. Su madre ha­bía sido siempre muy rígida con ella. Implícitamente, se había puesto a menudo como modelo de moral y buenas costum­bres. Resultaría paradójico y extravagante que hubiese estado ocultando una historia secreta. Porque si no, qué otra explica­ción cabía.

Esa noche, Google que todo lo sabe le informó que el mo­tivo del cuadro eran anémonas marinas, que “son consideradas las flores del mar y aunque parecen plantas, son animales in­vertebrados que se adhieren a las rocas y corales. Las anémonas tienen una boca central rodeada de tentáculos, éstos contienen unas células llamadas nematocistos que paralizan a los pequeños animales marinos que pasan cerca y los empujan con sus tentá­culos hacia la boca para alimentarse de ellos”. La información continuaba durante cuatro o cinco páginas, acompañada de imágenes a color en distintas fases o distintos momentos de su actividad. Bueno, pues éstas eran dos anémonas azules. ¿Podía tener eso algún significado oculto? Tal vez representaban a al­guien. Quizá se representaban a ellos mismos.

Irene volvió varias veces a casa de su madre, aquella casa a la que ésta nunca regresaría. Una casa con historia en la que la recién fallecida había vivido casi cincuenta años, en la que Irene no había sido feliz y su madre puede que tampoco. La casa de aspecto corriente que seguramente escondía voces y sombras de escenas que se procuran olvidar porque su simple evocación recorre la espina dorsal como una descarga eléctrica. Aquella casa que tenía su propio olor, como todas, un olor entre dulzón y acre, con resabios de flores secas y de incienso.
Cada vez que iba, repartía el tiempo entre reunir cosas que había que ir tirando y sentarse a contemplar el cuadro de las dos anémonas azules. Y cada vez que se colocaba ante el lienzo, lo hacía acompañada por una copa de vino. No sabía qué haría cuando se terminase la botella. Las anémonas seguían mudas. Las contemplaba con terquedad, esperando contra todo pro­nóstico que su fuerza de voluntad les insuflase al menos una ilusión de movimiento.

El día que se acabó la botella, Irene descolgó el teléfono y marcó un número. Sonó doce veces al otro lado sin que na­die contestara. Luego, se cortó la línea. Repitió la operación dos días más con idéntico resultado. Llamó a la compañía telefónica para hacer la comprobación. El número era correcto, le dijeron.

No podían añadir ninguna otra información. Se quedó descon­certada.

Oviedo no estaba tan lejos, pero debía decidir si quedaba justificado el viaje con tan pocos indicios. No tenía ni idea de con qué o con quién se iba a encontrar. Volvió a sentarse frente al cuadro. No le quedaba vino y eso la desasosegaba. Se había convertido en una costumbre escudriñar las formas y los colo­res de la tela al tiempo que paladeaba a sorbos el contenido de la copa. Se diría que ya no concebía ambas cosas por separado.

Analizó con detenimiento la firma, demasiado esquinada, muy abajo y muy a la derecha. Ignacio P. El punto casi escapan­do del lienzo. ¿Falta de seguridad? Pero el color era de un rojo encendido, casi exhibicionista. En cambio el pincel tenía un tra­zo muy fino, como si hubiese pasado por la tela sin pretender dejar una huella excesiva. Caracteres sueltos, pero estilizados. Las iniciales, la I y la P, eran casi tres veces más altas que el resto de las letras, en un intento de darse impulso para salir del fondo a la superficie para tomar aire. ¡Qué estupidez! Ella no tenía ni idea de grafología. Se trataba de conjeturas infundadas.

Se puso en pie y estiró los músculos sin desviar la vista del cuadro. La tenía enganchada. No el cuadro mismo, sino la his­toria que podía esconderse detrás. Se descubrió repasando una película con imágenes de su madre y tratando de desentrañar algún instante en que se delatara. Era inútil. Si hubiese teni­do algo que esconder, jamás se hubiese descuidado. Buena era ella.

También podía olvidarse del asunto. Una vez hecha la selec­ción de lo que había que tirar y lo que pensaba quedarse, pocas cosas en realidad, algunas fotos y poco más, llamaría a una de esas empresas que vacían los pisos. ¡Que se llevasen ellos las dos malditas anémonas azules! Para qué dedicarles más tiempo.

Pero no era tan sencillo. Irene no podía pasar por alto la fiscalización a la que había sido sometida hasta hacía unas se­manas en nombre de unas normas y costumbres que quizá la propia legisladora se había saltado a la torera. Si era así, tenía que saberlo. No era lo mismo haber vivido bajo la férula de una fundamentalista que bajo el yugo de una impostora. Ya estaba muerta, sí, y nada podía cambiar. Pero Irene era de los que sos­tenían que alguien no muere de verdad mientras se mantenga en la memoria de los vivos. Y no significaba lo mismo recordar­la de una manera que de otra.

Compró otra botella de vino idéntica y dedicó varias tardes a la semana a marcar el número que nunca respondía y a con­templar el cuadro de las anémonas azules mientras paladeaba su dosis de buen vino. Hasta que un día, al otro lado de la línea, alguien descolgó el auricular.

—Mi padre murió inesperadamente hace poco más de un mes. Era pintor, no muy famoso, pero con cierta proyección aquí, en Asturias. Dejó el cuadro embalado y con la dirección escrita, listo para ser enviado. No nos dimos cuenta hasta pasa­do un tiempo, cuando empezamos a ordenar sus cosas. Yo no conocía de nada a la destinataria, pero parecía todo tan preme­ditado que realicé el envío. Supongo que es lo que él hubiera hecho de haber vivido un poco más.

—¿Qué día falleció su padre, exactamente?

—El 29 de septiembre.

—Igual que mi madre. ¿Existen las casualidades?

—Yo prefiero llamarlas coincidencias. Ocurren y ya está. Por cierto, ¿qué representa el cuadro que ha recibido?

—Dos anémonas azules.

—¿Está segura? ¿Lleva título?

—No, pero he hecho mis averiguaciones en Internet. Son anémonas, eso seguro, y son de color azul.

—Es muy extraño. Él nunca pintó motivos marinos. Era re­tratista. Recuerdo que mi madre le pidió durante años que le pintase una marina. Estaba un poco harta de tener tanta gente que le miraba desde las paredes, espiándola, decía ella. Pero él jamás mostró interés. Le daba largas y, por fin, se fue sin darle ese gusto.

—¿Vive su madre aún?

—No, ella falleció hace doce años. Se cansó de esperar.

—¿Le parece que las anémonas pueden tener algún sentido simbólico?

—¡Qué va! Era un pintor realista. Pintaba lo que veía —en este punto, a Irene le pareció que su interlocutor se comportaba de una forma cerril. Cualquiera que haya tenido un mínimo contacto con el arte sabe que un pintor nunca reproduce con exactitud lo que ve; siempre interpreta; de otra manera, no sería arte lo que hace. Pero el hijo de Ignacio Posada debía de tener el cerebro más cuadriculado que una hoja de cálculo de Excel. No llegaría a ningún lado por ese camino, así que intentó otra vía que pudiera tentarle más:

—Yo no puedo quedarme con el cuadro sin saber qué rela­ción existía entre ellos. No sé tampoco si se trataba de un en­cargo, si estaba pagado, si le debo algo. Le propongo que mire despacio entre sus papeles. Yo haré lo mismo y dentro de un tiempo contactaremos de nuevo para ver si hemos encontrado algo. ¿Está de acuerdo?

A Carlos Posada le pareció bien. Irene se empleó a fondo. Su madre había sido de esas personas que lo guardaban todo “por si algún día lo pudiera necesitar”. En los últimos tiempos incluso había llegado a rozar el síndrome de Diógenes. Claro que era de esperar que si escondía alguna historia más personal, hubiese sido más discreta. Pero eso solo significaba que lo ha­bría escondido mejor, no que lo hubiese destruido.

Salieron a la luz papeles anodinos de toda clase: presupues­tos, facturas, informes médicos, recetas de cocina, patrones de corte y confección… y al fondo de una caja, entre calendarios antiguos y postales enviadas en vacaciones por gente que Irene desconocía, dos billetes de autobús con Oviedo como destino: uno fechado en 2006 y otro en 2008. Eran viajes de los que Irene no había tenido noticia, viajes que su madre había realizado en secreto.

Siguió revisando, buscó con denuedo un fajo de cartas. Quizá no atadas con un lazo de seda, sino sujetas por una goma elásti­ca. O en todo caso, alguna carta suelta. Encontró felicitaciones de navidad, cartas de ella y de sus hermanos enviadas desde ale­jados campamentos de verano, incluso un aviso de desahucio recibido en 1967 del que los pequeños no llegaron a enterarse. Las casas que los muertos han tenido que abandonar con pre­mura guardan muchas sorpresas. Pero ni una sola nota que la vinculara con Ignacio Posada, de Oviedo, excepto los billetes.

Un mes más tarde, cuando ya no lo esperaba, recibió una llamada de Carlos Posada, aquel tipo que, por alguna razón, Irene imaginaba frío como un pez e insensible como un mojón de carretera.

(…)


MI APORTACIÓN

DOS ANÉMONAS AZULES


El sonido del teléfono la sobresaltó. Como cada atardecer de los últimos dos meses se encontraba en casa de su madre, sentada en el suelo y ensimismada en el cuadro que tenía enfrente, abstraída de todo lo que no fuesen esas anémonas azules y su copa de vino. Lo había mirado tantas veces que sabía de memoria cada pincelada dada en ese lienzo aparecido en su vida poco después de que su madre, a quien iba destinado, desapareciese de ella.
Había estudiado el cuadro hasta la saciedad. Lo había examinado detenidamente durante horas acompañada de aquella copa de vino, Pesquera Reserva de 2005, indispensable para ese momento. Había buscado en Google, que todo lo encuentra, que significado podía tener ese cuadro, y ello sólo la había aportado una mayor confusión a su cabeza:
Anémona, la flor que significa abandono;
Azul, el color del cielo y el mar que expresa confianza, armonía, fidelidad y amor.
Había sido incapaz de llegar a ninguna conclusión. Si hubiera tenido con quien compartir sus inquietudes quizá el peso que sentía hubiese sido más liviano, pero estaba sola, no tenía con quien compartir sus pensamientos. Era en momentos así cuando más echaba de menos al hermano perdido diez años atrás, y a su hermana pequeña, aquella que apenas recuerda en el fondo de su memoria pero que sabe que existió, aunque de eso hacía ya toda una vida.
Había buscado y rebuscado entre las cosas de su madre una pista que le indicara quien era aquel Ignacio Posada que había estampado su nombre, rojo pasión, en aquel lienzo. Necesitaba saber que relación había mantenido con su madre para obsequiarla con  aquel cuadro y por qué ella no había oído nunca hablar de él, a pesar de haber descubierto que le había visitado en Oviedo unos años antes.
Miró la pantalla del móvil y observó como el nombre de Carlos Posada brillaba en la penumbra de la habitación. Hacía ya un mes que había hablado con él, en un intento de comprender el sentido de ese cuadro que la atraía irremediablemente. Dudó por un instante si coger el teléfono a aquel hombre, que su mente se empeñaba en calificar frío como un pez e insensible como un mojón de carretera, o seguir abstraída en aquellas pinceladas.
- Hace días que quería llamarte –balbuceaba Carlos desde el otro lado de la línea telefónica- pero no sabía muy bien como explicar lo que he encontrado. Ni siquiera ahora sé muy bien como hacerlo. Es complicado. Lo primero que me gustaría que comprendieses, es que mi padre era un hombre entregado a su familia. Siempre estuvo atento a mi madre y a mí. Quizá la alegría no fuese lo que distinguía su matrimonio, pero siempre pensé que eran felices a su manera. Al principio pensé que no era nada especial..., las cartas no tienen remite..., ni nombre en la firma..., podían ser de cualquier admiradora de su obra..., ya sabes..., los artistas a veces...,pero....
- Por favor Carlos, -le cortó Irene- vete al grano que me estás poniendo nerviosa. ¿Qué es lo que has encontrado?
-  Verás..., es como otra vida..., una vida paralela..., no sabía como tomarlo..., pero después encontré los billetes a Bilbao..., y pensé en ti, bueno, en tu madre quiero decir.
Irene se quedó muda por un instante, sus pensamientos eran ciertos, había algo que unía a su madre y a aquel pintor, Ignacio. En el fondo pensaba que soñaba despierta cuando pensaba en que su madre había tenido una vida oculta, pero por primera vez se dio cuenta de que era algo completamente real. En ese mismo momento tomó la decisión de hacer el viaje a Oviedo.
Eso había ocurrido tan sólo dos noches antes, dos noches con un día en medio en los que apenas había descansado, treinta y seis horas en las que su cabeza no dejó de elucubrar sobre la vida de su madre, y sobre todo en como esos hechos, que a pesar de no tener un fundamento pleno comenzaban a perfilarse como ciertos, habían influido en su propia vida.
Con la cabeza apoyada en el respaldo de su asiento, Irene, miraba por la ventana, sin ver el paisaje que corría ante sus ojos a la máxima la velocidad permitida por las señales viales. El verde panorama que ofrecía el viaje de Bilbao a Oviedo en autobús no conseguía llegar a su cerebro, ocupado como estaba en intentar asimilar la información recibida dos días antes. Pero no era tan sencillo. Le costaba entender que su madre, esa mujer rígida que se había mostrado ante ella como modelo de moral y buenas costum­bres, y a la que se sintió sometida hasta hacía tan sólo unas semanas, hubiese estado ocultando una historia secreta. Si era así resultaría paradójico y extravagante. No era lo mismo haber vivido bajo la férula de una fundamentalista que bajo el yugo de una impostora.
Tenía que averiguar como su madre llegó a ser el amor imposible de un hombre, ¡el deseo oculto e inconfesable de un artista, nada menos!. Estaba claro que ningún hijo es capaz de ver a su madre como un ser sexual capaz de desprender pasiones en un hombre. Se olvidan de las múltiples facetas que pasa una madre a lo largo de su vida. Una madre también es hija, esposa, amante, confidente, amiga..., pero sobre todo, e ininterrumpidamente, siempre es mujer, una mujer con necesidades propias y deseos terrenales. Los hijos, siempre tan egoístas, se centran tan sólo en su papel hacia ellos y no ven más allá. Por eso Irene necesitaba saber que historia era esa que su madre la había ocultado y que parecía remontarse a casi medio siglo atrás.
Lo distinguió en cuanto le vio, no tuvo ninguna duda, destacaba serio y taciturno entre todas las demás personas que alegres esperaban, en la estación de autobuses, la llegada de sus seres queridos. Se acercó a él y se presentó extendiendo su mano. Un gesto de perplejidad apareció en la mirada de Carlos durante un instante, pero se sobrepuso rápidamente y la devolvió el saludo educadamente.
Carlos, solícito, llevaba la pequeña maleta con ruedas de Irene mientras con las palabras imprescindibles le mostraba el camino que debían seguir. Ella le observaba de soslayo. No se había parado a pensar en que apariencia podía tener ese hombre, ni siquiera en la de su progenitor al que estaba segura que unía lazos inconfesables con su madre. Si lo hubiera hecho seguro que le hubiera imaginado como un ser anodino, un hombre común y corriente, apocado, de los que pasan invisibles entre la gente y desapercibidos por la vida de los demás; pensaría que sólo alguien parecido a su padre habría podido conquistar el corazón de su madre. ¡Que ilusa se sentía!. Sin embargo junto a ella veía un hombre maduro, apenas dos o tres años mayor que ella; alto, moreno, con barba de unos cuantos días, descuidada; su nariz era recta, sus labios carnosos y sus pardos ojos le daban un toque sensual, era sin lugar a dudas un hombre sumamente atractivo y tentador.
Siguió escrutando los detalles de su anatomía y se entretuvo en sus manos, sus dedos finos y largos llamaron poderosamente su atención, eran manos de artista aunque por lo poco que sabía sobre él estaba segura de que su conocimiento de la pintura era más bien escaso. Sus reflexiones sobre Carlos duraron exactamente lo mismo que el recorrido que la llevó a su hotel, donde dejó su pequeña maleta en consigna negándose a perder un solo instante en instalarse, impaciente como estaba por disipar sus dudas.
- Deberíamos tomar algo antes de subir. –decía Carlos-. Revisar lo que encontré llevará un buen rato, en la casa ya no queda nada comestible y hace horas que saliste de la tuya.

Irene aceptó a regañadientes. La impaciencia la invadía pero no podía dejar de escuchar los rugidos de su estómago, reclamando algo más que el café con leche que se había tomado cuando se despertó a las seis de la mañana, habían pasado cinco horas desde aquello y necesitaba algo sólido que apaciguase su vacío. En la misma cafetería del hotel tomaron un chocolate caliente y unos deliciosos “carbayones” que Carlos se encargó de pedir, fueron esos pasteles de almendra y yema con una base de hojaldre y una cubierta de azúcar, los que levantaron el ánimo de Irene y además les dio pie a comenzar una conversación que, si bien fue bastante intrascendente, les sirvió para conocer a grandes rasgos sus vidas.
Cuando entraron en el portal, un estremecimiento recorrió el cuerpo de Irene. Era un lugar sombrío, no por lo antiguo del inmueble si no porque para acceder a él debían atravesar un estrecho pasillo junto a una tienda de ropa vaquera, que anunciaba en un gran rótulo de vivos colores, el nuevo hombre en que se convertiría quien allí se vistiera. El ascensor había conocido tiempos mejores según indicaba el fuerte traqueteo que sonaba en su lento ascenso. Por fin, Carlos introdujo la llave en la cerradura del piso que, tras dos vueltas, se abrió suavemente y con ella una luz tenue alumbró la pequeña entrada. Irene aspiró el aire cerrando los ojos un momen­to. Aquella casa, como todas, tenía su propio olor y bajo la intensidad creada por los productos de limpieza usados recientemente, subsistía un tenue aroma a pintura y diluyentes mezclado con otro, entre dulzón y acre, como notas de flores secas y resabios de incienso que le recordaron a la casa de su madre. Pensó por un momento que su madre había estado allí, que sus palabras, pensamientos y sentimientos habían compartido aquel espacio y habían dejado parte de ella en aquel lugar.
Se sacudió la cabeza alejando de ella esos pensamientos, al fin y al cabo el olor a pintura era normal en la casa de un artista, y ese otro tufillo que ella creía reconocer perfectamente podía ser olor a ancianidad y muerte, un olor que seguro prevalecía en las casas de todos los ancianos y por eso le resultaba tan difícil de definir. Su mente volvió a la entrada, que a través de un largo pasillo desembocaba en una sala de estar, la única estancia de la casa que tenía vistas a la calle. Allí, sobre una mesa de comedor situada en un rincón, junto a la ventana, se encontraba la caja en la que Irene esperaba encontrar las respuestas que necesitaba.
Carlos abrió la caja mientras murmuraba algo sobre el orden cronológico que Irene apenas escucho de fondo debido al retumbar que le producían los fuertes latidos de su corazón en las sienes. Ante ella se mostraban sobres de diferentes tamaños, pero todos tenían en común el tono amarillento que imprime el paso del tiempo. Carlos le extendió el más pequeño, ella lo abrió y sacó de su interior un taco de billetes unidos por una goma elástica; miró el primero de ellos sin soltarlo de su sujeción y observó nerviosa el billete del ferrocarril de la Robla, aquel antiguo tren que realizaba el trayecto entre León y Bilbao atravesando las provincias de Palencia, Cantabria y Burgos y que estaba fechado en 1972.
Cada engranaje de la maquinaria del cerebro de Irene se puso a trabajar febrilmente intentando situarse en aquel año. Que curiosa es la memoria de las personas, hay momentos que se quedan grabados en ella a fuego, que no se olvidan por mucho tiempo que pase y saltando de uno a otro se pueden recordar muchas otras cosas. 1972 era el año en que ella se pilló el dedo con la puerta del portal de la casa de su madre, eso fue a primeros de año porque recordaba detalladamente ese momento, incluso que llevaba puesto el abrigo verde que le habían traído los reyes magos poco antes. Poco después, en la primavera, su padre abandonó la vida buscando un descanso eterno que le alejara de discusiones, lágrimas y penas escondidas; ese es otro de los momentos grabados a fuego en su memoria, el regreso del colegio cogida de una mano de su hermano mientras con la otra movía aquella maletita de imitación a piel que escondía sus libros escolares, y que se inmovilizó repentinamente cuando la niña advirtió que su madre les  esperaba en el portal de su casa con el rostro ceniciento. El ocho de septiembre de ese mismo año estaba fechado el aviso de desahucio que encontró entre los papeles de su madre y del que ella no llegó a enterarse en su momento por lo que desconoce como su madre pudo hacerle frente. Dudaba que su padre tuviese algún seguro de vida, y aunque así fuese, era más dudoso todavía que este se hubiese abonado por un suicidio. Buscó la fecha del billete, diez de septiembre, ¿existen las casualidades?, se preguntó a si misma.
Quitó la goma elástica que abrazaba los billetes y se dispuso a pasarlos uno a uno. No había ni un solo año en el que no hubiera como mínimo un billete de transporte, de hecho en la mayoría de ellos había dos e incluso en alguno hasta tres; primero del tren de la Robla, y a partir de 1991, cuando este cesó de transportar viajeros, de una empresa de autobuses que cubría el trayecto de Oviedo a Bilbao.
Irene cogió el siguiente sobre, y unas fotografías en blanco y negro vieron la luz. La primera mostraba a dos mujeres jóvenes y sonrientes que miraban a la cámara mientras sostenían en sus brazos un niño de entre dos y tres años cada una de ellas, mientras un hombre que miraba embelesado a una de ellas, sujetaba un cochecito de bebé. Carlos la miraba en silencio esperando que Irene le comentara sus pensamientos, pero ella era incapaz de articular palabra.
- La de la derecha es mi madre conmigo en brazos -comentó Carlos- la otra pareja no se quien es, pero claro, esta foto tendrá más de cincuenta años.
- Yo diría que cuarenta y ocho exactamente -respondió Irene con un hilo de voz- La del cochecito de capota estoy segura de que soy yo.
Carlos la miró sin pronunciar palabra, observando como ella, con ojos húmedos y perdida en sus pensamientos, seguía sin despegar la vista de esa fotografía. Después de un par de minutos, que le parecieron una eternidad, ella siguió pasando las imágenes lentamente, tomándose el tiempo necesario para que cada una de ellas quedara impresa en su retina, no en vano eran parte de una vida de la que había sido testigo en su más tierna infancia sin ser consciente de ello, la suya. El taco de imágenes disminuía lentamente de sus manos mientras aumentaba en la mesa según las iba pasando, hasta llegar a la última, una fotografía en la que por primera vez aparecía Ignacio. Irene le observó detenidamente. No había duda de que Carlos había sacado mucho de su padre, era un hombre realmente atractivo, de los que cuando te los cruzas por la calle te vuelves inevitablemente para observarlo por el simple placer de hacerlo.
La imagen mostraba lo que parecía ser una familia feliz, un hombre y una mujer se bañaban en la orilla del mar, el agua les llegaba un poco más arriba de la cintura y se salpicaban con ella mutuamente, dos niños les miraban desde la orilla junto a un castillo de arena con el que al parecer habían estado jugando, a muy poca distancia de ellos un bebé descansaba sobre una toalla. A pesar de ser una foto en blanco y negro se adivinaba un día caluroso y soleado, aunque al fondo, donde se apreciaba el horizonte,  se podía observar como el cielo se estaba encapotando.
Irene se acercó más la fotografía, como si quisiese introducirse en ella y formar parte de esa imagen idílica. Jamás había visto una sonrisa así en su madre, parecía una joven feliz y enamorada. El hombre tenía el mismo aspecto, incluso a través de la imagen parecía traspasar el brillo que sus ojos desprendían al mirarla, pero ese hombre no era su padre, era Ignacio. Observó los niños en la orilla, quien jugaba con ella no era su hermano como había creído al principio sino Carlos, y el bebé de la toalla estaba segura de que era su hermana, esa hermana a la que apenas recuerda en el fondo de su memoria y de la que hasta ahora no había visto ninguna imagen.
- No recuerdo nada de todo esto, -dijo Irene con apenas un hilo de voz- me reconozco en las imágenes, y reconozco a mi madre y a mi hermana pequeña, pero no termino de entender la situación, es algo extraño, como si formásemos parte de una película.
Irene levantó sus húmedos ojos y miró a Carlos en una muda pregunta. Él bajó los suyos avergonzado, como si el que salpicaba con el agua a su madre no fuese su padre, sino él mismo, abrió la boca en un intento de hablar, pero las palabras no salieron de su boca.
- ¿Dónde estaba mi padre?, ¿y tu madre?, ¿quién sacó esta foto?, ¿en que lugar?- preguntaba Irene sin querer ser consciente de los recuerdos que aquella imagen comenzaba a despertar en el fondo de su mente.
Carlos, intentando consolarla, la acercó suavemente hasta su pecho donde ella encontró el cobijo necesario para que sus contenidos sentimientos se desbordaran. Irene lloró desconsoladamente durante varios minutos; las lágrimas, incontrolables, salían del fondo de su alma y parecían no tener fin. Poco a poco se fue calmando y volvió a la realidad del momento. Lentamente separó su cara de la camisa de Carlos en la que había dejado impresos húmedos rastros de rimel y maquillaje. Irene, azorada por un comportamiento tan impropio en ella, intentó disculparse con él, pero Carlos le restó importancia rápidamente y le propuso salir a tomar algo para relajarse, ya habría ocasión al día siguiente de seguir revisando la caja.
Hasta entonces Irene no había sido consciente del paso rápido del tiempo, miró por la ventana e incrédula observó que comenzaba a oscurecer; sorprendida miró su reloj que indicaba casi las siete de la tarde, llevaban horas en aquel piso; unas horas que habían pasado sin que ella fuera consciente de ello, horas que le habían confirmado que su madre tenía un pasado y en él no había sido el dechado de virtudes que presumía.
Cenaron en un restaurante cercano que Carlos aseguró que le gustaría. Realmente acertó de pleno. La estrecha y alargada zona de bar estaba ambientada como un barco, una goleta que hacía honor a su nombre. El blanco y azul mar llenaba aquel espacio en el que las puertas tenían las esquinas redondeadas simulando camarotes, y unas pequeñas ventanas reproducían unos ojos de buey en los que perderse en un relajante fondo marino. Al fondo unas estrechas escaleras les llevaron a un amplio comedor, Irene observaba con detenimiento el esmero que habían puesto en aquel local en el que los detalles estaban cuidados al máximo. Las paredes y los abovedados techos estaban recubiertos de madera pintada de blanco, las mesas dispuestas con manteles blancos y azules, las cortinas situadas estratégicamente y sujetas con cuerdas, los focos del techo, e incluso la entrada del aire acondicionado que asemejaba una escotilla, le inferían al comedor un realismo embriagador. Estaba segura de que si cerraba los ojos incluso podría sentir el vaivén de las olas meciéndola suavemente.
La cena estuvo a la altura del local, unas “Croquetas de la abuela” y un “Salmorejo con taquitos de jamón y aceite de arbequina” despertaron su adormecido apetito, y una “Merluza del pinchu a la sidra”  terminó de saciarlo, hasta tal punto que cambió el postre por otra copa de vino tinto que degustó mientras contaba a Carlos los pormenores de su vida.
- Los primeros recuerdos de mi infancia se remontan a los siete años,  hacía poco que nos habíamos trasladado a Bilbao por el trabajo de mi padre, director de una sucursal bancaria. Vivíamos en la Gran Vía, en un edificio antiguo y con gran solera, el portal tenía, y tiene todavía, una enorme puerta de hierro muy pesada, con la que me pillé el dedo meñique a los siete años y que desde entonces siempre vi como una máquina de tor­tura que debía sortear cada día para entrar en aquel piso con altos techos y enormes ventanales que daban a la calle. A pesar de ser un cuarto piso el aspecto de la casa siempre fue triste y lúgubre, unos gruesos cortinones, que siempre estaban cerrados, no dejaban pasar apenas la luz del día y ni siquiera en el más soleado de los veranos el color hacía gala de asomar.
Mi padre era un hombre taciturno, cada día cuando salía de la oficina volvía a casa y comíamos todos juntos en un silencio sólo roto por las regañinas de mi madre intentando que nos sentáramos correctamente a la mesa. Después se metía en su pequeño despacho y no volvíamos a verle hasta la hora de la cena tras la cual se acostaba. Mi madre siempre fue una mujer muy rígida, se mostraba ante nosotros como un modelo de moral y buenas costum­bres al que debíamos imitar. Jamás vi un gesto de amor entre ellos, apenas hablaban, tan sólo sorprendí alguna vez a mi padre mirándola con una pena infinita en los ojos. Pero eso no duró mucho tiempo, mi padre se suicidó pocos meses después, su cuerpo apareció en la ría flotando y mi madre jamás volvió a mencionarlo. Con el tiempo pasó a ser un lejano y borroso recuerdo.
Así fue como crecimos mi hermano y yo, en un hogar oscuro del que intentamos salir en cuanto se  nos presentó la oportunidad. Mi hermano emigró a Inglaterra durante la crisis de los años ochenta y desde entonces apenas volvimos a saber de él, tan sólo que se ganaba la vida bastante bien tocando con un grupo en locales nocturnos, hasta que hace diez años nos comunicaron que había fallecido en un accidente de tráfico. Yo me casé siendo apenas una adolescente, creí que era mi liberación, sin embargo me metí en una cárcel dorada de la que me costó muchísimo más salir. También tuve una hermana, ni siquiera la recuerdo, pero mi hermano dos años mayor que yo, hablaba a veces de ella a escondidas; murió siendo un bebé y siempre tuve el convencimiento de que ese fue el motivo de que en mi casa reinara eternamente la tristeza.
Carlos la miraba sin pronunciar palabra, escuchaba en silencio la historia de Irene y con ella iba recomponiendo un puzzle del que había ido perdiendo las piezas con el paso de la vida, aunque ni siquiera había sido consciente de que estuviese incompleto hasta ese momento.
Esa noche Irene durmió profundamente, la vigilia de las dos noches anteriores y la intensidad de las emociones vividas ese día habían hecho mella en ella y en su cansado cuerpo. Con un nuevo ánimo se dispuso a terminar de leer las cartas que tan cuidadosamente había guardado Ignacio todos aquellos años. Todavía sentía punzadas de vergüenza al inmiscuirse en esas vidas ajenas, pero estaba segura de que a los muertos no les importaría demasiado y a ella se le tranquilizaría su espíritu al conocer por fin la verdad.
La mañana pasó entre palabras escritas con aquella letra tan conocida para ella. Las cartas hablaban sobre todo de dolor, de culpa, de pagar sus errores, de purgar sus pecados. No había duda, su madre no dejó de ser jamás un dechado de virtudes y de buenos modales, ni siquiera sobre papel sería capaz de hacer o decir algo impropio. Sin embargo aquella última foto del día anterior seguía sin encajar en su mente.

Carlos le propuso comer allí mismo, así que pidió la comida a un restaurante cercano y recogió aquella caja, que escondía en su interior parte de unas vidas a las que ambos habían sido totalmente ajenos. Dispuso la mesa y sacó del armario una botella de vino Pesquera Reserva de 2005, que Irene miró detenidamente.

- Esta misma botella la encontré en casa de mi madre, al fondo de un armario, llena de polvo, como si llevase mucho tiempo allí esperando que alguien la reclamase    -comentó Irene en voz baja- ¿existen las casualidades?

- En este caso creo que no Irene, este era el vino preferido de mi padre, siempre tenía alguna botella guardada, dispuesta para poder celebrar cualquier cosa en cualquier momento. -respondió Carlos- Yo le encontré cuando murió, estaba recostado en un sillón de su estudio y en la mesa junto a él se encontraba una copa de este vino. Recuerdo haberme preguntado que es lo que estaría celebrando. Creo que ahora ya lo se. Ven, acompáñame, hay algo que quiero mostrarte.

Irene le siguió, salieron de la casa y subieron la escalera hacia lo que ella imaginaba que sería el camarote. Carlos abrió una vieja y pequeña puerta y el olor a pintura y diluyente escapó a través de ella.

- Yo era todavía un niño -explicaba Carlos- pero recuerdo que mi madre solía enfadarse por el olor a pintura que siempre reinaba en la casa,  así que mi padre compró todos los camarotes del edificio y los reformó para montar aquí su estudio. Era su espacio privado, no le gustaba que subiéramos aquí, nos decía que la concentración era imprescindible para él. Nosotros siempre lo respetamos a pesar de que pasaba aquí la mayor parte del día, incluso los últimos años en los que ya apenas pintaba, le solía encontrar aquí sumido en sus pensamientos. Le encantaba este sitio, decía que este era realmente su hogar, el lugar donde se encontraba bien consigo mismo. Y a mí me encantaba sentarme junto a él, observar los cuadros y hablar de nimiedades.

Irene le escuchaba en silencio mientras observaba aquel maravilloso estudio. Era una guardilla enorme, ocupaba toda la planta del edificio, la falta de ventanas se suplía ampliamente con la cantidad de claraboyas que, desde aquel techo con vigas de madera, mostraban un cielo infinito por el que desfilaban blancas y algodonosas nubes. En la parte derecha de la estancia se encontraban los útiles que cabía esperar: varios caballetes, estanterías llenas de pinturas, diluyentes, fijadores, útiles de limpieza, pinceles de diversos tipos y grosores, espátulas, paletas y un sin fin de artículos desconocidos para ella. En el centro una estantería baja y sin fondo albergaba libros de pintura en su interior mientras soportaba diversos jarrones de cristal adornados con una sola flor. La parte derecha era completamente diferente, las paredes inmaculadamente blancas al igual que la alfombra de largo pelo, a uno de los lados dos grandes sillones de cuero con reposapiés invitaban al descanso, junto a ellos un pequeño armario de madera hacía las veces de mesa y dejaba entrever en su interior unas botellas de vino y dos grandes copas de cristal; enfrente varios cuadros colgaban de la pared, retratos que mostraban el paso de los años por una mujer bonita aunque sin pretensiones, intercalados con los de un niño avanzando por la vida.

Irene observaba los cuadros detenidamente, las imágenes de Carlos y su madre llenaban gran parte de la pared. Se acercó hacia un lienzo que reposaba solitario en una esquina pero sus pasos se quedaron inmóviles a mitad de camino. Reconoció rápidamente los ojos que la miraban desde aquel caballete, aquel rostro que la miraba era el  de su madre en juventud, el largo cabello azabache enmarcaba su tez morena y sus verdes ojos brillaban con una alegría tan sólo comparable a su gran sonrisa. Hasta ese momento no se había percatado de lo mucho que se parecía físicamente a su progenitora, podía haber sido ella misma, veinte años antes, quien estaba plasmada en aquel lienzo.

- Cuando te vi en la estación de autobuses me quedé impresionado, por un momento pensé que tú eras la mujer del cuadro, pronto me di cuenta de mi error, ese cuadro ha estado ahí toda mi vida que yo recuerde. Entonces, poco a poco todo comenzó a encajar, pequeños retazos de momentos infantiles aparecieron ante mi, y pronto se convirtieron en vívidas imágenes recorriendo mi mente. Fíjate en esto. Hasta que murió mi padre no lo descubrí, la verdad es que fue una casualidad que lo hiciera, y sobre todo una gran sorpresa.

Carlos hablaba sin cesar mientras servía dos copas de vino del pequeño armario que separaba los sillones que les acogían, entregó una a Irene y con la mano ya libre oprimió un pequeño botón apenas visible en el costado de aquel mueble. La parte superior se liberó del cierre que la contenía y mostró una superficie de terciopelo rojo en la que se podían apreciar unas pequeñas marcas dejadas por las copas. Irene se quedó maravillada con aquel mueble, sin embargo cuando se quedó completamente atónita fue cuando al levantarse la tapa completamente, dejó al descubierto una réplica exacta de aquel cuadro con el que todo había comenzado. Carlos comenzó a hablar de nuevo.

- Durante mi infancia tenía un amigo inseparable. Mis padres y los de él se llevaban muy bien por lo que pasábamos prácticamente todo el día juntos, íbamos a la misma clase en el colegio, acudíamos juntos al conservatorio de música.... La verdad es que nuestros padres se sentían mucho más que amigos, ninguno tenía más familia que la formada por ellos mismos, y quizá por eso pasábamos todas las fiestas juntos como si realmente lo fuésemos, incluso cuando nació su hermana más pequeña, él y su otra hermana se quedaron en mi casa los días que su madre permaneció en el hospital. Solíamos pasar las tardes en un parque cercano, la mayoría de las veces era mi padre quien bajaba conmigo, mi madre solía quedarse cosiendo los encargos que tenía. Mi amigo siempre bajaba con su madre y sus hermanas, su padre trabajaba hasta tarde y solía venir a recoger a su familia con una gran sonrisa. Con el tiempo, la cercanía entre mi padre y su madre fue a más, a mí en aquel entonces no me parecía nada raro porque era un niño, pero visto desde la perspectiva del tiempo he de reconocer que cuanto menos era un tanto extraño. Con el paso de los años comenzaron a llevarnos a lugares diferentes, a parques cada vez más alejados de nuestras casas. Nosotros protestábamos porque no conocíamos a los niños que los frecuentaban, pero ellos siempre nos decían que en la vida es importante conocer gente nueva para poder elegir a quien queremos dejar realmente formar parte de ella. -Irene escuchaba atentamente la historia que le contaba Carlos sin tener ninguna duda de que su amigo inseparable había sido su hermano- Un caluroso día de verano cogimos el autobús hacia Gijón. Desde que nos habían dado las vacaciones en el colegio nos haban prometido una excursión a la playa, fueron mi padre y su madre quienes se empeñaron en ir un día laborable con la excusa de que los fines de semana el autobús estaría repleto y en la playa no cabría ni un alfiler. Pasamos el día junto a la orilla, nos sentíamos libres y felices, corríamos de un lado para otro intentando esquivar las olas y jugábamos incansables haciendo castillos de arena. Pero quienes sin duda más lo disfrutaron fueron nuestros padres que eran incapaces de dejar sonreír mientras se miraban el uno al otro. Hacía rato que habíamos comido el bocadillo, la hermana pequeña de mi amigo era tan sólo un bebé y dormía su siesta placidamente tumbada en una toalla, nosotros dos y su hermana mediana jugábamos con la arena mientras aguardábamos impacientes que pasaran las dos horas imprescindibles de  digestión, y mi padre nadaba junto a su madre no muy lejos de la orilla. Rápidamente el horizonte se volvió negro, la brisa marina aumentó con fuerza, la gente comenzó a recoger sus cosas con prisa y pronto nos quedamos solos en la playa. Llamamos a nuestros padres varias veces pero no nos oían, gritábamos lo que podíamos, pero ellos chapoteaban en el mar como niños, se salpicaban, se hacían aguadillas .... Mi amigo cogió la cámara de fotos de mi padre y quiso inmortalizar aquel momento en el que el cielo se volvía negro en pleno día. Las olas comenzaron a arreciar con fuerza, hasta tal punto que la hermana pequeña de mi amigo quedó por un momento bajo el agua, entonces él soltó la cámara que quedó colgando de su pecho y corrió hacia la niña,  sujetándola por un brazo poco antes de que la arrastrase la resaca. Mi padre tiraba de su madre intentando alcanzar una orilla que parecía cada vez más lejana. La arena volaba con tal fuerza que nos hacía daño en nuestros desnudos cuerpos. Todos llorábamos muertos de miedo cuando ellos llegaron a la orilla y nos empujaron fuera de la playa. Nos refugiamos en un bar cercano, estábamos empapados y helados, el viento y el agua se habían llevado todas nuestras cosas, excepto la cámara de fotos de mi padre que seguía colgando del cuello de mi amigo. El dueño del bar nos ofreció un vaso de leche caliente y un par de toallas en las que envolvieron al bebé que no cesaba de llorar, incluso les prestó dinero para el autobús. La galerna desapareció tan rápidamente como había llegado e iniciamos el viaje de vuelta. Llegamos al atardecer, cabizbajos y en bañador, recorrimos avergonzados las pocas calles que separaban la estación de autobuses de nuestras casas. Esa noche escuché discutir a mis padres como jamás lo habían hecho ni lo volverían a hacer a lo largo de su vida. Ya no volví a ver a mi amigo. Días después oí que su hermana pequeña había muerto de neumonía, al poco tiempo el padre pidió un traslado en el banco en el que trabajaba y se marcharon de la ciudad. Nunca volví a saber de ellos.

En la mente de Irene iban apareciendo recuerdos que hasta aquel entonces habían permanecido enterrados en la más profunda oscuridad. Ella tenía ya seis años cuando aquello sucedió, edad más que suficiente para recordar un hecho tan traumático como aquel, pero por alguna razón su memoria había decidido esconder en lo más profundo toda su vida en aquel lugar.

Se despertó descansada, pero sobre todo con la sensación de haberse quitado una gran carga de encima, un enorme peso que arrastraba con ella desde que tenía uso de razón y que había considerado parte inseparable de su ser.

Apenas recordaba el viaje de vuelta a su casa, aunque no era de extrañar, su cabeza había tardado horas en asimilar la información recibida, fueron demasiados recuerdos los que aparecieron en tan poco tiempo. Pero había merecido la pena.

Después de toda una vida, podía decir que comprendía a su madre. Su tristeza eterna, se debía sin duda a la pérdida de su hija pequeña, pero sobre todo al sentimiento de culpabilidad que la atormentaba cada minuto por sentirse responsable de su muerte. Ahora veía claramente que el modelo de moral que pretendió ser en vida, no era más que una fachada tras la cual esconder aquella debilidad de juventud que le acarreó tan funesta consecuencia. Ella misma se impuso como penitencia del que consideraba su mayor pecado, el alejamiento del gran amor de su vida.

Para su padre, un hombre frágil, aquel suceso le había marcado la existencia, además de perder a su hija pequeña había sido consciente de que el amor de su mujer iba dirigido a otro hombre. Fue incapaz de superar aquello y decidió tomar la salida más fácil, o quizá la más difícil, quién sabe, todo depende de cómo se mire.

Irene sentía que ahora todas las piezas de su vida encajaban como debían. Por fin comprendía a sus padres, a los dos. Con eso no quería decir que estuviese de acuerdo con ellos ni con las decisiones que habían tomado, porque nunca lo estaría. Pero ahora,  por fin, era capaz de perdonarles desde el fondo de su corazón.

Como cada atardecer durante los últimos meses, Irene se encontraba en casa de su madre, sentada en el suelo y dispuesta a ensimismarse en el cuadro que tenía enfrente, quería abstraerse de todo lo que no fuesen esas anémonas azules y su copa de vino. Pero aquella tarde era incapaz de concentrarse en el cuadro, su mente volaba libre hacia aquellas otras anémonas pintadas en el mueble de Ignacio y buscaba junto a ellas unos ojos pardos en los que poder perderse eternamente.

El sonido del teléfono la sobresaltó. Miró la pantalla del móvil y observó como el nombre de Carlos Posada brillaba en la penumbra de la habitación.

Y una gran sonrisa iluminó su cara.



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