Este certamen consiste en continuar la historia propuesta e iniciada por los autores.
Dos anémonas azules
Esther Zorrozua
Llevaba un buen rato merodeando por la zona sin decidirse.
Era un sábado de octubre. Hacía un calor inusual para la época del año. Habían
caído cuatro gotas gordas que dejaron el aire de un color sucio, con vaharadas intermitentes
de fondo de cueva en la que los hongos aprovechan el silencio y la oscuridad
para medrar a su gusto. La tarde se fugaba de puntillas en una carrera
sigilosa, antes de que los habitantes de la ciudad lo notaran.
De vez en cuando hacía tintinear las llaves en el bolsillo
como quien rasguea las cuerdas de una guitarra que ha perdido el don de los
acordes. El contacto frío del metal no acababa de convencerle. En realidad, no
quería volver a aquella casa en la que no había sido feliz. Pero tenía que ir.
Su madre había fallecido una semana antes en el hospital. El desenlace se había
producido de manera rápida y urgente, con las prisas que suponen una llamada
atropellada al 112, la llegada de la ambulancia, los camilleros que manipulan
el cuerpo con pericia, la búsqueda nerviosa de la documentación más inmediata y
cerrar la puerta sin mirar atrás para seguir al furgón que se abre paso entre
el tráfico de hora punta a golpe de sirena. Después, la entrevista con la
asistente social, el certificado de defunción, la funeraria, el funeral, el
estupor y la nada. Todo ello a un ritmo vertiginoso, como el descenso por un
tobogán altísimo de pendiente muy pronunciada. Sin tiempo para pensar ni para
tomar aire.
Pero ahora, una semana después, resultaba inevitable volver
para una limpieza de emergencia. Retirar las sábanas de aquella cama que
recibió los últimos estertores de su madre, vaciar el frigorífico y todos los
restos de comida que pudiesen quedar en los armarios, la fruta en el frutero.
Terminar con todo signo de vida ahora que la inquilina se había ausentado.
Irene suspiró hondo, apretó las llaves dentro del bolsillo hasta hacerse daño
en la mano y encaró lo inevitable.
Llegó frente al portal, introdujo la llave, la hizo girar y
empujó la enorme puerta de hierro, tan pesada como la de un castillo medieval,
con un muelle tan tenaz como una máquina de tortura. La asociación no era
gratuita. Recordaba haberse pillado el dedo meñique cuando tenía siete años por
no haber retirado la mano a tiempo. Un dolor insoportable, frío y calor
intensos y simultáneos, sensación de mareo, necesidad perentoria de gritar e
impotencia. Alguien, no sabía quién, se le había nublado la vista, abrió la
puerta y liberó su dedo. La primera falange colgaba sin voluntad como el lagrimón
blando de una vela. Hubo que entablillar el dedo, la uña se volvió morada,
luego negra y terminó por caerse. Fue un proceso largo y doloroso en que el más
mínimo roce suponía un tormento. Todos los niños sufren terrores nocturnos.
Durante su infancia, aquella puerta se convirtió en un monstruo con vida propia
que la acechaba en cuanto se descuidaba. Pero no se refería solo a ese episodio
al estimar que su vida en esa casa no había sido feliz.
Tomó el ascensor y pulsó el cuarto. Ya frente a la puerta del
piso, introdujo la llave de seguridad, aquella llave que tenía truco porque
desde el principio funcionó mal y, para hacerla girar, había que estirar del
pomo hacia fuera con fuerza para que los engranajes se insertasen en sus goznes
y permitieran abrir. Se oyó el clic, luego dos vueltas y la puerta cedió. Irene
suspiró hondo otra vez, se limpió disciplinadamente las suelas de los zapatos
sobre el felpudo y entró.
Estaba oscuro, ya casi había anochecido. Antes de pulsar el
interruptor de la luz, aspiró el aire cerrando los ojos un momento. Cada casa
tiene su olor, no hay dos casas que huelan igual y uno puede percibir los
olores de todas las casas excepto el de la suya propia. Es uno de esos
misterios sin resolver que ocupan nuestra mente durante un momento, nos hacen
levantar las cejas con gesto de perplejidad y pasamos a otra cosa sin que la
observación interfiera con lo siguiente.
Aquella casa, como todas, tenía su olor. A Irene le gustaba
pensar que no era solo fruto de la destilación de los guisos, los productos de
limpieza utilizados, los efluvios de los habitantes y las partículas de polvo
en suspensión, sino que entre los ingredientes también se incorporaban las
palabras y hasta los pensamientos y sentimientos de todos los que alguna vez
compartieron aquel espacio. Por eso resultaba tan difícil de definir aquel
tufillo entre dulzón y acre, con notas de flores secas y resabios de incienso.
Encendió la luz. La araña del recibidor se iluminó para dar
cuerpo y volumen al entorno tan familiar desde su infancia. Irene se sintió
rara entrando ahora sola en aquella casa en la que su madre no lo volvería a
hacer. Avanzó por el pasillo con cuidado, sin hacer ruido, para no despertar a
los fantasmas que estaba segura de que dormitaban en las esquinas esperando poner
de pie escenas y momentos que era mejor olvidar. Se detuvo ante la habitación
de su madre y encendió la lámpara. No había otro remedio: se le fueron los ojos
a las sábanas revueltas de la cama.
Si un artista hubiese buscado representar la urgencia y el
apremio del momento vivido, no hubiera conseguido un efecto tan plástico. Irene
suspiró hondo por tercera vez, era un gesto aparentemente inútil que le servía
para ir asumiendo la nueva etapa. Le dio la impresión de que el aire estaba
especialmente enrarecido allí. Abrió la ventana de par en par, retiró y dobló
la manta, hizo un hatillo con las sábanas y las metió en una bolsa de basura.
Dejó el colchón desnudo, apagó la luz y se dirigió a la cocina.
Llevaba un buen rato desechando alimentos caducados, tarros
vacíos, recipientes con sustancias difíciles de identificar, cuando sonó el
timbre de la puerta. Sintió cierto fastidio. Le había costado decidirse y
quería acabar con aquello de una vez. Si le interrumpían ahora, a saber cuándo
volvería a reunir las fuerzas. Se incorporó de mala gana y fue a abrir.
En el umbral encontró a un mensajero que portaba un paquete
plano, grande y apaisado. Venía a hacer una entrega.
—¿Vive aquí Anunciación Ledesma?
—Vivía, sí; pero murió…
—Es un envío a portes pagados. ¿Podría firmarme usted el
recibo?
—Es que…, ya le he dicho que murió —el repartidor cambió el
peso de una pierna a otra con un gesto de cansancio.
—Mire, si me voy ahora, le llamarán a usted de mi empresa,
intercambiará información con el encargado y, después de muchos sí pero no,
usted terminará por aceptar el envío y yo tendré que volver otra vez. Siempre
pasa lo mismo. Usted verá, pero nos podríamos ahorrar un viaje —Irene dudaba—.
Oiga, que no es un paquete bomba; no es más que un cuadro.
—¿De dónde viene? —el mensajero ladeó el paquete y miró el
remite.
—De Oviedo —ella todavía tardó unos segundos en decidirse.
—Está bien. Deme que le firme —firmó el resguardo, recogió
el paquete, despidió al repartidor y cerró la puerta.
Lo llevó a la sala de estar y le quitó el envoltorio. En efecto,
era un cuadro de formato más bien grande. Un óleo, ¿o un acrílico?, ella no
dominaba las técnicas pictóricas. Prevalecían los tonos azules. De hecho,
parecía un fondo marino con unas criaturas llenas de tentáculos. En el extremo
inferior derecho, con pintura roja y trazo inclinado, Ignacio P. Examinó la parte
posterior del lienzo por si traía alguna nota. Nada. Volvió a mirar el
envoltorio y buscó el remite: Ignacio Posada, Calle Covadonga nº 23, 6º, 33002
Oviedo.
El nombre y la dirección no le indicaron nada. Habían vivido
en Oviedo unos años, cuando ella era muy pequeña y la empresa trasladaba a su
padre cada cierto tiempo, pero hacía de eso más de cuarenta años. Todos los
contactos se habían perdido, o eso creía Irene. Volvió a contemplar el cuadro.
De pronto, sintió la necesidad de tomarse un respiro y dedicar a aquel asunto
el tiempo que requería.
Sin muchas esperanzas, buscó en los armarios bajos de la
cocina. A veces, su madre guardaba cosas interesantes mezcladas con un montón
de morralla. Tuvo suerte. Muy al fondo, encontró una botella de vino. Era un
Pesquera Reserva de 2005 ¡Hmmm! Localizó el sacacorchos y se hizo con una copa
de cristal fino. No podía cometer la irreverencia de beber un vino así en un
vaso de vidrio. Descorchó la botella junto a la fregadera, aspiró su aroma,
vertió por el desagüe las primeras gotas y se sirvió media copa. En la sala,
colocó el cuadro de pie contra la pared y se sentó en frente, en postura de
yoga, con la copa en la mano.
Quién sería Ignacio. Por qué le enviaba a su madre aquel
cuadro con un paisaje extraído del fondo del mar. El vino estaba para morirse.
Retuvo un sorbo en la boca, lo paladeó y lo fue tragando poco a poco,
disfrutando de cada gota. No tenía claro si aquello del cuadro eran animales o
plantas. Se estiró hasta alcanzar el bolso, sacó el móvil y le hizo una foto.
Cuando llegase a su casa, miraría en Internet.
Cogió de nuevo el envoltorio y rasgó con la mano el trozo en
que figuraba el remite. Lo dobló y volvió a guardar en el bolso el móvil y el
trozo de papel. ¿Tenía su madre una aventura con el tal Ignacio? ¿A su edad?
¿La había tenido en el pasado? Se quedó con los ojos fijos en el cuadro
esperando que éste le diese alguna pista hasta que terminó la copa, pero no
ocurrió nada. Aquellas criaturas abisales llenas de patas habían quedado congeladas
en el fondo marino.
Recogió
todo lo que había considerado que debía ir a la basura, lo metió en dos bolsas
y abandonó la casa cerrando con dos vueltas de llave. En el contenedor más
próximo quedaron los restos orgánicos y el hatillo de sábanas desechadas
Irene
no era la misma que cuando entró. Entonces iba llena de aprensión; ahora la
dominaba la curiosidad. Su madre había sido siempre muy rígida con ella.
Implícitamente, se había puesto a menudo como modelo de moral y buenas costumbres.
Resultaría paradójico y extravagante que hubiese estado ocultando una historia
secreta. Porque si no, qué otra explicación cabía.
Esa noche, Google que todo lo sabe le informó que el motivo
del cuadro eran anémonas marinas, que “son consideradas las flores del mar y
aunque parecen plantas, son animales invertebrados que se adhieren a las rocas
y corales. Las anémonas tienen una boca central rodeada de tentáculos, éstos contienen
unas células llamadas nematocistos que paralizan a los pequeños animales
marinos que pasan cerca y los empujan con sus tentáculos hacia la boca para
alimentarse de ellos”. La información continuaba durante cuatro o cinco
páginas, acompañada de imágenes a color en distintas fases o distintos momentos
de su actividad. Bueno, pues éstas eran dos anémonas azules. ¿Podía tener eso
algún significado oculto? Tal vez representaban a alguien. Quizá se
representaban a ellos mismos.
Irene volvió varias veces a casa de su madre, aquella casa a
la que ésta nunca regresaría. Una casa con historia en la que la recién
fallecida había vivido casi cincuenta años, en la que Irene no había sido feliz
y su madre puede que tampoco. La casa de aspecto corriente que seguramente
escondía voces y sombras de escenas que se procuran olvidar porque su simple
evocación recorre la espina dorsal como una descarga eléctrica. Aquella casa
que tenía su propio olor, como todas, un olor entre dulzón y acre, con resabios
de flores secas y de incienso.
Cada vez que iba, repartía el tiempo entre reunir cosas que
había que ir tirando y sentarse a contemplar el cuadro de las dos anémonas
azules. Y cada vez que se colocaba ante el lienzo, lo hacía acompañada por una
copa de vino. No sabía qué haría cuando se terminase la botella. Las anémonas
seguían mudas. Las contemplaba con terquedad, esperando contra todo pronóstico
que su fuerza de voluntad les insuflase al menos una ilusión de movimiento.
El día que se acabó la botella, Irene descolgó el teléfono y
marcó un número. Sonó doce veces al otro lado sin que nadie contestara. Luego,
se cortó la línea. Repitió la operación dos días más con idéntico resultado.
Llamó a la compañía telefónica para hacer la comprobación. El número era
correcto, le dijeron.
No podían añadir ninguna otra información. Se quedó desconcertada.
Oviedo no estaba tan lejos, pero debía decidir si quedaba
justificado el viaje con tan pocos indicios. No tenía ni idea de con qué o con
quién se iba a encontrar. Volvió a sentarse frente al cuadro. No le quedaba
vino y eso la desasosegaba. Se había convertido en una costumbre escudriñar las
formas y los colores de la tela al tiempo que paladeaba a sorbos el contenido
de la copa. Se diría que ya no concebía ambas cosas por separado.
Analizó con detenimiento la firma, demasiado esquinada, muy
abajo y muy a la derecha. Ignacio P. El punto casi escapando del lienzo.
¿Falta de seguridad? Pero el color era de un rojo encendido, casi
exhibicionista. En cambio el pincel tenía un trazo muy fino, como si hubiese
pasado por la tela sin pretender dejar una huella excesiva. Caracteres sueltos,
pero estilizados. Las iniciales, la I y la P, eran casi tres veces más altas
que el resto de las letras, en un intento de darse impulso para salir del fondo
a la superficie para tomar aire. ¡Qué estupidez! Ella no tenía ni idea de
grafología. Se trataba de conjeturas infundadas.
Se puso en pie y estiró los músculos sin desviar la vista del
cuadro. La tenía enganchada. No el cuadro mismo, sino la historia que podía
esconderse detrás. Se descubrió repasando una película con imágenes de su madre
y tratando de desentrañar algún instante en que se delatara. Era inútil. Si
hubiese tenido algo que esconder, jamás se hubiese descuidado. Buena era ella.
También podía olvidarse del asunto. Una vez hecha la selección
de lo que había que tirar y lo que pensaba quedarse, pocas cosas en realidad,
algunas fotos y poco más, llamaría a una de esas empresas que vacían los pisos.
¡Que se llevasen ellos las dos malditas anémonas azules! Para qué dedicarles
más tiempo.
Pero no era tan sencillo. Irene no podía pasar por alto la
fiscalización a la que había sido sometida hasta hacía unas semanas en nombre
de unas normas y costumbres que quizá la propia legisladora se había saltado a
la torera. Si era así, tenía que saberlo. No era lo mismo haber vivido bajo la
férula de una fundamentalista que bajo el yugo de una impostora. Ya estaba
muerta, sí, y nada podía cambiar. Pero Irene era de los que sostenían que
alguien no muere de verdad mientras se mantenga en la memoria de los vivos. Y
no significaba lo mismo recordarla de una manera que de otra.
Compró otra botella de vino idéntica y dedicó varias tardes a
la semana a marcar el número que nunca respondía y a contemplar el cuadro de
las anémonas azules mientras paladeaba su dosis de buen vino. Hasta que un día,
al otro lado de la línea, alguien descolgó el auricular.
—Mi padre murió inesperadamente hace poco más de un mes. Era
pintor, no muy famoso, pero con cierta proyección aquí, en Asturias. Dejó el
cuadro embalado y con la dirección escrita, listo para ser enviado. No nos
dimos cuenta hasta pasado un tiempo, cuando empezamos a ordenar sus cosas. Yo
no conocía de nada a la destinataria, pero parecía todo tan premeditado que
realicé el envío. Supongo que es lo que él hubiera hecho de haber vivido un
poco más.
—¿Qué día falleció su padre, exactamente?
—El 29 de septiembre.
—Igual que mi madre. ¿Existen las casualidades?
—Yo prefiero llamarlas coincidencias. Ocurren y ya está. Por
cierto, ¿qué representa el cuadro que ha recibido?
—Dos anémonas azules.
—¿Está segura? ¿Lleva título?
—No, pero he hecho mis averiguaciones en Internet. Son
anémonas, eso seguro, y son de color azul.
—Es muy extraño. Él nunca pintó motivos marinos. Era retratista.
Recuerdo que mi madre le pidió durante años que le pintase una marina. Estaba
un poco harta de tener tanta gente que le miraba desde las paredes, espiándola,
decía ella. Pero él jamás mostró interés. Le daba largas y, por fin, se fue sin
darle ese gusto.
—¿Vive su madre aún?
—No, ella falleció hace doce años. Se cansó de esperar.
—¿Le parece que las anémonas pueden tener algún sentido
simbólico?
—¡Qué va! Era un pintor realista. Pintaba lo que veía —en
este punto, a Irene le pareció que su interlocutor se comportaba de una forma
cerril. Cualquiera que haya tenido un mínimo contacto con el arte sabe que un
pintor nunca reproduce con exactitud lo que ve; siempre interpreta; de otra
manera, no sería arte lo que hace. Pero el hijo de Ignacio Posada debía de
tener el cerebro más cuadriculado que una hoja de cálculo de Excel. No llegaría
a ningún lado por ese camino, así que intentó otra vía que pudiera tentarle
más:
—Yo no puedo quedarme con el cuadro sin saber qué relación
existía entre ellos. No sé tampoco si se trataba de un encargo, si estaba
pagado, si le debo algo. Le propongo que mire despacio entre sus papeles. Yo
haré lo mismo y dentro de un tiempo contactaremos de nuevo para ver si hemos
encontrado algo. ¿Está de acuerdo?
A Carlos Posada le pareció bien. Irene se empleó a fondo. Su
madre había sido de esas personas que lo guardaban todo “por si algún día lo
pudiera necesitar”. En los últimos tiempos incluso había llegado a rozar el
síndrome de Diógenes. Claro que era de esperar que si escondía alguna historia
más personal, hubiese sido más discreta. Pero eso solo significaba que lo habría
escondido mejor, no que lo hubiese destruido.
Salieron a la luz papeles anodinos de toda clase: presupuestos,
facturas, informes médicos, recetas de cocina, patrones de corte y confección…
y al fondo de una caja, entre calendarios antiguos y postales enviadas en
vacaciones por gente que Irene desconocía, dos billetes de autobús con Oviedo
como destino: uno fechado en 2006 y otro en 2008. Eran viajes de los que Irene
no había tenido noticia, viajes que su madre había realizado en secreto.
Siguió revisando, buscó con denuedo un fajo de cartas. Quizá
no atadas con un lazo de seda, sino sujetas por una goma elástica. O en todo
caso, alguna carta suelta. Encontró felicitaciones de navidad, cartas de ella y
de sus hermanos enviadas desde alejados campamentos de verano, incluso un
aviso de desahucio recibido en 1967 del que los pequeños no llegaron a
enterarse. Las casas que los muertos han tenido que abandonar con premura
guardan muchas sorpresas. Pero ni una sola nota que la vinculara con Ignacio
Posada, de Oviedo, excepto los billetes.
Un mes más tarde, cuando ya no lo esperaba, recibió una
llamada de Carlos Posada, aquel tipo que, por alguna razón, Irene imaginaba
frío como un pez e insensible como un mojón de carretera.
(…)
MI APORTACIÓN
DOS ANÉMONAS AZULES
El sonido del
teléfono la sobresaltó. Como cada atardecer de los últimos dos meses se
encontraba en casa de su madre, sentada en el suelo y ensimismada en el cuadro
que tenía enfrente, abstraída de todo lo que no fuesen esas anémonas azules y
su copa de vino. Lo había mirado tantas veces que sabía de memoria cada
pincelada dada en ese lienzo aparecido en su vida poco después de que su madre,
a quien iba destinado, desapareciese de ella.
Había estudiado el cuadro hasta la
saciedad. Lo había examinado detenidamente durante horas acompañada de aquella
copa de vino, Pesquera Reserva de 2005,
indispensable para ese momento. Había buscado en Google, que todo lo encuentra,
que significado podía tener ese cuadro, y ello sólo la había aportado una mayor
confusión a su cabeza:
Anémona, la flor que significa abandono;
Azul, el color del cielo y el mar que expresa
confianza, armonía, fidelidad y amor.
Había sido incapaz de llegar a ninguna
conclusión. Si hubiera tenido con quien compartir sus inquietudes quizá el peso
que sentía hubiese sido más liviano, pero estaba sola, no tenía con quien
compartir sus pensamientos. Era en momentos así cuando más echaba de menos al
hermano perdido diez años atrás, y a su hermana pequeña, aquella que apenas
recuerda en el fondo de su memoria pero que sabe que existió, aunque de eso
hacía ya toda una vida.
Había buscado y rebuscado entre las cosas
de su madre una pista que le indicara quien era aquel Ignacio Posada que había
estampado su nombre, rojo pasión, en aquel lienzo. Necesitaba saber que
relación había mantenido con su madre para obsequiarla con aquel cuadro y por qué ella no había oído
nunca hablar de él, a pesar de haber descubierto que le había visitado en
Oviedo unos años antes.
Miró la pantalla del
móvil y observó como el nombre de Carlos Posada brillaba en la penumbra de la
habitación. Hacía ya un mes que había hablado con él, en un intento de
comprender el sentido de ese cuadro que la atraía irremediablemente. Dudó por
un instante si coger el teléfono a aquel hombre, que su mente se empeñaba en
calificar frío como un pez e
insensible como un mojón de carretera, o seguir abstraída en
aquellas pinceladas.
- Hace días que quería llamarte –balbuceaba
Carlos desde el otro lado de la línea telefónica- pero no sabía muy bien como explicar
lo que he encontrado. Ni siquiera ahora sé muy bien como hacerlo. Es
complicado. Lo primero que me gustaría que comprendieses, es que mi padre era
un hombre entregado a su familia. Siempre estuvo atento a mi madre y a mí.
Quizá la alegría no fuese lo que distinguía su matrimonio, pero siempre pensé
que eran felices a su manera. Al principio pensé que no era nada especial...,
las cartas no tienen remite..., ni nombre en la firma..., podían ser de
cualquier admiradora de su obra..., ya sabes..., los artistas a
veces...,pero....
- Por favor Carlos, -le cortó Irene- vete al
grano que me estás poniendo nerviosa. ¿Qué es lo que has encontrado?
- Verás..., es como otra vida..., una vida paralela..., no sabía como
tomarlo..., pero después encontré los billetes a Bilbao..., y pensé en ti,
bueno, en tu madre quiero decir.
Irene se quedó muda por un instante, sus
pensamientos eran ciertos, había algo que unía a su madre y a aquel pintor,
Ignacio. En el fondo pensaba que soñaba despierta cuando pensaba en que su
madre había tenido una vida oculta, pero por primera vez se dio cuenta de que
era algo completamente real. En ese mismo momento tomó la decisión de hacer el
viaje a Oviedo.
Eso había ocurrido tan sólo dos noches
antes, dos noches con un día en medio en los que apenas había descansado,
treinta y seis horas en las que su cabeza no dejó de elucubrar sobre la vida de
su madre, y sobre todo en como esos hechos, que a pesar de no tener un
fundamento pleno comenzaban a perfilarse como ciertos, habían influido en su
propia vida.
Con la cabeza apoyada
en el respaldo de su asiento, Irene, miraba por la ventana, sin ver el paisaje
que corría ante sus ojos a la máxima la velocidad permitida por las señales
viales. El verde panorama que ofrecía el viaje de Bilbao a Oviedo en autobús no
conseguía llegar a su cerebro, ocupado como estaba en intentar asimilar la
información recibida dos días antes. Pero no
era tan sencillo. Le costaba entender que su madre, esa mujer
rígida que se había mostrado ante
ella como modelo de moral y buenas costumbres, y a la que se
sintió sometida hasta hacía tan sólo unas semanas, hubiese estado ocultando una historia secreta. Si era así
resultaría paradójico y extravagante. No era lo mismo haber vivido bajo la
férula de una fundamentalista que bajo el yugo de una impostora.
Tenía
que averiguar como su madre llegó a ser el amor imposible de un
hombre, ¡el deseo oculto e inconfesable de un artista, nada menos!. Estaba
claro que ningún hijo es capaz de ver a su madre como un ser sexual capaz de
desprender pasiones en un hombre. Se olvidan de las múltiples facetas que pasa
una madre a lo largo de su vida. Una madre también es hija, esposa, amante,
confidente, amiga..., pero sobre todo, e ininterrumpidamente, siempre es mujer,
una mujer con necesidades propias y deseos terrenales. Los hijos, siempre tan
egoístas, se centran tan sólo en su papel hacia ellos y no ven más allá. Por
eso Irene necesitaba saber que historia era esa que su madre la había ocultado
y que parecía remontarse a casi medio siglo atrás.
Lo distinguió en cuanto le vio, no tuvo
ninguna duda, destacaba serio y taciturno entre todas las demás personas que
alegres esperaban, en la estación de autobuses, la llegada de sus seres
queridos. Se acercó a él y se presentó extendiendo su mano. Un gesto de
perplejidad apareció en la mirada de Carlos durante un instante, pero se
sobrepuso rápidamente y la devolvió el saludo educadamente.
Carlos, solícito, llevaba la pequeña
maleta con ruedas de Irene mientras con las palabras imprescindibles le
mostraba el camino que debían seguir. Ella le observaba de soslayo. No se había
parado a pensar en que apariencia podía tener ese hombre, ni siquiera en la de
su progenitor al que estaba segura que unía lazos inconfesables con su madre.
Si lo hubiera hecho seguro que le hubiera imaginado como un ser anodino, un
hombre común y corriente, apocado, de los que pasan invisibles entre la gente y
desapercibidos por la vida de los demás; pensaría que sólo alguien parecido a
su padre habría podido conquistar el corazón de su madre. ¡Que ilusa se
sentía!. Sin embargo junto a ella veía un hombre maduro, apenas dos o tres años
mayor que ella; alto, moreno, con barba de unos cuantos días, descuidada; su
nariz era recta, sus labios carnosos y sus pardos ojos le daban un toque
sensual, era sin lugar a dudas un hombre sumamente atractivo y tentador.
Siguió escrutando los detalles de su
anatomía y se entretuvo en sus manos, sus dedos finos y largos llamaron
poderosamente su atención, eran manos de artista aunque por lo poco que sabía
sobre él estaba segura de que su conocimiento de la pintura era más bien
escaso. Sus reflexiones sobre Carlos duraron exactamente lo mismo que el
recorrido que la llevó a su hotel, donde dejó su pequeña maleta en consigna
negándose a perder un solo instante en instalarse, impaciente como estaba por
disipar sus dudas.
- Deberíamos tomar algo antes de subir. –decía Carlos-.
Revisar lo que encontré llevará un buen rato, en la casa ya no queda nada
comestible y hace horas que saliste de la tuya.
Irene aceptó a regañadientes. La
impaciencia la invadía pero no podía dejar de escuchar los rugidos de su
estómago, reclamando algo más que el café con leche que se había tomado cuando
se despertó a las seis de la mañana, habían pasado cinco horas desde aquello y
necesitaba algo sólido que apaciguase su vacío. En la misma cafetería del hotel
tomaron un chocolate caliente y unos deliciosos “carbayones” que Carlos
se encargó de pedir, fueron esos pasteles de almendra y yema con
una base de hojaldre y una cubierta de azúcar,
los que levantaron el ánimo de Irene y además les dio pie a comenzar una
conversación que, si bien fue bastante intrascendente, les sirvió para conocer
a grandes rasgos sus vidas.
Cuando entraron en el portal, un
estremecimiento recorrió el cuerpo de Irene. Era un lugar sombrío, no por lo
antiguo del inmueble si no porque para acceder a él debían atravesar un
estrecho pasillo junto a una tienda de ropa vaquera, que anunciaba en un gran
rótulo de vivos colores, el nuevo hombre en que se convertiría quien allí se
vistiera. El ascensor había conocido tiempos mejores según indicaba el fuerte
traqueteo que sonaba en su lento ascenso. Por fin, Carlos introdujo la llave en
la cerradura del piso que, tras dos vueltas, se abrió suavemente y con ella una
luz tenue alumbró la pequeña entrada. Irene aspiró el aire cerrando los ojos un momento. Aquella
casa, como todas, tenía su propio olor y bajo la intensidad creada por los
productos de limpieza usados recientemente, subsistía un tenue aroma a pintura
y diluyentes mezclado con otro, entre dulzón y acre, como notas de flores secas
y resabios de incienso que le recordaron a la casa de su madre. Pensó por un
momento que su madre había estado allí, que sus palabras, pensamientos y
sentimientos habían compartido aquel espacio y habían dejado parte de ella en
aquel lugar.
Se sacudió la cabeza alejando de ella esos pensamientos, al
fin y al cabo el olor a pintura era normal en la casa de un artista, y ese otro
tufillo que ella creía reconocer perfectamente podía ser olor a ancianidad y
muerte, un olor que seguro prevalecía en las casas de todos los ancianos y por
eso le resultaba tan difícil de definir. Su mente volvió a la entrada, que
a través de un largo pasillo desembocaba en una sala de estar, la única estancia
de la casa que tenía vistas a la calle. Allí, sobre una mesa de comedor situada
en un rincón, junto a la ventana, se encontraba la caja en la que Irene
esperaba encontrar las respuestas que necesitaba.
Carlos abrió la caja mientras murmuraba
algo sobre el orden cronológico que Irene apenas escucho de fondo debido al
retumbar que le producían los fuertes latidos de su corazón en las sienes. Ante
ella se mostraban sobres de diferentes tamaños, pero todos tenían en común el
tono amarillento que imprime el paso del tiempo. Carlos le extendió el más
pequeño, ella lo abrió y sacó de su interior un taco de billetes unidos por una
goma elástica; miró el primero de ellos sin soltarlo de su sujeción y observó
nerviosa el billete del ferrocarril de la Robla, aquel antiguo tren que
realizaba el trayecto entre León y Bilbao atravesando las provincias de
Palencia, Cantabria y Burgos y que estaba fechado en 1972.
Cada engranaje de la maquinaria del
cerebro de Irene se puso a trabajar febrilmente intentando situarse en aquel
año. Que curiosa es la memoria de las personas, hay momentos que se quedan
grabados en ella a fuego, que no se olvidan por mucho tiempo que pase y
saltando de uno a otro se pueden recordar muchas otras cosas. 1972 era el año
en que ella se pilló el dedo con la puerta del portal de la casa de su madre,
eso fue a primeros de año porque recordaba detalladamente ese momento, incluso
que llevaba puesto el abrigo verde que le habían traído los reyes magos poco
antes. Poco después, en la primavera, su padre abandonó la vida buscando un
descanso eterno que le alejara de discusiones, lágrimas y penas escondidas; ese
es otro de los momentos grabados a fuego en su memoria, el regreso del colegio
cogida de una mano de su hermano mientras con la otra movía aquella maletita de
imitación a piel que escondía sus libros escolares, y que se inmovilizó
repentinamente cuando la niña advirtió que su madre les esperaba en el portal de su casa con el
rostro ceniciento. El ocho de septiembre de ese mismo año estaba fechado el aviso
de desahucio que encontró entre los papeles de su madre y del que ella no llegó
a enterarse en su momento por lo que desconoce como su madre pudo hacerle
frente. Dudaba que su padre tuviese algún seguro de vida, y aunque así fuese,
era más dudoso todavía que este se hubiese abonado por un suicidio. Buscó la
fecha del billete, diez de
septiembre, ¿existen las casualidades?, se preguntó a si misma.
Quitó la goma elástica que abrazaba los
billetes y se dispuso a pasarlos uno a uno. No había ni un solo año en el que
no hubiera como mínimo un billete de transporte, de hecho en la mayoría de
ellos había dos e incluso en alguno hasta tres; primero del tren de la Robla, y
a partir de 1991, cuando este cesó de transportar viajeros, de una empresa de
autobuses que cubría el trayecto de Oviedo a Bilbao.
Irene cogió el siguiente sobre, y unas
fotografías en blanco y negro vieron la luz. La primera mostraba a dos mujeres
jóvenes y sonrientes que miraban a la cámara mientras sostenían en sus brazos
un niño de entre dos y tres años cada una de ellas, mientras un hombre que
miraba embelesado a una de ellas, sujetaba un cochecito de bebé. Carlos la
miraba en silencio esperando que Irene le comentara sus pensamientos, pero ella
era incapaz de articular palabra.
- La de la derecha es mi madre conmigo en brazos -comentó Carlos- la otra pareja
no se quien es, pero claro, esta foto tendrá más de cincuenta años.
- Yo diría que cuarenta y ocho exactamente -respondió Irene con un hilo de voz-
La del cochecito de capota estoy segura de que soy yo.
Carlos la miró sin pronunciar palabra,
observando como ella, con ojos húmedos y perdida en sus pensamientos, seguía
sin despegar la vista de esa fotografía. Después de un par de minutos, que le
parecieron una eternidad, ella siguió pasando las imágenes lentamente,
tomándose el tiempo necesario para que cada una de ellas quedara impresa en su
retina, no en vano eran parte de una vida de la que había sido testigo en su
más tierna infancia sin ser consciente de ello, la suya. El taco de imágenes
disminuía lentamente de sus manos mientras aumentaba en la mesa según las iba
pasando, hasta llegar a la última, una fotografía en la que por primera vez
aparecía Ignacio. Irene le observó detenidamente. No había duda de que Carlos
había sacado mucho de su padre, era un hombre realmente atractivo, de los que
cuando te los cruzas por la calle te vuelves inevitablemente para observarlo
por el simple placer de hacerlo.
La imagen mostraba lo que parecía ser una
familia feliz, un hombre y una mujer se bañaban en la orilla del mar, el agua
les llegaba un poco más arriba de la cintura y se salpicaban con ella
mutuamente, dos niños les miraban desde la orilla junto a un castillo de arena
con el que al parecer habían estado jugando, a muy poca distancia de ellos un
bebé descansaba sobre una toalla. A pesar de ser una foto en blanco y negro se
adivinaba un día caluroso y soleado, aunque al fondo, donde se apreciaba el
horizonte, se podía observar como el
cielo se estaba encapotando.
Irene se acercó más la fotografía, como
si quisiese introducirse en ella y formar parte de esa imagen idílica. Jamás
había visto una sonrisa así en su madre, parecía una joven feliz y enamorada.
El hombre tenía el mismo aspecto, incluso a través de la imagen parecía traspasar
el brillo que sus ojos desprendían al mirarla, pero ese hombre no era su padre,
era Ignacio. Observó los niños en la orilla, quien jugaba con ella no era su
hermano como había creído al principio sino Carlos, y el bebé de la toalla
estaba segura de que era su hermana, esa hermana a la que apenas recuerda en el
fondo de su memoria y de la que hasta ahora no había visto ninguna imagen.
- No recuerdo nada de todo esto, -dijo Irene con apenas un hilo de voz- me
reconozco en las imágenes, y reconozco a mi madre y a mi hermana pequeña, pero
no termino de entender la situación, es algo extraño, como si formásemos parte
de una película.
Irene levantó sus húmedos ojos y miró a
Carlos en una muda pregunta. Él bajó los suyos avergonzado, como si el que
salpicaba con el agua a su madre no fuese su padre, sino él mismo, abrió la
boca en un intento de hablar, pero las palabras no salieron de su boca.
- ¿Dónde estaba mi padre?, ¿y tu madre?, ¿quién sacó esta foto?, ¿en que lugar?-
preguntaba Irene sin querer ser consciente de los recuerdos que aquella imagen
comenzaba a despertar en el fondo de su mente.
Carlos, intentando consolarla, la acercó
suavemente hasta su pecho donde ella encontró el cobijo necesario para que sus
contenidos sentimientos se desbordaran. Irene lloró desconsoladamente durante
varios minutos; las lágrimas, incontrolables, salían del fondo de su alma y
parecían no tener fin. Poco a poco se fue calmando y volvió a la realidad del
momento. Lentamente separó su cara de la camisa de Carlos en la que había
dejado impresos húmedos rastros de rimel y maquillaje. Irene, azorada por un
comportamiento tan impropio en ella, intentó disculparse con él, pero Carlos le
restó importancia rápidamente y le propuso salir a tomar algo para relajarse,
ya habría ocasión al día siguiente de seguir revisando la caja.
Hasta entonces Irene no había sido
consciente del paso rápido del tiempo, miró por la ventana e incrédula observó
que comenzaba a oscurecer; sorprendida miró su reloj que indicaba casi las
siete de la tarde, llevaban horas en aquel piso; unas horas que habían pasado
sin que ella fuera consciente de ello, horas que le habían confirmado que su madre
tenía un pasado y en él no había sido el dechado de virtudes que presumía.
Cenaron en un restaurante cercano que
Carlos aseguró que le gustaría. Realmente acertó de pleno. La estrecha y
alargada zona de bar estaba ambientada como un barco, una goleta que hacía
honor a su nombre. El blanco y azul mar llenaba aquel espacio en el que las
puertas tenían las esquinas redondeadas simulando camarotes, y unas pequeñas
ventanas reproducían unos ojos de buey en los que perderse en un
relajante fondo marino. Al fondo unas estrechas escaleras les llevaron a un
amplio comedor, Irene observaba con detenimiento el esmero que habían puesto en
aquel local en el que los detalles estaban cuidados al máximo. Las paredes y
los abovedados techos estaban recubiertos de madera pintada de blanco, las
mesas dispuestas con manteles blancos y azules, las cortinas situadas
estratégicamente y sujetas con cuerdas, los focos del techo, e incluso la
entrada del aire acondicionado que asemejaba una escotilla, le inferían al
comedor un realismo embriagador. Estaba segura de que si cerraba los ojos
incluso podría sentir el vaivén de las olas meciéndola suavemente.
La cena estuvo a la altura del local,
unas “Croquetas
de la abuela” y un “Salmorejo con taquitos de jamón y aceite de arbequina” despertaron su
adormecido apetito, y una “Merluza del pinchu a la sidra” terminó de saciarlo, hasta tal punto que cambió el postre por
otra copa de vino tinto que degustó mientras contaba a Carlos los pormenores de
su vida.
- Los primeros recuerdos de mi infancia se
remontan a los siete años, hacía poco
que nos habíamos trasladado a Bilbao por el trabajo de mi padre, director de
una sucursal bancaria. Vivíamos en la Gran Vía, en un edificio antiguo y con
gran solera, el portal tenía, y tiene todavía, una enorme puerta de hierro muy pesada, con la que me pillé el dedo
meñique a los siete años y que desde entonces siempre vi como una máquina de
tortura que debía sortear cada día para entrar en aquel piso con altos techos y enormes ventanales que daban a la
calle. A pesar de ser un cuarto piso el aspecto de la casa siempre fue triste y
lúgubre, unos gruesos cortinones, que siempre estaban cerrados, no dejaban
pasar apenas la luz del día y ni siquiera en el más soleado de los veranos el
color hacía gala de asomar.
Mi padre era un
hombre taciturno, cada día cuando salía de la oficina volvía a casa y comíamos
todos juntos en un silencio sólo roto por las regañinas de mi madre intentando
que nos sentáramos correctamente a la mesa. Después se metía en su pequeño
despacho y no volvíamos a verle hasta la hora de la cena tras la cual se
acostaba. Mi madre siempre fue una mujer muy
rígida, se mostraba ante nosotros como un modelo de moral y buenas costumbres
al que debíamos imitar. Jamás vi un gesto de amor entre ellos, apenas hablaban,
tan sólo sorprendí alguna vez a mi padre mirándola con una pena infinita en los
ojos. Pero eso no duró mucho tiempo, mi padre se suicidó pocos meses después,
su cuerpo apareció en la ría flotando y mi madre jamás volvió a mencionarlo.
Con el tiempo pasó a ser un lejano y borroso recuerdo.
Así fue como crecimos mi hermano y yo,
en un hogar oscuro del que intentamos salir en cuanto se nos presentó la oportunidad. Mi hermano
emigró a Inglaterra durante la crisis de los años ochenta y desde entonces
apenas volvimos a saber de él, tan sólo que se ganaba la vida bastante bien
tocando con un grupo en locales nocturnos, hasta que hace diez años nos
comunicaron que había fallecido en un accidente de tráfico. Yo me casé siendo
apenas una adolescente, creí que era mi liberación, sin embargo me metí en una
cárcel dorada de la que me costó muchísimo más salir. También tuve una hermana,
ni siquiera la recuerdo, pero mi hermano dos años mayor que yo,
hablaba a veces de ella a escondidas; murió siendo un bebé y siempre tuve el
convencimiento de que ese fue el motivo de que en mi casa reinara eternamente
la tristeza.
Carlos la miraba sin pronunciar palabra,
escuchaba en silencio la historia de Irene y con ella iba recomponiendo un
puzzle del que había ido perdiendo las piezas con el paso de la vida, aunque ni
siquiera había sido consciente de que estuviese incompleto hasta ese momento.
Esa noche Irene durmió profundamente, la
vigilia de las dos noches anteriores y la intensidad de las emociones vividas
ese día habían hecho mella en ella y en su cansado cuerpo. Con un nuevo ánimo
se dispuso a terminar de leer las cartas que tan cuidadosamente había guardado
Ignacio todos aquellos años. Todavía sentía punzadas de vergüenza al inmiscuirse
en esas vidas ajenas, pero estaba segura de que a los muertos no les importaría
demasiado y a ella se le tranquilizaría su espíritu al conocer por fin la
verdad.
La mañana pasó entre palabras escritas con aquella
letra tan conocida para ella. Las cartas hablaban sobre todo de dolor, de
culpa, de pagar sus errores, de purgar sus pecados. No había duda, su madre no
dejó de ser jamás un dechado de virtudes y de buenos modales, ni siquiera sobre
papel sería capaz de hacer o decir algo impropio. Sin embargo aquella última
foto del día anterior seguía sin encajar en su mente.
Carlos le propuso comer allí mismo, así que pidió la
comida a un restaurante cercano y recogió aquella caja, que escondía en su
interior parte de unas vidas a las que ambos habían sido totalmente ajenos.
Dispuso la mesa y sacó del armario una botella de vino Pesquera Reserva de
2005, que Irene miró detenidamente.
- Esta misma botella la encontré en casa de mi madre, al
fondo de un armario, llena de polvo, como si llevase mucho tiempo allí
esperando que alguien la reclamase
-comentó Irene en voz baja- ¿existen las casualidades?
- En este caso creo que no Irene, este era el vino
preferido de mi padre, siempre tenía alguna botella guardada, dispuesta para
poder celebrar cualquier cosa en cualquier momento. -respondió Carlos- Yo le
encontré cuando murió, estaba recostado en un sillón de su estudio y en la mesa
junto a él se encontraba una copa de este vino. Recuerdo haberme preguntado que
es lo que estaría celebrando. Creo que ahora ya lo se. Ven, acompáñame, hay
algo que quiero mostrarte.
Irene le siguió, salieron de la casa y subieron la escalera hacia lo que
ella imaginaba que sería el camarote. Carlos abrió una vieja y pequeña puerta y
el olor a pintura y diluyente escapó a través de ella.
- Yo era todavía un
niño -explicaba Carlos- pero recuerdo que mi madre solía enfadarse por el olor
a pintura que siempre reinaba en la casa,
así que mi padre compró todos los camarotes del edificio y los reformó
para montar aquí su estudio. Era su espacio privado, no le gustaba que
subiéramos aquí, nos decía que la concentración era imprescindible para él.
Nosotros siempre lo respetamos a pesar de que pasaba aquí la mayor parte del
día, incluso los últimos años en los que ya apenas pintaba, le solía encontrar
aquí sumido en sus pensamientos. Le encantaba este sitio, decía que este era
realmente su hogar, el lugar donde se encontraba bien consigo mismo. Y a mí me
encantaba sentarme junto a él, observar los cuadros y hablar de nimiedades.
Irene le escuchaba en silencio mientras
observaba aquel maravilloso estudio. Era una guardilla enorme, ocupaba toda la
planta del edificio, la falta de ventanas se suplía ampliamente con la cantidad
de claraboyas que, desde aquel techo con vigas de madera, mostraban un cielo
infinito por el que desfilaban blancas y algodonosas nubes. En la parte derecha
de la estancia se encontraban los útiles que cabía esperar: varios caballetes,
estanterías llenas de pinturas, diluyentes, fijadores, útiles de limpieza,
pinceles de diversos tipos y grosores, espátulas, paletas y un sin fin de
artículos desconocidos para ella. En el centro una estantería baja y sin fondo
albergaba libros de pintura en su interior mientras soportaba diversos jarrones
de cristal adornados con una sola flor. La parte derecha era completamente
diferente, las paredes inmaculadamente blancas al igual que la alfombra de
largo pelo, a uno de los lados dos grandes sillones de cuero con reposapiés
invitaban al descanso, junto a ellos un pequeño armario de madera hacía las
veces de mesa y dejaba entrever en su interior unas botellas de vino y dos
grandes copas de cristal; enfrente varios cuadros colgaban de la pared,
retratos que mostraban el paso de los años por una mujer bonita aunque sin
pretensiones, intercalados con los de un niño avanzando por la vida.
Irene observaba los cuadros detenidamente,
las imágenes de Carlos y su madre llenaban gran parte de la pared. Se acercó
hacia un lienzo que reposaba solitario en una esquina pero sus pasos se
quedaron inmóviles a mitad de camino. Reconoció rápidamente los ojos que la
miraban desde aquel caballete, aquel rostro que la miraba era el
de su madre en juventud, el largo cabello azabache enmarcaba su tez
morena y sus verdes ojos brillaban con una alegría tan sólo comparable a su
gran sonrisa. Hasta ese momento no se había percatado de lo mucho que se
parecía físicamente a su progenitora, podía haber sido ella misma, veinte años
antes, quien estaba plasmada en aquel lienzo.
- Cuando te vi en la estación de autobuses me quedé impresionado,
por un momento pensé que tú eras la mujer del cuadro, pronto me di cuenta de mi
error, ese cuadro ha estado ahí toda mi vida que yo recuerde. Entonces, poco a
poco todo comenzó a encajar, pequeños retazos de momentos infantiles aparecieron
ante mi, y pronto se convirtieron en vívidas imágenes recorriendo mi mente.
Fíjate en esto. Hasta que murió mi padre no lo descubrí, la verdad es que fue
una casualidad que lo hiciera, y sobre todo una gran sorpresa.
Carlos hablaba sin cesar mientras servía
dos copas de vino del pequeño armario que separaba los sillones que les
acogían, entregó una a Irene y con la mano ya libre oprimió un pequeño botón
apenas visible en el costado de aquel mueble. La parte superior se liberó del
cierre que la contenía y mostró una superficie de terciopelo rojo en la que se
podían apreciar unas pequeñas marcas dejadas por las copas. Irene se quedó
maravillada con aquel mueble, sin embargo cuando se quedó completamente atónita
fue cuando al levantarse la tapa completamente, dejó al descubierto una réplica
exacta de aquel cuadro con el que todo había comenzado. Carlos comenzó a hablar
de nuevo.
- Durante mi infancia tenía un amigo inseparable. Mis padres y los
de él se llevaban muy bien por lo que pasábamos prácticamente todo el día
juntos, íbamos a la misma clase en el colegio, acudíamos juntos al
conservatorio de música.... La verdad es que nuestros padres se sentían mucho
más que amigos, ninguno tenía más familia que la formada por ellos mismos, y
quizá por eso pasábamos todas las fiestas juntos como si realmente lo fuésemos,
incluso cuando nació su hermana más pequeña, él y su otra hermana se quedaron
en mi casa los días que su madre permaneció en el hospital. Solíamos pasar las
tardes en un parque cercano, la mayoría de las veces era mi padre quien bajaba
conmigo, mi madre solía quedarse cosiendo los encargos que tenía. Mi amigo
siempre bajaba con su madre y sus hermanas, su padre trabajaba hasta tarde y
solía venir a recoger a su familia con una gran sonrisa. Con el tiempo, la
cercanía entre mi padre y su madre fue a más, a mí en aquel entonces no me
parecía nada raro porque era un niño, pero visto desde la perspectiva del
tiempo he de reconocer que cuanto menos era un tanto extraño. Con el paso de
los años comenzaron a llevarnos a lugares diferentes, a parques cada vez más
alejados de nuestras casas. Nosotros protestábamos porque no conocíamos a los
niños que los frecuentaban, pero ellos siempre nos decían que en la vida es
importante conocer gente nueva para poder elegir a quien queremos dejar
realmente formar parte de ella. -Irene escuchaba atentamente la historia que le
contaba Carlos sin tener ninguna duda de que su amigo inseparable había sido su
hermano- Un caluroso día de verano cogimos el autobús hacia Gijón. Desde que
nos habían dado las vacaciones en el colegio nos haban prometido una excursión
a la playa, fueron mi padre y su madre quienes se empeñaron en ir un día
laborable con la excusa de que los fines de semana el autobús estaría repleto y
en la playa no cabría ni un alfiler. Pasamos el día junto a la orilla, nos
sentíamos libres y felices, corríamos de un lado para otro intentando esquivar
las olas y jugábamos incansables haciendo castillos de arena. Pero quienes sin
duda más lo disfrutaron fueron nuestros padres que eran incapaces de dejar
sonreír mientras se miraban el uno al otro. Hacía rato que habíamos comido el
bocadillo, la hermana pequeña de mi amigo era tan sólo un bebé y dormía su
siesta placidamente tumbada en una toalla, nosotros dos y su hermana mediana
jugábamos con la arena mientras aguardábamos impacientes que pasaran las dos
horas imprescindibles de digestión, y
mi padre nadaba junto a su madre no muy lejos de la orilla. Rápidamente el
horizonte se volvió negro, la brisa marina aumentó con fuerza, la gente comenzó
a recoger sus cosas con prisa y pronto nos quedamos solos en la playa. Llamamos
a nuestros padres varias veces pero no nos oían, gritábamos lo que podíamos,
pero ellos chapoteaban en el mar como niños, se salpicaban, se hacían aguadillas
.... Mi amigo cogió la cámara de fotos de mi padre y quiso inmortalizar aquel
momento en el que el cielo se volvía negro en pleno día. Las olas comenzaron a
arreciar con fuerza, hasta tal punto que la hermana pequeña de mi amigo quedó
por un momento bajo el agua, entonces él soltó la cámara que quedó colgando de
su pecho y corrió hacia la niña,
sujetándola por un brazo poco antes de que la arrastrase la resaca. Mi
padre tiraba de su madre intentando alcanzar una orilla que parecía cada vez
más lejana. La arena volaba con tal fuerza que nos hacía daño en nuestros
desnudos cuerpos. Todos llorábamos muertos de miedo cuando ellos llegaron a la
orilla y nos empujaron fuera de la playa. Nos refugiamos en un bar cercano,
estábamos empapados y helados, el viento y el agua se habían llevado todas
nuestras cosas, excepto la cámara de fotos de mi padre que seguía colgando del
cuello de mi amigo. El dueño del bar nos ofreció un vaso de leche caliente y un
par de toallas en las que envolvieron al bebé que no cesaba de llorar, incluso
les prestó dinero para el autobús. La galerna desapareció tan rápidamente como
había llegado e iniciamos el viaje de vuelta. Llegamos al atardecer, cabizbajos
y en bañador, recorrimos avergonzados las pocas calles que separaban la estación
de autobuses de nuestras casas. Esa noche escuché discutir a mis padres como
jamás lo habían hecho ni lo volverían a hacer a lo largo de su vida. Ya no
volví a ver a mi amigo. Días después oí que su hermana pequeña había muerto de
neumonía, al poco tiempo el padre pidió un traslado en el banco en el que
trabajaba y se marcharon de la ciudad. Nunca volví a saber de ellos.
En la mente de Irene iban apareciendo
recuerdos que hasta aquel entonces habían permanecido enterrados en la más
profunda oscuridad. Ella tenía ya seis años cuando aquello sucedió, edad más
que suficiente para recordar un hecho tan traumático como aquel, pero por
alguna razón su memoria había decidido esconder en lo más profundo toda su vida
en aquel lugar.
Se despertó descansada, pero sobre todo con la
sensación de haberse quitado una gran carga de encima, un enorme peso que
arrastraba con ella desde que tenía uso de razón y que había considerado parte
inseparable de su ser.
Apenas recordaba el viaje de vuelta a su
casa, aunque no era de extrañar, su cabeza había tardado horas en asimilar la
información recibida, fueron demasiados recuerdos los que aparecieron en tan
poco tiempo. Pero había merecido la pena.
Después de toda una vida, podía decir que
comprendía a su madre. Su tristeza eterna, se debía sin duda a la pérdida de su
hija pequeña, pero sobre todo al sentimiento de culpabilidad que la atormentaba
cada minuto por sentirse responsable de su muerte. Ahora veía claramente que el
modelo de moral que pretendió ser en vida, no era más que una fachada tras la
cual esconder aquella debilidad de juventud que le acarreó tan funesta
consecuencia. Ella misma se impuso como penitencia del que consideraba su mayor
pecado, el alejamiento del gran amor de su vida.
Para su padre, un hombre frágil, aquel
suceso le había marcado la existencia, además de perder a su hija pequeña había
sido consciente de que el amor de su mujer iba dirigido a otro hombre. Fue
incapaz de superar aquello y decidió tomar la salida más fácil, o quizá la más
difícil, quién sabe, todo depende de cómo se mire.
Irene sentía que ahora todas las piezas de
su vida encajaban como debían. Por fin comprendía a sus padres, a los dos. Con
eso no quería decir que estuviese de acuerdo con ellos ni con las decisiones
que habían tomado, porque nunca lo estaría. Pero ahora, por fin, era capaz de perdonarles desde el
fondo de su corazón.
Como cada atardecer durante los últimos
meses, Irene se encontraba en casa de su madre, sentada en el suelo y dispuesta
a ensimismarse en el cuadro que tenía enfrente, quería abstraerse de todo lo
que no fuesen esas anémonas azules y su copa de vino. Pero aquella tarde era
incapaz de concentrarse en el cuadro, su mente volaba libre hacia aquellas
otras anémonas pintadas en el mueble de Ignacio y buscaba junto a ellas unos
ojos pardos en los que poder perderse eternamente.
El sonido del teléfono la sobresaltó. Miró la pantalla del
móvil y observó como el nombre de Carlos Posada brillaba en la penumbra de la
habitación.
Y una gran sonrisa iluminó su cara.
No hay comentarios:
Publicar un comentario